Cultura
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Concluyó breve temporada de El gallo, de Claudio Valdés Kuri y Paul Barker

Fascinante montaje acerca del egoísmo, la despersonalización y la mezquindad
Foto
La hilaridad de El gallloFoto Cortesía del festival
Pablo Espinosa
 
Periódico La Jornada
Martes 17 de marzo de 2009, p. 7

En el teatro Jiménez Rueda concluyó anoche una breve temporada de El gallo, ópera para actores, lo mejor del inicio del Festival de México en el Centro Histórico 2009.

Se trata del nuevo montaje de Teatro de Ciertos Habitantes, convertido en una máquina infalible de hacer buen teatro.

El tema que tallerearon ahora el director y dramaturgo mexicano Claudio Valdés Kuri, el compositor británico Paul Barker y un elenco extraordinario de seis actores-cantantes-bailarines es la incomunicación como síntoma del egoísmo, la despersonalización y la mezquindad.

Dicen más: el grupo de cantantes desesperados por el éxito inmediato y sin complicaciones que la obra nos presenta deviene una metáfora de las sociedades contemporáneas, en las que los intereses individuales, espurios hasta el absurdo, se anteponen obtusamente a los de la colectividad.

El prólogo escénico transcurre en una serie exquisita de bromas musicales, apreciadas como las más finas, inteligentes y sensibles de entre las distintas formas del humor por su ausencia de palabras y abundancia de significados.

Una muchacha intenta ensayar una pieza de Debussy. Los pentimenti, errores, derrapes y arpegios improbables son el umbral de entrada a otros cinco aspirantes a cantores. Despliegan humor a lo Mozart, a lo Rossini, a lo Shostakovich y una serie deliciosa de trivias musicales, parodias a Madama Butterfly, al estilo inconfundible Pavarotti y a los lugares comunes de la música de vanguardia.

Música, teatro, danza. El equipo que ha escenificado hitos importantes en el teatro contemporáneo: Beckett o el honor de Dios, El automóvil gris y esa obra maestra titulada De monstruos y prodigios, que de hecho conserva dos de los actores de ese montaje prodigioso, repiten la hazaña de lograr un hecho artístico hondo y alto.

Teatro sin palabras opta, sin embargo, por la riqueza del lenguaje secreto, ése que inventamos todos cuando niños. Finalmente todos hablan glíglico, cuando se comunican, y guturan, gimen, gritan, claman, cuando se aíslan.

Lo que sigue es una ópera estupenda apoyada con un breve ensamble instrumental y atmósferas traslúcidas. En algunos momentos asoma el primer Greenaway y su cómplice de entonces, Michael Nyman. En realidad, se trata de una ópera con personalidad propia.

Dice mucho, alecciona más. Fascina.