Usted está aquí: miércoles 3 de diciembre de 2008 Política El imperio en los tiempos de Obama

José María Pérez Gay/ I

El imperio en los tiempos de Obama

Ampliar la imagen Barack Obama, presidente electo de Estados Unidos, durante el  encuentro bipartidista con integrantes de la Asociación Nacional de Gobernadores, en el Parque Independencia, en Filadelfia, Pensilvania Barack Obama, presidente electo de Estados Unidos, durante el encuentro bipartidista con integrantes de la Asociación Nacional de Gobernadores, en el Parque Independencia, en Filadelfia, Pensilvania Foto: Reuters

“Nadie discute en serio que el capitalismo mundial –por muy policéntrico que esté estructurado–, prefiere ciertos lugares, países y poblaciones”, escribe Peter Sloterdijk. “Es indudable que Estados Unidos de América se cuenta no sólo entre sus zonas favoritas, sino que constituye el corazón de su dominio universal. El país del mundo moderno que ha constituido –más que ningún otro– un gran espacio de riqueza y prosperidad –el mayor representante de los progresos de la ciencia y la técnica en nuestros días. Se trata también de la nación que recibió –y sigue recibiendo– las grandes migraciones en su territorio”.

El mundo del capitalismo occidental abarca, demográficamente, apenas un tercio de la humanidad actual –muy pronto llegaremos a ser 7 mil millones– y, en lo geográfico, únicamente un décimo de las superficies continentales. Estas son las verdaderas dimensiones espaciales del imperio estadunidense de nuestros días.

La mayoría de los habitantes de Estados Unidos de ascendencia europea tenía no hace mucho tiempo la convicción de sentirse no sólo los misioneros de un sistema económico, sino también los portadores de un entusiasmo cuyo nombre irresistible se conoce como el american dream, el sueño americano. La mejor interpretación de ese sueño –que también se llama American Creed– la hizo en su tiempo el escritor Israel Zangwill (1864-1926), autor de la metáfora del melting pot, como ha señalado Arthur Schlesinger Jr. en The disuniting of America. Reflections on multicultural society, New York 1998.

A diferencia de las numerosas “letargocracias” en el resto del mundo, en Estados Unidos cualquier persona que quiera hacer algo nuevo puede hacer algo nuevo, nos dice Sloterdijk. Aunque debemos decir también que la zona de novedades tiene ya sus dueños corporativos. De acuerdo con los derechos constitucionales de sus ciudadanos, desde un principio está presente la expectativa de hallar nuevos espacios que permitiesen su ocupación y transformación. “Quizá esta expectativa se llame el ‘derecho a Occidente’ en un sentido no sólo geográfico, ya que Occidente es el símbolo del derecho de pernada sobre la Tierra, de las conquistas en territorios desconocidos”. Hace unos 150 años los territorios desconocidos se llamaban Texas, Oklahoma o California y, en los tiempos de Barack Obama, se llaman Irak o la investigación genética, la nanotecnología, la colonización de Marte o la vida artificial.

La historia inicial del imperio tiene en los nativos americanos sus primeras víctimas, los primeros iraquíes de su historia. La propuesta de John Cadwell Calhoun se convirtió en un dogma de la política nacional: el traslado de todos los nativos al oeste de Mississippi a los territorios convertidos en reservaciones, una suerte de campos de concentración permanentes. Los iroqueses, cheroques, wampaaoags, delawares, tuscaroras, narragansetts, yamasíes, senecas, sioux, hurones, apaches, susquehannas, todas estas etnias desaparecieron exterminadas por la furia de los pioneros o vivieron acosadas por las enfermedades en los ghettos llamados reservaciones federales.

A partir de 1840, las tierras al oeste de Mississippi fueron confiscadas por traficantes, aventureros, mineros, señores de la guerra, militares, granjeros y magnates ferroviarios, que lograron persuadir a las autoridades, o lograron asociarse con ellas, y legalizaron su empresa de despojo. Theodore Roosevelt (1858-1919) escribió: “La justicia se encontraba en el grupo de los pioneros, porque éste gran continente no habría existido sólo como un gran coto de caza de escuálidos salvajes”.

Personajes de la historia estadunidense tan eminentes como John Wintroph, John Adams, Lewis Cass y John Caldwell Calhoun afirmaron que una raza primitiva y nómada debía permitir el paso a una civilización cristiana y agricultora. Sus justificaciones las encontraron en innumerables citas bíblicas que, según ellos, demostraban que el pueblo blanco tenía el derecho de pernada sobre la tierra, porque procedía “de acuerdo con las intenciones de Diostodopoderoso”. El Destino Manifiesto: “Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?”

De acuerdo con las investigaciones del antropólogo Henry F. Dobyns (Estimating Aboriginal Indian Population. An Appraisal of Techniques with a New Hemisphere Estimate, Current Anthropology, 7. New York, 1966, antes de que los europeos llegaran a Norteamérica los nativos americanos sumaban más de 90 millones de habitantes. La conclusión final de Dobyns: antes de los colonos europeos, el Nuevo Mundo estaba poblado por unos 90 millones de seres humanos. Una cantidad igual o parecida a la del Viejo Mundo. Si los cálculos de Dobyns son razonables –y han sido cuidadosamente revisados por demógrafos muy calificados– hablamos de uno de los exterminios más impresionantes de la historia moderna.

Cuando los nativo-americanos tuvieron contacto con granjeros, cazadores, militares, pescadores, exploradores y colonos europeos, comenzó la oleada de virulentas epidemias en los siglos XVI, XVII y XVIII. La viruela, el tifus, la peste bubónica, la gripe, el sarampión, el paludismo, la fiebre amarilla, diezmaron a millones de seres humanos a lo largo de tres siglos como sucedió, al parecer, aunque en menores proporciones, durante la conquista de México. Por ejemplo, la viruela fue sin duda lo peor, porque en ocasiones volvía con más fuerza la segunda y aun la tercera vez. Al brotar de nuevo la epidemia de viruela desaparecieron poblaciones enteras. No fue fácil determinar las densidades de población de los nativos norteamericanos. Las controversias en tomo a las poblaciones prehistóricas significaron un dolor de cabeza para los demógrafos; pero, como dije, Dobyns demostró que la población de nativos en Estados Unidos –en los tiempos de la conquista– alcanzaba 90 millones de habitantes. Desde entonces data ese expansionismo maníaco cuyo origen no es sino la convicción de ser un pueblo elegido, que ejerce sus derechos despóticos a lo largo y ancho del mundo.

 
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