Opinión
Ver día anteriorLunes 26 de abril de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El mirador de Moisés
Hermann Bellinghausen
H

ay un monte en el extremo occidental de Jordania, el Nebo, que ofrece una extraordinaria vista sobre las tierras bajas del río Jordán y la vasta extensión de lo que hasta 1948 la historia llamó Palestina. Aquí vislumbró Moisés la tierra prometida por su dios particular, que además lo condenaría a no llegar más allá. El Deuteronomio le atribuye para entonces la tierna, casi inverosímil edad de 120 años. Así que aquí puede ubicarse el comienzo de la larga cadena de mistificaciones y malos entendidos que hoy rodea la cuña geográfica de Israel y determina en buena medida la conflictividad en Medio Oriente, la región más volátil y en peligro del planeta.

La vista es sensacional, ciertamente. Hacia occidente se distinguen los valles y serranías que los cristianos denominan tierra santa. Al sur, el mar Muerto se pierde en el horizonte. Al noroeste guiña el lago Tiberiades. Una placa de cemento en el borde (o pretil) del monte Nebo ilustra un hato de flechas apuntando a Jerusalén, Ramalá, Belén, Nazaret y otros hitos geográficos de la región judeo-palestina. También Moisés debió sentir estas tierras al alcance de la mano.

Aun siendo Jordania un reino abrumadora y oficialmente islámico, y sus relativamente pocos cristianos de una iglesia diferente a la católica, monte Nebo está a cargo de franciscanos que mantienen un convento antiguo y un museo nuevo que llegó a inaugurar el papa Juan Pablo II. Más pertinente desde que a finales el siglo XX se descubrió el sitio definitivo donde Juan habría bautizado a Jesús de Nazaret, el pontífice consagró el paisaje y el Vaticano refrendó derechos canónicos y turísticos sobre este enclave jordano.

Hasta acá habría llegado el peregrinar de Moisés, o Musa para los árabes (hijo del agua en antiguo egipcio); también para ellos es un personaje histórico. Según la leyenda mosaica, era hijo de una refugiada en los campamentos de israelíes cerca del río Nilo. A poco de haber nacido fue abandonado en un cesto (un moisés). En vez de los cocodrilos, lo habría encontrado la hija el faraón, o al menos el bebé acabó en sus manos. Así, Musa creció entre príncipes y fue educado en las complejas cultura, religión y lengua de Egipto. La cercanía con el faraón debió acostumbrarlo a la accesibilidad tangible de dios, ya que en medio de la ingeniosa red social de deidades egipcias en pugna, el propio gobernante pasaba por dios; para fines prácticos, era el único con capacidad de acción.

Luego de que Musa, o Moisés, se tiró al desierto al frente del pueblo de Israel y emprendió un éxodo (el Éxodo) de varias décadas (y del cual no existe ninguna evidencia arqueológica en todo el inmenso desierto de Sinaí que separa el Nilo de Israel y Palestina), el líder logró imponerse como intermediario del dios único (cuyo concepto sistematizó y reglamentó). Conocedor de la teogonía egipcia, la adaptó en una figura única, lo cual simplificaba enormemente las negociaciones con la divinidad y legitimaba su autoridad. El decálogo hizo al patriarca que lo redactó. Los milagros definitivos, como el paso del mar Rojo, ya venían de la antigua mitología egipcia, para la cual, de milenios atrás, resultaba familiar el concepto de un sólo dios, así como las tres personas de la cristiandad. ¿Qué religión humana no es un palimpsesto de cuentos que cuando la pegan evolucionan hasta convertirse en la verdad?

En un ingenioso plagio de creencias faraónicas y seguramente de otros orígenes, Moisés y sus amanuenses hicieron, de cuentos sagrados, materia historiográfica, acta de propiedad agraria y fuente de autoridad teocrática y militar. Después vendrían los romanos a dominar a hebreos, nabateos y todos los demás. De ahí se data la llamada diáspora, que más que dispersión de un pueblo fue la diseminación de una idea. Recuérdese que aunque haya dejado de serlo, durante buena parte de la era cristiana la religión judaica fue proselitista, como lo siguen siendo el Islam y los cristianismos.

Según la historia no teocrática –basada en evidencias, y que suele ser negada y combatida por las teocracias y las iglesias– la población permaneció en Palestina y con el tiempo fue alcanzada por la fe de Mahoma. En tanto, las creencias del pueblo de Israel se implantaron en múltiples intersticios de la Europa mediterránea y caucásica no ocupados por el poder cristiano, que nunca lo aceptó. De los pogromos sí existe evidencia. Dos milenios después de la diáspora, este pueblo-en-Dios (se dice pueblo-libro, no sin razón) levantó demandas territoriales en estas tierras de árabes, quienes por decreto británico se volverían desplazados o invisibles, los presentes ausentes (como orwellianamente los clasificó la democracia selectiva del Estado militar israelí) que siguen aquí. Son los palestinos de carne y hueso. Todavía mayoría, si acaso importa.

Pensar que todo el embrollo se prefiguró en este monte apacible, rodeado de olivares, piedras y desierto.