Usted está aquí: miércoles 6 de agosto de 2008 Política El origen religioso de los Juegos Olímpicos

Bernardo Barranco V.

El origen religioso de los Juegos Olímpicos

Los Juegos Olímpicos actualmente son más que la competencia deportiva entre los atletas más dotados del planeta. Son un encuentro de pueblos, nacionalidades, diversidades culturales y religiosas. Además de los componentes políticos resalta la excesiva y decadente comercialización mediática. Espectacularidad, dramatismo, exaltación de personajes, emoción y manipulación patriotera conforman la teatralidad de una justa atlética que se desarrolla cada cuatro años y que es observada atentamente por masivas audiencias en todo el mundo.

Sus orígenes lejanos se remontan a la antigua Grecia, alrededor del año 776 antes de la era cristiana. Hay que recordar que la cultura, la identidad, la política y la religión estaban íntimamente imbricadas en las sociedades helénicas y a pesar de las diversas rivalidades que caracterizaron la evolución histórica de las polis griegas, en los aspectos religiosos y espirituales mantuvieron una unidad que permitió al territorio griego poseer una relativa cohesión y comunicación cultural. Y precisamente los Juegos Olímpicos tuvieron un papel central en la edificación de dicha cultura, en que se ponía en juego las habilidades, destrezas, fuerza e inteligencia de los mejores exponentes de las diferentes ciudades griegas de la antigüedad, organizando una enorme y popular fiesta político-religiosa. Olimpia se convirtió en uno de los principales nodos de peregrinaje del universo antiguo, muy superior a las peregrinaciones destinadas a los santuarios de Delfos (consagrado a Apolo) y Corinto (en honor de Poseidón, dios de los mares). Según la tradición, los dioses griegos vivían en una especie de ciudad celestial situada en el monte Olimpo; ahí existían estamentos entre las diferentes divinidades y estaban organizadas de forma jerárquica; la suprema autoridad era el supremo Zeus, dios del orden y la justicia.

La griega, una religión no practicada actualmente, guarda sin embargo una enorme influencia en el mundo contemporáneo. Sobre estas antiguas creencias se puede decir que son ampliamente conocidas debido a la riqueza documental disponible, fuentes literarias como iconográficas, epigráficas o arqueológicas. Las primeras manifestaciones de la religión helénica tuvieron como rasgo más significativo el antropomorfismo de sus divinidades; es decir, los griegos caracterizaban a sus dioses en forma humana, e incluso les transferían las mismas virtudes y los mismos defectos que poseemos. Esta característica sin duda influirá de manera decisiva en la estructuración del futuro cristianismo, que construye a su deidad, Jesucristo, también bajo forma humana y rasgos seculares; igualmente la herencia politeísta se deja sentir en los innumerables santos y vírgenes.

Los Juegos Olímpicos de la antigua Grecia eran festejos de carácter cultural, deportivo, religioso y hasta militar. Además de las competencias que se celebraban cada cuatro años, y que tan sólo duraban unos cuantos días, en el primer y el último día se desarrollaban rituales de adoración a Zeus, los que incluían sacrificios, procesiones y banquetes. Aún perduran símbolos religiosos como el fuego sagrado de la llama olímpica, y la premiación o reconocimientos simbólicos, no materiales, de los triunfadores que son distinguidos desde un pódium. Los atletas se preparaban física y espiritualmente desde meses antes de las justas. En una sociedad predominantemente patriarcal, sólo los hombres competían, y en cada una de sus acciones, cultivadas en entrenamientos de años, ponían cuerpo y alma, fruto de una rigurosa disciplina. El aforo de los coliseos y arenas era de más de 45 mil personas, que para la época significaba notables desplazamientos humanos. Los vencedores eran proclamados en toda Grecia y sus virtudes eran exaltadas; su prestigio engrandecía su ciudad, su región y al dios que el héroe honraba; habría que resaltar que la celebración de los Juegos Olímpicos podría representar un tiempo de pacificación y de tregua sagrada, donde los antagonismos bélicos se interrumpían. Los Juegos Olímpicos perduraron hasta los años 300 de nuestra era, y decayeron porque su espíritu original se perdió. Excesiva manipulación política, nacionalista, y utilización de los héroes atléticos, fueron objetos de críticas y descréditos de una naciente y vigorosa religión, el cristianismo, que calificaba los encuentros de paganos y brutales. Así, después de celebrarse cerca de 300 juegos en la antigüedad, el cristiano emperador romano Teodosio I los canceló el año 393 de nuestra era.

El fundador moderno del movimiento olímpico, quien restableció en el siglo XIX los actuales Juegos Olímpicos, Pierre Frédy, barón de Coubertin, un año antes de morir declaró: “Por lo tanto, creo haber tenido razón al haber intentado, desde el principio del renacimiento olímpico, reavivar una conciencia religiosa”. Es decir, intentó recuperar no sólo las confrontaciones deportivas, sino rescatar su espíritu religioso, que fue un sello inicial. En cambio en su libro Deporte y olimpismo, los profesores Mauricio Pastor y Miguel Villena, de la Universidad de Granada, sostienen que la principal diferencia que hay entre las Olimpiadas de la antigüedad y las que se practican actualmente estriba en que: “mientras que el deporte moderno es un espectáculo completamente profano, las competencias deportivas, tanto las griegas como las romanas, se desarrollaban en el marco de festivales religiosos, de manera que estos tres conceptos: política, religión y deporte, al parecer tan lejanos los unos de otros en la actualidad, se mantuvieron estrechamente vinculados en la antigüedad clásica”. Finalmente, los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 están marcados por los señalamientos a la violación a los derechos humanos, y en particular a la libertad religiosa en el país anfitrión, que ha padecido una doble presión político-religiosa: la cristiana, encabezada por el Vaticano, y la budista, conducida por los seguidores del Dalai Lama. Ambos pugnan por mayores espacios, y reconocimiento a las identidades culturales y religiosas.

 
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