Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 2 de noviembre de 2008 Num: 713

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Bolivia: selección de poesía reciente
JUAN CARLOS RAMIRO QUIROGA

Voces de la joven dramaturgia regional
JUAN MANUEL GARCÍA

Narcotráfico: una propuesta
ROBERTO GARZA ITURBIDE

La lidia del pensamiento
JOSÉ BLANCO REGUEIRA

El arte sin riesgo ideológico
ESTEVE PLA CASANOVES entrevista con MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

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Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
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ALONSO ARREOLA

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El Mono de Alambre
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EL ALCANCE DE LAS INTERPRETACIONES

JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ


La última partida,
Gerardo Piña,
Tusquets,
México, 2008.

Desde antes de que la hermenéutica se configurara como una disciplina con un corpus teórico sólido, los lectores han asistido al polémico espectáculo de las interpretaciones. Si bien es cierto que, en términos generales, el consenso que hace al lenguaje un sistema funcional, permite que existan más similitudes que desemejanzas entre diversas lecturas, también es cierto que, frente a determinados textos, las cosas no suelen ser así.

Hemos asistido por años a pugnas que buscan develar el secreto oculto en la obra de un autor. Llevados al extremo, fundamentalistas aseguran que su lectura es la verdadera en tanto son capaces de aproximarse tanto a la intención del autor como del texto. En términos prácticos, hasta hemos padecido de maestros autoritarios que niegan la posibilidad de una lectura diferente. Y pese a ello, la pregunta sigue siendo la misma: ¿existe una forma de elucidar si una interpretación es válida? Las respuestas suelen discrepar dependiendo de la corriente que las esgrima. Sin embargo, algo queda claro: no todos los textos causan la misma polémica.

Inscrito en un estilo que bien podría refugiarse en denominaciones tendientes al simbolismo, la alegoría o el conceptualismo, Gerardo Piña (Ciudad de México, 1975) entrega La última partida. Su protagonista y narrador ha ido a Rhada, un extraño paraje, movido por el impulso que despiertan ciertas cartas recibidas con tres décadas de retraso. Joseph Banner es el remitente. Sin saber bien a bien qué es lo que encontrará, emprende una aventura que parece ser el punto de ruptura con todo el pasado, o la nueva vuelta de tuerca en la espiral mortal del destino –según decida interpretarse.

Una vez ahí, el personaje es atacado por seres desconocidos para dar pie a una serie de peripecias que sólo pueden ser calificadas como extrañas. En realidad, ningún mecanismo fantástico tradicional puede explicar lo que está sucediendo dentro de una diégesis que resulta inasible. Es entonces cuando el lector opta por pensar en los componentes simbólicos, cuando se aventura a buscar pistas que puedan orientarlo dentro de una región apenas habitada por media docena de personajes peculiares. Serán éstos los que acompañen las ensoñaciones en la más contundente exacerbación del onirismo, los que compartan historias concernientes a cierta rebelión de animales, los que ofrezcan un tablero siempre dispuesto para jugar en el ajedrez la clave del misterio, los que permeen su identidad con la ajena. Imposible saberlo.

Se ha dicho que los textos pueden permitir toda clase de interpretaciones. Es cierto. Sin embargo, antes de que este proceso se active del todo, es menester que exista una comprensión del mismo. En La última partida el exceso de elementos sui generis contribuye a la creación de un mundo complejo, robusto, con una densidad plausible. A cambio, se cobra un componente de legibilidad que suele ser indispensable para dar el siguiente paso: el de la lectura plena.


NUEVE PIEZAS VIOLENTAS DE PAZ

RAÚL OLVERA MIJARES


La estación violenta,
Octavio Paz,
Fondo de Cultura Económica,
México, 2008.

Volumen discreto, de escasas ochenta y tres páginas, editado por primera vez en 1958, al año siguiente de Piedra de sol que, dicho sea de paso, está incluido en el libro amén de otras piezas compuestas entre 1948 y 1957, La estación violenta –en edición conmemorativa por los cincuenta años– vuelve a aparecer bajo el sello del Fondo de Cultura Económica, casa editora que también sacara a la luz Semillas para un himno (1954) y el libro de ensayos sobre poesía El arco y la lira (1956). Casi diez años en el itinerario del poeta, flanqueados por Libertad bajo palabra (1949) y Salamandra (Joaquín Mortiz, 1962), resumidos en nueve poemas que muestran a las claras el casi inverosímil estirón que habría de darse –en vuelos líricos, variedad rítmica y exploración de otros universos– el autor.

En 1943 Paz recorre Estados Unidos, invitado por la Fundación Guggenheim. En 1945 entra al Servicio Exterior, con destino a la legación en Francia. En 1962 se lo nombra embajador en la India, cargo del que habrá de dimitir en 1968, en respuesta a la matanza del 2 de octubre. Ya en 1952 Paz visita Delhi, con estas y otras impresiones emprende el tejido del poema “Mutra”, obra emotiva, compuesta en versos largos, casi whitmanianos, de profunda inspiración, próximos en su discurso narrativo a la prosa poética, cuyas primicias cuajarán –si bien de modo imperfecto– en ¿Águila o sol? (1951) y habrán de dispararse hasta cimas difícilmente alcanzables en El mono gramático (Seix Barral, 1974).

De una estricta observancia por el metro –ese era precisamente el arte del poeta en español– Paz pasará a explorar el verso extenso del modernismo estadunidense, aunque no sin vueltas y revueltas a sus entrañables versos medidos de arte mayor. Una serie de lugares –Nápoles, Venecia, Aviñón, París, Ginebra, Dehli, Tokio y naturalmente Ciudad de México– signan las divagaciones en el espacio geográfico y mental del poeta. “Himno entre ruinas”, “Máscaras del alba”, “Fuente”, “Repaso nocturno” y, sobre todo, los poemas compuestos a partir de 1952, como “¿No hay salida?”, “El río” y “El cántaro roto”, permiten oír una voz que va afirmándose desde un tono natural, ajeno a toda grandilocuencia, que apela al discurso racional y a los paisajes mentales.

No es fácil leer a Paz. No porque su poesía resulte distante, enrarecida, casi fría o más bien frígida, como muchos alegan, sino porque hay que familiarizarse con sus ideas y sus obsesiones –además de tener un gusto formado en la lectura de los grandes poetas de la modernidad. Fundamental fue su encuentro con el Oriente, la sensualidad, el misticismo, la gracia sutil de la tinta china, del haikú y de la renga. Si bien la novedad ha de contrastarse siempre con la tradición. “Piedra de sol” es un poema de gran aliento, compuesto en el espíritu de las Soledades de Góngora o Primero sueño de sor Juana, Cántico de Jorge Guillén o bien Muerte sin fin de Gorostiza, armado en irregulares y muchas veces extensas estrofas en endecasílabos. El tema del poema resulta difícil precisarlo. Paz mismo, durante una conferencia dictada en El Colegio Nacional, comentaba que “no tenía plan. No sabía lo que quería escribir. Piedra de sol se inició como un automatismo. Las primeras estrofas las escribía como si literalmente alguien me las dictara. Lo más extraño es que los endecasílabos brotaban naturalmente y que la sintaxis, y aun la lógica, eran arbitrariamente normales.” Trayectoria cifrada del poeta, itinerarios múltiples, virtualmente infinitos, para el lector, Piedra de sol en sus 584 versos, correspondientes a los días de un año en Venus, es tan luminoso o tan espectral como se quiera, anclado ya en el pasado hispánico, indígena o modernista. La estación violenta, un volumen valeroso que, en su apabullante esbeltez, resulta de una riqueza asombrosa, aunque no siempre de fácil lectura. Ahí quizá radica su virtud principal: el desafío ante la violencia de la propuesta.


LA MADRE DEL CAPITÁN SHIGEMOTO

LEO MENDOZA


La madre del capitán Shigemoto,
Junichiro Tanizaki,
traducción del inglés de María Luisa Balseiro,
Editorial Siruela,
Madrid, España, 2008.

Junichiro Tanizaki es autor de uno esos cuentos destinados a perdurar en la memoria de sus lectores gracias a la manera como la historia ha sido concebida y contada. Se titula “El tatuador” y está recopilado en la colección Cuentos crueles (Seix Barral, 1968). La historia relata cómo la figura de una araña, tatuada en la espalda de una tímida mujer, la transforma en un ser dominante, destinada a llevar a la locura o a la muerte a los hombres que se crucen en su camino y que convierte al mismo tatuador del título en una de sus víctimas.

El texto es sin duda un ejemplo de cuidado que Tanizaki (1886-1995) ponía en su escritura y que podemos percibir en cada una de sus novelas y ensayos traducidos al español: ahí está por ejemplo el Elogio de la sombra, donde el escritor convierte a la penumbra en un elemento esencial en la forma de vida y de la manera de pensar de los japoneses. El ensayo, publicado por Siruela, se convirtió muy pronto en un clásico secreto que explicaba muy bien el alma oriental, tal y como lo hiciera, en su día, el celebérrimo doctor Suzuki.

Recientemente se publicó una novela que Tanizaki escribió al promediar el siglo XX, cuando, dicen los críticos, le había vuelto la espalda a la influencia occidental y había buscado refugio en los clásicos japoneses. Se trata de La madre del capitán Shigimoto, una deliciosa y cuidada miniatura en la que Tanizaki nos cuenta una historia referida en los antiguos textos aun cuando, al contarla, lo hace con la percepción de un hombre moderno. Es más, el autor interviene en el relato para torcer el destino de sus personajes.

La novela comienza con una anécdota que Tanizaki tomó de La novela de Genji (el gran clásico del siglo XI, escrito por Murasaki Shikibu) en la que aparece Heijú, un célebre seductor, poeta y militar. Siguiendo esta anécdota, Tanizaki se acerca a la verdadera protagonista de la historia, la dama de Ariwara, una mujer célebre por su belleza y casada con un hombre mayor, y a quien uno de sus sobrinos, situado en una elevada posición en la corte, desea. Mediante un ardid que se aprovecha de la buena voluntad del anciano, el funcionario obtiene a la mujer y se la lleva con él, alejándola para siempre de su pequeño hijo Shigemoto.

Aun cuando es la historia de la dama la que le interesa al escritor, en realidad la novela siempre parece estar en la periferia. Sutil y por momentos casi etérea, la dama está aunque no la veamos tanto en las historias de familia que se cuentan como en las aventuras amorosas de Heijú, o en la manera en que su ausencia afectó las relaciones entre el consejero y su hijo.

En su historia, Tanizaki explora magistralmente tanto el efecto del abandono como la ilusión del deseo, esfumando la presencia de la protagonista, contándonos parte de la historia tal y como la vivió el capitán Shigimoto, para desembocar en ese encuentro final, que sólo será posible muchos años más tarde.

La ausencia, como lo quería el narrador, se convierte así en una sombra permanente a lo largo de toda la narración. Estamos, sin duda, ante una pequeña obra maestra que anuncia la próxima aparición, bajo el mismo sello, de todas las novelas del escritor.



Estudios Cinematográficos. Revista de actualización técnica y académica del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos,
núm. 31,
mayo-agosto,
CUEC-UNAM,
México, 2007.


Estudios Cinematográficos. Revista de actualización técnica y académica del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos,
núm. 32,
septiembre-diciembre,
CUEC-UNAM,
México, 2008.

Como puede apreciarse en el par de fichas que anteceden a estas líneas, la periodicidad de esta revista es tan tristemente poco periódica, que en realidad nunca nadie sabe bien a bien cuándo ha de ver la luz un siguiente número, a pesar de lo cual el esfuerzo suma ya catorce años y contando. Lástima que la muy querida UNAM no tenga –se duda que no quiera incrementarlos– recursos para que esta publicación, obligado referente de todo aquel cinéfilo serio en este país, aparezca al menos las tres veces anuales que se supone.

Lamentos aparte, el contenido de ambas entregas es de primera calidad. El número 31, titulado “Cine e intermedia digital”, aborda desde diversas perspectivas uno de los fenómenos tecnológicos que en mayor medida están afectando, para bien o para mal, el desarrollo y a veces la concepción misma del cine. Además dedica un apartado a Jean-Claude Carri è re, compuesto por un texto de la realizadora rosa Martha Fernández y por una conversación que el propio Carrière sostuvo en una de las ediciones del FICCO, así como otra con el director Juan Mora.

Por su parte, el número 32 echa una amplia ojeada a la situación actual del documental mexicano, es decir, el género cinematográfico nacional que goza de mejor salud. Incluye a varios de los documentalistas imprescindibles: Juan Carlos Rulfo, Everardo González, Carlos Mendoza, Alejandra Islas, Maricarmen de Lara y otros más.