Opinión
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Historia íntima del muro de Berlín
L

a mañana del 23 de abril de 1965 se escucharon en Berlín Occidental cuatro estruendos ensordecedores que, al parecer, tenían lugar en el centro de la ciudad. Un escuadrón de Migs-21 de la Fuerza Aérea de la República Democrática Alemana volaba casi a ras de tierra y rompía la barrera del sonido, causando explosiones tan intensas que los vidrios en los ventanales de los edificios saltaban en pedazos. La cadena de explosiones permaneció activa unas cuatro horas.

La violenta reacción de Alemania Oriental se debió a que por la mañana habían llegado todos los diputados de la República Federal de Alemania al centro de Berlín Occidental –disposición sugerida por Ludwig Erhard, el entonces primer ministro de Alemania Federal– violando los acuerdos internacionales que le daban a Berlín Occidental el carácter especial de ciudad libre e independiente, aunque todo el mundo sabía que Berlín Occidental estaba subvencionada por la República Federal de Alemania. La otra Alemania, la República Democrática Alemana, había decidido no sólo cerrar los puntos de acceso a la ciudad amurallada, sino también dejar que un escuadrón de Migs-21 sobrevolase sobre la ciudad rompiendo la barrera del sonido. Por unas cuantas horas, en las calles de Berlín Occidental reinó una gran confusión.

Dos personas se lanzaron de pisos altos a la calle, acosadas por los recuerdos de la última guerra, la memoria de los bombardeos masivos. Los vecinos del barrio de Moabit narraron cómo un anciano se había arrojado con desesperación al canal Westhafen y se había ahogado. Peor noticia que ésa fue la que publicaron los periódicos de la tarde. El asedio a la ciudad se prolongaría, quizá, unas semanas, pues los comunistas estaban dispuestos a sentar un ejemplo.

Durante esas tres semanas, los jefes de gobierno de Estados Unidos y la Unión Soviética decidieron detenerse en el límite de las provocaciones, y poner orden en las relaciones alemanas. John F. Kennedy y Nikita Jrushchov, los protagonistas de la última crisis que tuvo al mundo en el borde de la Tercera Guerra Mundial, habían desaparecido del escenario político. La situación, de este modo, favorecía las aspiraciones del presidente Lyndon B. Johnson. El gobierno de Washington, al fin, comunicó a sus aliados que Berlín ya no era foco de tensión internacional.

De allí en adelante este entendimiento entre las dos superpotencias siguió agravando el conflicto insuperable entre las dos Alemanias. Berlín Occidental, la ciudad escaparate de la civilización norteamericana, la isla de libertad dentro del territorio de la República Democrática Alemana, permaneció en el pantano del status quo. Toda persona que escapaba de la república socialista saltando el muro en el silencio de la noche, abría más la herida del desacuerdo.

Por esos días nos acostumbramos a escuchar las historias de los que habían escapado dejando el muro atrás, y atendíamos sorprendidos a la variedad de métodos y artimañas que empleaban en su fuga. Por ejemplo, en su primer año de existencia, el muro fue impactado 14 veces por camiones con grandes toneladas de carga. La mayoría de esos escapes ocurrieron en los primeros meses, cuando la frontera no estaba sellada. En suma: 5 mil 43 alemanes orientales, incluyendo 574 guardias fronterizos, lograron escapar a la zona occidental. El primero en hacerlo fue Conrad Schuman, el guardia fronterizo que no perdió tiempo y saltó sobre los alambres de púas el 15 de de agosto de 1961. Sesenta mil personas fueron sentenciadas por intentar huir de de la República, y algunos simplemente por hacer ejercicios preparatorios. A los cómplices de los fugitivos se les sentenciaba a cadena perpetua.

El escape más espectacular sucedió en octubre de 1965, cuando 57 residentes de Berlín Oriental pasaron por debajo del muro. Desde el mes de abril de 1957 estudiantes y familiares de los fugitivos que vivían del lado occidental habían cavado un túnel a una profundidad de 13, con una longitud de 145 metros y 70 centímetros de alto, uniendo una antigua panadería en la calle Bernauer con algunos patios en la calle Strelitzer, en el sector oriental. La noche del 28 de julio de 1965, la familia de Helmuth Holzapfel logró la hazaña de escalar el muro, deslizándose por una gruesa cuerda arrojada desde el techo de la Casa de los Ministerios (Ministerhausamt) en el lado oriental y que del lado occidental mantenían tensa sus familiares. Siempre estuvieron presentes los que escapaban en automóviles. Una de dos: el fugitivo era atado debajo del vehículo, o bien se ocultaba dentro del maletero, donde el tamaño del tanque de combustible había sido reducido. Otro escape histórico fue el de cuatro hombres que disfrazados de oficiales soviéticos –con uniformes confeccionados por sus mujeres– cruzaron el muro sin ningún problema y además, como si fuera poco, recibieron el saludo militar del mando de la guardia fronteriza.

A finales de junio de 1965, me adelantaba y cruzaba el muro a bordo del tren suburbano, veía los letreros admonitorios escritos en color rojo: abandona usted el sector estadunidense, aguardaba cuarenta y cinco minutos en la estación de la Friedrichstrasse; me disponía a sufrir el papeleo y los sellos en los pasaportes, me presentaba después en las oficinas subterráneas de los Vopos, término popular que designaba a la Volkspolizei, la policía del pueblo de la República Democrática Alemana; cambiaba la moneda occidental en las ventanillas improvisadas de la garita, firmaba una declaración donde me comprometía a no negociar en el mercado negro de divisas, recorría los sótanos y los pasadizos con un olor insoportable a desinfectantes y entraba a Berlín Oriental.

Salía a una ciudad en la penumbra, dormida en el pasado y asediada por fantasmas fugitivos, una isla de sombras y de ecos. La avenida Unter den Linden y su nueva arquitectura de marmórea solemnidad socialista, era expresión logradísima del mal gusto. Unter den Linden, arteria principal de Europa en los años treinta, tenía, en 1965, un aura de tristeza y nostalgia por una época supuestamente más viva y un mundo antes de la barbarie nacionalsocialista. Además, en los últimos veinte años, el ayuntamiento de Berlín Oriental nunca había alumbrado bien sus calles, la materia oscura era su mundo y elemento.

Me dirigía después caminando al teatro en el muelle Shiffbauerdamm, a orillas del río Spree. Ante el telón blanco del Berliner Ensamble –fundado por Bertold Brecht– con la paloma de la paz de Picasso en el centro, escuchaba la voz de una mujer que arrastraba la carreta. Había visto a Helene Weigel, compañera de Brecht, encarnar tres veces a la Madre Coraje, de Brecht; por esa época comenzaba a entender mejor el alemán, me gustaba la poesía de Brecht, que ahora podía repetir de memoria. O todos o ninguno. O todo o nada. Uno solo no puede salvarse.

El regreso a Berlín Occidental era a las once de la noche. Debía alcanzar el último tren suburbano y regresar a la algarabía de la dilapidación y el universo infinito del consumo de los gigantescos almacenes del KaDeWe (Almacenes de Compra de Occidente) y los del Europa Center, cuya punta más alta tenía el escudo de la Mercedes Benz.