Usted está aquí: miércoles 24 de septiembre de 2008 Opinión Crisis, polarización y pleitos

Luis Linares Zapata

Crisis, polarización y pleitos

Después de más de un cuarto de siglo de inmovilizadora y torpe gestión de los asuntos, públicos y privados, el país ha entrado en una fase agravada de crisis, esta vez bastante generalizada. La imposición de un modelo de gobierno impertinente con el desarrollo y la justicia es la causa eficiente del deterioro que se padece en todos los órdenes de la vida organizada. En una de las esquinas de tal crisis se halla, qué duda cabe, la postración y la desarticulación del aparato productivo nacional. Pero la descomposición social aparece, con frecuencia inusitada, como la vertiente de mayor peligro, aunque, desde la dilecta cumbre decisoria, ésta sea poco apreciada y, menos aún, atendida como indicaría la prudencia.

Décadas de ralo crecimiento desembocan no sólo en la carencia de empleo, sino en la precariedad de cualquier otro medio de subsistencia al alcance de las mayorías. Cerrados horizontes de oportunidades para crecientes grupos de población se enseñorean por doquier y merman la indispensable renovación de la esperanza en un futuro asequible. A su vez, la falta de equidad contamina, hasta su mismo núcleo reproductivo, el indispensable ensanchamiento del mercado y mejoría a los consumidores. Lo que debía consolidarse como una fábrica nacional de alcances masivos se vuelve, con el paso de los días, en una maquinaria importadora de todo lo imaginado, lo deseable y hasta lo más indispensable.

La descomposición de las relaciones sociales tiene, en la incontenible violencia, una medida precisa del estancamiento económico y la involución que han sufrido las relaciones humanas, familiares y comunitarias. La incapacidad del sistema productivo para dar cabida a todo aquel que lo requiera, obliga a expulsar a crecientes contingentes de mexicanos (un millón 300 mil en los dos últimos años del desgobierno del señor Calderón, un récord inhumano). Creciente número de municipios en la República se han convertido, por el abandono y la marginación en que se debaten, en grotescos talleres donde se incuba y entrena la delincuencia. De ellos van saliendo los miles de reclutas que cada año solicita el crimen organizado. Un efectivo y reciclable ejército que recibe cursos de capacitación a su paso por las atiborradas prisiones. Este ciclo reproductivo ya inició su fatal ronda.

Aun así, la cúpula decisoria del país todavía insiste en continuar por el mismo sendero que marca el decadente y disolvente modelo vigente. No sólo pretenden conservar los privilegios instalados como motores de la inequidad, sino que los ensanchan de manera cotidiana y salvaje. El fisco se ha convertido en su refugio predilecto para sus deleites y enriquecimiento. La oportunidad de un recambio se perdió en medio de la frivolidad, la incapacidad y el torrente de tonterías, dispendio y corrupción que se enseñoreó durante el sexenio de Fox. Ese ranchero nailon que todavía aparece en la escena pública por la inoperancia de un panismo de pequeños actores. Y, en su turno, Calderón pretende continuar, a pesar de los gritos del ¡sálvese el que pueda!, que se oyen por doquier.

El coro de difuminadores mediáticos que secunda al oficialismo crece y se encorajina ante los retobos de una sociedad cada vez más polarizada. Esta polarización no tiene, según ellos, base de apoyo e historia. Saltó de repente por la necedad de alguien a no plegarse al dictado de las urnas, aunque éstas no dieran clara sentencia y sí despertaran sospechas y constancias de un fraude cierto. Insisten en catalogarla como fruto de un predicador de la división en que convierten a López Obrador en sus denuestos y exorcismos cotidianos. Los alcances de sus alegatos, faltos de ética periodística, apenas tocan los oídos de algunos incautos. La gente, esa buena gente que tanto desprecian, ya no les cree ni sigue sus alocados silogismos e invenciones. Busca, en cambio, sus propios asideros, saca sus conclusiones y ensancha sus percepciones. La gente, esa buena gente para ellos tan desconocida, rechaza la continuidad de un modelo que los empobrece y encauza sus energías renovadoras hacia la construcción de un movimiento de renovación nacional. Un simple llamado a la unidad por parte del señor Calderón debía, según ese su coro, borrar tan acendrada herida en el cuerpo de la nación. Cuánta incapacidad de penetrar en el análisis de los fenómenos colectivos y dar rienda suelta a sus temores e intereses.

En medio de todo este conjunto de errores y olvidos, de necedades, sufrimientos generalizados, temores desatados y apañes en gran escala, una parte de la elite política se ensarta en pleitos de poca monta. Mientras el escenario completo donde discurren millones de almas se tambalea y cruje, ellos siguen con sus desplantes de rijosos sin darse cuenta de la tragedia. Lamentos y dolores pasan desapercibidos a sus serenas miradas de conductores en que se han entronizado. Sólo hay cabida para las propias pasiones, para los reacomodos y empujes de sus personales intereses. Así, los de arriba, se traban en la puja por los favores de unos cuantos concesionarios de la radio. El señor Calderón sale, de improviso pero con saña, al paso de una ley que el priísmo cupular quiere promulgar para regalar concesiones de FM. El objetivo de ambos es congraciarse con unas cuantas cadenas de mandones de la radio. La riña es cuerpo a cuerpo, directa, sin tapujos.

Allá enfrente, ante sus ambiciones desatadas, aparecen las elecciones de 2009. Los bienes públicos, una vez más, serán asignados a los favorecidos de siempre. Se alega que los concesionarios de AM ya no hacen negocio, no reciben publicidad y hay que rescatarlos a costa del erario. En el rejuego no aparecen cifras, pero algunos las sitúan en cientos de millones. Se intenta, de nueva cuenta, situarse dentro del grupo de los triunfadores como haiga sido. Detrás de ellos ruge el abismo, pero eso poco importa, será una pena más de los desvalijados que insisten en serlo.

 
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