Opinión
Ver día anteriorJueves 9 de diciembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Enemigos del reformismo
L

as últimas declaraciones de Joaquín Gamboa Pascoe, líder de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), y del Congreso del Trabajo, eran perfectamente predecibles. Su advertencia de que los legisladores del sector obrero no permitirán que se aprueben modificaciones legales que atenten en contra de los derechos sindicales de los trabajadores (Reforma, 7/12/10) es una ratificación de las posiciones históricas del sindicalismo priísta en relación con cualquier reforma. En 1944 el sector obrero se opuso a una nueva legislación electoral cuyo objetivo era modernizar un sistema que se prestaba al fraude y a la manipulación de gobernadores y presidentes municipales; dos años después bloqueó la formación de un nuevo partido que había propuesto el presidente Ávila Camacho, y así nació el PRI, de la contrarreforma cetemista.

Podríamos seguir citando ejemplos de la profunda animadversión del sector obrero a cualquier reforma, por liviana que sea, que afecte sus intereses de corto plazo, pero entre las perlas más brillantes no podemos dejar de recordar la terminante oposición del inolvidable Fidel Velázquez a reformas políticas que restaban poder al PRI, y aquella declaración de que si habían ganado el poder con las armas, sólo con las armas podrían arrebatárselo. Tiene su chiste una declaración como ésta en un viejo de más 80 años, que tenía Velázquez cuando la hizo.

La permanencia del sindicalismo que personifican Gamboa Pascoe o Elba Ester Gordillo es una de las grandes frustraciones que nos ha dejado la transición. Su presencia en el escenario nacional y la influencia que ejercen sobre las decisiones del gobierno son un cotidiano desmentido del cambio político. Son también una de las grandes sorpresas que trajeron los gobiernos panistas de quienes han resultado tan amigos, pues no hubo nunca mayor adversario para Acción Nacional que el voto corporativo que manipulan los líderes de los grandes sindicatos nacionales a su antojo, y que representa la negación misma de la democracia. Fueron los panistas de los años noventa los que insistieron en que el Cofipe incluyera una cláusula anticorporativa, para asegurar la liberación efectiva de la afiliación partidista. Desde entonces ésta es obligatoriamente individual.

Cuando el líder de la bancada priísta en la Cámara de Diputados, Francisco Rojas, apoyó la posición de Gamboa Pascoe, estaba diciendo lo mismo que él: No hemos cambiado y tampoco estamos dispuestos a cambiar. Un partido que aspira a volver a la Presidencia de la República tendría que mandar señales de que ha entendido los porqués de dos derrotas consecutivas, en lugar de aferrarse al tambaleante pilar que le ofrece la CTM. La central sindical no es lo que fue. Las transformaciones de la economía la han debilitado, y su fuerza ha sido minada por el crecimiento del mercado informal y por el desempleo; y no hay ningún elemento que nos haga pensar que la CTM se ha recuperado de las severísimas crisis de los ochenta, cuando su capacidad de negociación dependía fundamentalmente del apoyo del Estado. Por esa misma razón me pregunto ahora qué ofrecen los sindicatos a cambio de que no se les toque ni con el pétalo de una rosa.

Lo que hemos visto hasta ahora es una profundización de los patrones tradicionales de relación entre algunos sindicatos y el Estado, en particular del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). La alianza con Elba Ester Gordillo es uno de los legados más onerosos que Vicente Fox –su amigo del Grupo San Ángel– heredó a Felipe Calderón. Así lo demuestran los pobres resultados educativos de los últimos 10 años.

La estrategia del SNTE frente al reformismo ha sido diferente, en lugar de oponerse ha apoyado cambios en materia de educación, por ejemplo, la carrera magisterial, pero lo hace de tal manera que pervierte las reformas y hace de ellas un instrumento de acumulación de privilegios, como ha ocurrido hasta ahora. Más influencia del sindicato en la política educativa no se ha traducido en mejoras en la educación de los niños. En cambio, ya formaron un partido político, tienen curules, prebendas y cartas de negociación con las que siguen obteniendo beneficios corporativos. Estos resultados prueban que el SNTE es igualmente enemigo de reformas que limiten su poder. Y en este caso, como en otros, el Estado y todos nosotros no somos más que los rehenes de organizaciones egoístas que no ven más allá de sus narices.