Opinión
Ver día anteriorMiércoles 4 de noviembre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Los Goncourt
T

res momentos culminantes de la vida literaria francesa son el Salón del Libro de París en marzo, la rentrée, con la publicación masiva de septiembre, y la entrega de los premios en noviembre. El más importante de los galardones, por su prestigio y por las ventas que genera, es el premio Goncourt, otorgado este año a Marie Ndiaye por su novela Trois femmes puissantes.

El galardón genera cada año desacuerdos y polémicas en el microcosmos literario. Frente a sus partidarios incondicionales, los cuales aluden a unos cuantos escritores que, recompensados con el Goncourt, siguen vivos en la historia de la literatura –Proust (1919), Malraux (1933), Beauvoir (1954), Duras (1984)–, sus numerosos detractores, que no podrían sino evocar en vano a los olvidados, no dejan de recordar al laureado de 1951, Julien Gracq, quien provocó un escándalo al rechazar el premio, considerado por él un deshonor para un auténtico escritor.

A pesar de las críticas y los escándalos suscitados por la designación anual del triunfador, o precisamente gracias a éstos, el premio ha subsistido desde la fundación de la Société littéraire des Goncourt en 1902 (el primer galardonado data de 1903) por Alphonse Daudet, el ejecutor testamentario de Edmond Goncourt, fallecido en 1896.

Edmond decidió crear este premio en memoria de su hermano Jules (1830-1870), a quien se sentía unido como un gemelo. No sólo escribieron al alimón varias obras, sino que ambos redactaron, hasta la muerte de Jules, su famoso Journal, proseguido por Edmond durante el resto de su existencia como si su hermano siguiese en vida y continuaran escribiendo juntos.

En su ABC of reading, Ezra Pound menciona el Journal de los Goncourt, subtitulado Memorias de la vida literaria, entre la centena de obras fundamentales para un lector –ya no se diga para un aspirante a escritor. Nada más sugestivo, y fascinante, que un Diario: la idea de acceder a secretos ajenos, a ese secreto que es el otro, es una tentación a la que es imposible resistir, tan placentero es el sentimiento de mirar a escondidas. El Journal de los Goncourt se me ofrecía como un regalo: un sombrero de copa de cuyo interior mágico brotaría sorpresa tras sorpresa.

Si no tuve acceso en la época al célebre Journal, leí en cambio el pastiche que hace Marcel Proust de ese Diario de los hermanos Goncourt en la última parte de En busca del tiempo perdido, cuando pone en duda no sólo su obra, sino a la literatura misma como búsqueda de la verdad y a la posibilidad de la verdad única. Así, Proust hace leer a su narrador un diario apócrifo de los Goncourt, donde éstos describen a los Vedurin y a los miembros de su cogollito desde su punto de vista, haciendo dudar al narrador de todas sus observaciones.

El pastiche es tan exacto en su imitación del estilo de los Goncourt, que, en momentos, provoca la ilusión de que los Verdurin fueron personajes reales, frecuentados por Jules y Edmond en la vida diaria, observados por ellos con miradas quizás más comprensivas que las del narrador proustiano.

Lévi-Strauss

Interrumpo estas líneas cuando escucho la noticia de la muerte de Claude Lévi-Strauss. En vísperas de sus 101 años, el creador del estructuralismo –quien habría preferido que su centenario, celebrado hace un año, pasase desapercibido, pues le parecía triste glorificar la decadencia del cuerpo y la mente–, ese hombre que se negaba a pensarse como un yo, alguien con recuerdos, una identidad, es tal vez, ahora, un lugar, un simple lugar por donde pasa el agua como por el lecho de un río, como él mismo se definía en vida, tratando, gracias a esa carencia de identidad, de comprender la otredad buscada en antiguas civilizaciones sobrevivientes y descifrar el mito como se lee una partitura musical.

El tiempo tiene sus altos, suspensión del tic-tac cuando irrumpe ese conteo sin principio ni fin de la eternidad adonde ha entrado Claude Lévy-Strauss.