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Madonna, esa rubia antología
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Imagen contenida en el álbum en devedé.
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Creaciones de Alberto Gironella (1929-1999) alusivas a Nietzsche y MadonnaFoto José Antonio López
Periódico La Jornada
Sábado 26 de diciembre de 2009, p. a15

La aparición en México de la nueva grabación de Madonna, en distintas ediciones que comprenden disco sencillo en cedé, doble, igualmente doble en devedé y en vinil, coincide con la desaparición física de Michael Jackson y completa un alto contraste en el bizarro mundo de la industria musical.

Celebration es un resumen, cernido, antología, celebración de una carrera sin derrota, en sentido contrario del triste destino del rey del pop.

A sus 51 años, Louise Veronica Ciccone Fortin sigue aposentada en su trono de neón, megapixeles y una fortuna in crescendo.

La reina del pop cierra el círculo con su disquera y abre nuevos senderos que anuncian novedoso disco, mientras se solaza en su interacción con sus inúmeros fans por todo el mundo, que la ayudaron a decidir su antología.

Lo primero: ¿por qué ocuparse de una artista celebrada ad nauseum?

Esa pregunta se la formularon al maestro Alberto Gironella, uno de los pintores mexicanos que rayó en la genialidad, cuando consagró su talento a la diva (algunas de sus obras se muestran en esta página al centro, abajo) y muchos se rasgaron las vestiduras por tal falta de seriedad. Pasu.

Ciertamente sus aportaciones no están a la altura de Meredith Monk, Diamanda Galas y Laurie Anderson, entre otras divas de culto.

Sus valores están vinculados al territorio del fenómeno de masas, al entorno social, a la dimensión de icono.

Nadie espera, tampoco, que la música pop proporcione honduras conceptuales, gire en el contorno secreto de los meandros cerebrales, se desplace con destreza en la altura de las ideas.

De la revisión de los dos discos que comprende la edición doble de sus videos se desprende una radiografía de cuerpo entero de sus logros.

De la diminuta disfrazada de adolescente, con copete pos-Saturday Night Fever, a la creatura sexual que adivinó Truman Capote sin conocerla, hay un trecho de sorpresas, hallazgos, constantes, una criptografía en expansión continua.

La versión acústica, también en dos discos en una sola caja, ofre-ce la novedad y la ventaja de la remasterización.

En audio el recorrido va de las piezas que cualquiera dice ya chole con esa (Like a Virgin, Like a Prayer, Papa Don’t Preach, Material Girl) a las de plano pazguatas, fresísimas y ñoñas (La Isla Bonita), pasando por las obras rescatables (Vogue, 4 Minutes, Music, Ray of Light, Celebration), a todo lo que una antología puede ofrecer.

En lo audiovisual la cosa cambia por completo, porque precisamente lo icónico es la aportación mayor, junto con los significados, significantes, signos y señas.

Los primeros videos acusan su afán por épater les bourgeois, su manufactura pretenciosa aún con tecnología incipiente, y mientras avanza el contenido del devedé van apareciendo novedades, hallazgos, avances kilométricos.

Ya para el segundo disco devedé de Celebration la cosa se pone más interesante en esa carrera loca que emprendió la industria de la música hace décadas, desde la invención del videoclip hasta la saciedad y la saturación, con el aparejamiento de canales de televisión dedicados a emitir como en tiovivo la cantidad inenarrable de videos que surgieron desde el pop y el rock hasta una especialización que tiene en la actualidad capítulos que oscilan entre lo grotesco y lo naif con los canales gruperos, los rancheros y todos los etcéteras.

Una batalla subrepticia, no declarada, ocurrió entre el Rey del Pop y la Reina del Pop: los videos de Em Yéi (como llaman sus alumnos a Michael Jackson) resultaron siempre superiores en originalidad, creatividad, producción, efectos especiales y demás monerías, mientras los shows en vivo de Madonna resultan siempre un espectáculo demoledor por su combinación de tecnología con la belleza de los cuerpos.

He ahí el epicentro del reinado de Madonna: su capacidad liberadora. Lo que ahora parece juego de niños en el momento en que ella lo dio a conocer era más que polémico, muy cercano a lo prohibido. No solamente la desinhibición, se trata de una gozosa, abierta, honesta, límpida y clara celebración del cuerpo, de su belleza y sus misterios.

Lo que Maurice Béjart implantó en la cultura occidental como una impronta: la construcción de los cuerpos a la medida del estilo de danza, Madonna lo toma y lleva a sus últimas consecuencias. Basta recordar una de sus giras recientes: andamios metálicos en escena recorridos por bailarinas y bailarines de cuerpos cultivados al compás de la música, es decir: lo contrario del body building inercial. Es en cambio el ejercicio del libre albedrío consagrado a lo creativo, al placer. Al principio del placer.

De ahí que la combinación de crucifijos, temas religiosos y toda la noción judeocristiana del pecado, sirve de tapete, alfombra, piso, catapulta a lo abiertamente sexual y sin tapujos.

Todo Madonna en devedé. El concepto vence a la numeralia, así se trate de una cifra estratosférica: 400 millones de discos vendidos en su meteórica, mediática carrera.

¿Reina del pop? ¿solamente eso?