Usted está aquí: domingo 31 de agosto de 2008 Opinión Mar de Historias

Mar de Historias

Cristina Pacheco

Detector de metales

Siempre que los patronos se reúnen es porque harán cambios en Villa Esperanza. Si entro en la sala de juntas a llevarles café y siguen hablando quiere decir que el asunto no tiene mucha importancia. Por ejemplo: pedirnos que guardemos los envases de aceite vacíos y comprobar que sean los mismos que entraron llenos en la despensa; ponerle seguro a los rollos de papel sanitario en el baño de visitas para que los asilados no se los lleven a sus cuartos; que apaguemos todas las luces a las nueve en lugar de a las 10.

El cambio más significativo lo hicieron en mayo, cuando por unanimidad decidieron agregarle al reglamento interno una cláusula: “Toda persona que salga de sus habitaciones debe ir correctamente vestida o por lo menos en bata”. Tomaron esta resolución después de que Luisa, la encargada de la lavandería, se quejó de que Romualdo y Pino, con el pretexto de que no tienen mudas con qué vestirse, se le presentaban desnudos a entregarle su ropa sucia.

La advertencia: “Quien no acate la nueva disposición será expulsado, sin excusa ni pretexto, de Villa Esperanza”, fue muy efectiva. Romualdo y Pino llegan los sábados al cuarto de lavado envueltos en sábanas o en colchas prendidas con seguros. Los pobres parecen tamales y las bromas que les hacen sus compañeros son tremendas. Finjo que me disgustan y los reprendo, pero en el fondo me alegra que estas personas tengan un motivo para reír. Desde que trabajo aquí he notado que lo hacen cada vez menos.

II

Mientras dura la reunión, los viejos me esperan en el patio o en los corredores. Comen ansias por saber lo que se está diciendo en el salón de juntas. Me conmueve cómo se les iluminan los ojos en cuanto les informo que los patronos no están hablando ni remotamente de que vayan a cerrar Villa Esperanza. Es la mayor preocupación hasta para aquellos viejos que aún tienen familia: los enferma la idea de volver a las casas en donde ya sufrieron el papel de arrimados.

Cuando llegué aquí no entendía ese temor, pero lo comprendí a partir de que algunos viejos me contaron las experiencias terribles con sus hijos. Llegué a recomendarles que, si algún día dejaba de funcionar la villa, se fueran a vivir en la calle en vez de regresar con sus familias que no los quieren.

Ahora ni en broma les doy ese consejo. La simple posibilidad de andar por la calle, ya no digamos de vivir allí, los aterra. Su temor es tan grande que han renunciado a los paseos porque creen que en todas las esquinas hay ladrones y asesinos. Les digo que les hace falta salir, ver lo que hay más allá de esta casa, pero no logro que cambien de opinión. Al contrario, me inoculan su miedo cuando me enseñan el periódico, me describen lo que vieron en la tele o lo que escucharon en la radio.

Los viejos creen que sólo en Villa Esperanza pueden vivir seguros. Al parecer ya no es así. Cuando les diga lo que alcancé a oír en la sala de juntas les entrará un ataque de pánico. Podría ocultárselos, pero no servirá de nada. Son muy curiosos: el lunes, en cuanto vean a los operarios trabajando en el portón, les preguntarán qué vinieron a hacer. Ya me imagino cómo se pondrán al escuchar la respuesta: “Estamos instalando un detector de metales.”

Eso es lo que estaban decidiendo los patronos en la sala de juntas. No lo estoy inventando, ¡lo oí! Fue tal mi sorpresa que estuve a punto de tirar la charola con las tazas.

III

“Aquí, un detector de metales, ¿para qué?” Lo ignoro y no pude contestarles. Pino tuvo una ocurrencia: “Para comprobar que cuando salimos no vayamos a robarnos los cubiertos.” La broma despertó la suspicacia de Romualdo: “Más bien creo que lo hacen para cerciorarse de que los extraños o los visitantes no lleguen armados”.

No faltó quien acusara a Romualdo de loco y terminamos por burlarnos de él, excepto Pino. Sacó el bolígrafo y el cuaderno que siempre carga en el bolsillo para hacer la lista de los extraños que frecuentan la villa: proveedores que no pasan del estacionamiento, electricistas, plomeros y albañiles que nos prestan sus servicios desde hace muchos años.

Evidentemente los patronos no habían decidido instalar el detector de metales pensando en ellos, entonces ¿en quién? Sólo quedaban el médico y la enfermera que vienen cada seis meses para una revisión general, o los escasos familiares que llegan algún domingo y se la pasan mirando el reloj para contar los minutos que ya dura el sacrificio de estar allí y los que faltan para despedirse.

Ernestina jamás habla, pero hoy lo hizo y nada menos que para contarnos una noticia que había leído en el periódico: “Un muchacho, desesperado por conseguir dinero para comprar drogas, a punta de pistola sacó a su abuelo del asilo y después le pidió un rescate de 20 mil pesos a la familia”.

Sentí ganas de meterle un codazo a Ernestina y la llamé irresponsable. ¿No había pensado que con su comentario destruía la sensación de seguridad que les produce a sus compañeros vivir en Villa Esperanza? De nuevo no se quedó callada: “No es culpa mía que el mundo esté tan descompuesto ni que el secuestro se haya convertido en un negocio familiar. Lo leí en el periódico. Guardé el recorte. Si quieren se los traigo”.

Para tranquilizar a mis viejitos sólo se me ocurrió mencionarles algo de lo que jamás les hablo para no entristecerlos: “Muy pocos de ustedes tienen familia y, aunque tengan, jamás los visitan. Así que dejen de preocuparse y váyanse al patio, aprovechen el solecito antes de que llueva”.

IV

Pasaron los minutos y nadie se movió. El único que recuperó el ánimo fue Pino: “Como yo no tengo ni perro que me orine, el dichoso arco me vale”. Romualdo se exasperó: “Pues debería importarle. Si se trata de ganar dinero fácil, no faltará el desalmado que entre aquí para llevarse a uno de nosotros y luego pedir rescate a los patronos”.

Romualdo quiso descalificarlo: “Pero si los únicos que vienen son el hijo de Estela, la cuñada de Socorro, la hermana de Fidel y el ahijado de Ignacio. ¿Cree usted que alguno de ellos sería capaz de cometer un delito tan horrible?”. “Pues yo sí lo creo”, le respondió Ernestina sin que nadie le hubiera pedido opinión. Le repetí que no se puede generalizar: el hecho de que un nieto haya secuestrado a su abuelo para sacarle dinero a la familia rica…”

Ernestina me interrumpió para aclararme que los personajes de la noticia periodística no eran adinerados, sino todo lo contrario. Y precisamente por eso, por los muchos sacrificios que tuvieron que hacer para juntar los 20 mil pesos que les exigió el nieto extorsionador, acordaron denunciarlo.

Si antes tuve ganas de darle un buen codazo a Ernestina, esta vez sentí el impulso de matarla. No se ganaba nada con seguir inquietando a sus compañeros y además a ella la visitaba, aunque muy de vez en cuando, su nieta Kenya.

Me arrepentí de mis palabras y me disculpé por haberle sembrado dudas hacia la única parienta que se interesa en ella. Ernestina me sonrió: “No tiene nada de qué disculparse. Al contrario, le agradezco que me haya abierto los ojos: Kenya está sin trabajo, el esposo también y siempre andan a la quinta pregunta. Puede que el próximo domingo se les ocurra sacarme dizque a pasear, pero en vez de eso me refundan en algún agujero y luego piden rescate por mí en la villa. Ahorita mismo les hablo por teléfono para decirles que de ahora en adelante ya no estarán permitidas las visitas”.

Su reacción me pareció exagerada y ridícula; además la privaría de su única ilusión en la vida: reunirse unos minutos, cada tres o cuatro semanas, con Kenya. Por evitarle esa pérdida le recomendé tranquilizarse, que no se dejara impresionar por todas las malas noticias, pues al rato iba a tenerle desconfianza a todo el mundo, tal vez hasta a mí: “A lo mejor una mañana se le ocurre que, como gano tan poquito, soy capaz de secuestrarla y cobrarles a los patronos para dejarla en libertad”.

No debí decirlo. Pino se me acercó despacio y se quedó viendo la medallita que traigo en el cuello: “En este mundo ya nadie está seguro en ninguna parte. Calculo que por rescatarla a usted, su familia nos daría unos l5 o 20 mil pesos. Con lo amolados que estamos, a todos nos caería muy bien ese dinero”. Quién sabe qué cara habré puesto, porque Pino se río y me dijo: “Oiga, no es para que se espante. Sólo estaba bromeando”.

¿Será? Por si las dudas voy a empezar a buscarme otro trabajo.

 
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