Política
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¿Votar contra el enemigo principal?
Enrique Dussel*
E

n los debates por quién hay que votar, cuando ninguna candidatura llena los requisitos de un inequívoco compromiso a favor de la justicia, se han esgrimido argumentos por el voto en blanco o por el votar al mal menor. Deseo dar otra posibilidad de voto, a favor de un voto más útil (ya que los otras das posibilidades se me aparecen como votos inútiles o perdidos).

Leyendo una obrita, no muy comentada, denominada Teoría del partisan, del gran pensador político Carl Schmitt, razonadamente proclive al apoyo del liderazgo nazi en Alemania, al menos en el comienzo de la década del 30 del siglo pasado, creo haber encontrado una veta argumentativa no usada en el indicado debate presente.

Schmitt dio unas conferencias (que fueron editadas bajo el título indicado) en 1962, al final de la dictadura franquista en España, refiriéndose a los heroicos partisans, guerreros populares, que se enfrentaron a los 250 mil soldados napoleónicos que ocuparon la península ibérica en 1808, que en proporción de uno a 10 derrotaron al primer gran ejército moderno.

Karl von Clausewitz, cuestión que trata originalmente Schmitt, escribió su gran tratado Sobre la guerra, a partir de esa experiencia de un pueblo en armas (que dos siglos después hemos visto una vez más en obra en Irak) y con el mismo resultado que Clausewitz anticipa: un pueblo en armas estratégicamente vence al ejército en regla normalmente. El gran estratega alemán, emulando al tratado chino del Sunzi, enseña que aunque débil en apariencia los partisans, por su conocimiento del terreno, por el elemento sorpresa, por camuflarse en el mismo pueblo, por ser menos costoso y por muchas otras razones, es invencible. Los generales del Pentágono olvidaron de leer en la actual guerra de Irak la segunda parte del libro de Clausewitz sobre la defensa estratégica como modo de ataque. Hubiéranse evitado una derrota.

Schmitt se ocupa entonces de los partisans españoles, pero después de los rusos, que nuevamente derrotaran a Napoleón, los polacos y muchos otros. En esa obrita, notable en este hombre de derecha pero inteligente, estudia a Lenin, Mao Tse-tung, Tito y muchos otros. Leyendo una de las obras del gran partisan chino, que practicó en La Gran Marcha la indicación estratégica del nombrado Sunzi, sabía que si el enemigo es fuerte debes antes debilitarlo, nunca enfrentarlo. Y así, leyendo y leyendo llego a una frase que me impacta: En la guerra hay que, primero, preservar al propio ejército, y, en segundo lugar, destruir al ejército enemigo. Fue así que se me ocurrió, desde la doctrina de Schmitt del amigo-enemigo preguntarme: ¿dónde se encuentra en el enunciado de ese principio estratégico el enemigo principal? Pareciera obvio que el enemigo principal es aquel cuyo ejército hay que destruir, porque la victoria estratégica se alcanza al vencer al enemigo. Sin embargo, me surgió una duda.

¿No es el primer fin de la guerra preservar al propio ejército? ¿Acaso no indicó Kemal Ata-Turk que lo primero era salvar el propio ejército, derrotado por ingleses y franceses cuando ordenó la retirada hasta lo más inhóspito e inalcanzable de la Turquía actual para preservar su ejército? Y, en efecto, habiendo mantenido su ejército recuperó el territorio de Turquía, que es lo poco, pero lo vital, que le quedó del inmenso imperio otomano.

En política el ejército es como un partido político. Cuando un político, más cuando pretende ejercer el liderazgo, no descubre que necesita del ejército (de un partido) para vencer a los enemigos, deja de tener la posibilidad de llegar a la victoria, porque no tiene una organización que luche a su lado. Se ha suicidado. Lo primero es recuperar su partido si lo ha perdido, y en esto consiste la finalidad principal. De poco valen infinitas escaramuzas contra el enemigo si no se cuenta con un ejército en regla. Y si no se cuenta con dicho cuerpo bien pertrechado se llegará al encuentro (a la batalla, diría Clausewitz, y en la política: a las elecciones) vencido de antemano. Pero éste es un corolario que no toca de lleno el tema sobre el que estoy reflexionando.

¿Quién es entonces el enemigo principal, el ejército enemigo o el que destruye el propio ejército? Destruir al ejército enemigo es la finalidad última, pero en cambio sería el enemigo principal el que destruye el propio ejército, porque destruye de cuajo toda posibilidad de futura victoria, al quedar indefenso y sin instrumento alguno para entablar la guerra. La conclusión es clara y simple.

El enemigo principal en política, en primera instancia, es la quinta columna interna que destruye un partido, que le quita su fisonomía, su personalidad, su estrategia, su teoría. Siendo, por ejemplo, un partido de izquierda debería ser crítico, debería saber jugar la oposición de manera democrática, inteligencia, desde una teoría, desde un proyecto alternativo, lúcido, perfectamente detectable hasta por los más simples y honestos ciudadanos. El que olvida toda ética, todos los principios normativos de la política, y sobre todo siendo miembro de un partido de izquierda con vocación popular, de compromiso con las víctimas (mujeres dominadas por el machismo, ciudadanos de razas no blancas, pobres, marginales, campesinos, indígenas humillados durante cinco siglos que traicionaron en la ley indígena, obreros explotados y en la incertidumbre del despido, etcétera); el que olvida esas masas indigentes que constituyen 50 por ciento del pueblo mexicano debajo de la línea de la pobreza de Amartya Sen, y pretendiera ser dirigente de dicho partido de izquierda para ubicar nepotistamente a sus familiares, amigos, miembros del grupo que sólo piensa en candidaturas para embolsar jugosos salarios y apropiarse de la riqueza pública de un pueblo… éste es el enemigo principal.

Votar contra ese enemigo principal es el voto más útil; es muy valioso. El que adopte esta posición puede que sea juzgado por ciertos intelectuales de inventar argumentos sofisticados para ocultar posiciones populistas, populacheras, equivocadas. Pienso, sin embargo, como decía mi buena madre (muy práctica, con sólo escuela primaria, pero inteligente): Votar en blanco es votar en contra. Es decir, es un votar en contra de lo que debiera haber votado. Por el contrario, votar en contra del enemigo principal del partido de izquierda es perfectamente justificable, inteligente y concuerda con el arte de la política, y de una política con principios normativos.

De todas maneras, en cada lugar, en Oaxaca, Guanajuato o Puebla, o en la delegación Álvaro Obregón o en Iztapalapa, cambian las circunstancias y también el enemigo y su importancia. Por ello, es imposible dar un consejo concreto para toda circunstancia, aunque es posible enunciar criterios generales de orientación. Será muy frecuente poder usar el criterio que hemos propuesto dando más peso al oponerse el enemigo principal que al mal menor o votar en blanco, como en Iztapalapa, por ejemplo. Los pequeños partidos, los que en verdad están decididamente apoyando las causas populares, podrían ser los candidatos por los que pudiera votarse, para inclinar la balanza de la protesta contra los partidos grandes, que son por el momento los enemigos en general de la política honesta, y en el caso particular del mayor partido de izquierda habría que detectar al enemigo principal entre los candidatos, y no votar por ellos, sino por los de los indicados partidos pequeños.

Es una elección difícil, y decidir desde principios normativos es igualmente complejo, pero posible. El debate que se ha entablado ha sido insuficiente, pero hubo alguno y esto es positivo. Una elección no es la esencia de lo político, pero es un momento importante que hay que jugarlo con inteligencia estratégica, y donde el error práctico es simple posible, dada la incertidumbre propia de toda política.

* Filósofo

1 Palabra francesa usada en su contenido semántico que después será remplazada internacionalmente por la de guerrillero