Usted está aquí: martes 15 de julio de 2008 Opinión Orozco: jornada tapatía

Teresa del Conde

Orozco: jornada tapatía

Es tiempo de que un periodo cultural en las artes plásticas se dedique al más viejo y quizá al más controversial de los muralistas. Como a Siqueiros, a Orozco le importó poco la obtención de emolumentos por su trabajo mural, aunque a diferencia de éste, el tema de mensaje social condicionado a determinada ideología le fue totalmente ajeno.

En un artículo anterior mencioné que propició diatribas a diestra y siniestra mediante su iconografía, que no es fácilmente descifrable, pese al admirable e imprescindible trabajo de Renato González Mello que, esperemos, salga ya a la luz pública, porque es como un “fresco” que se dispara a toda una época.

Empezó el ciclo Orozco con una serie de conferencias que se iniciaron el sábado 12 en la ex capilla del Instituto Cultural Cabañas, regido desde hace más de un año por María Isabel Torres Ladrón de Guevara, maestra en restauración e hija de don Javier, fallecido hace 10 años.

La primera conferencia, que estuvo a mi cargo, versó por indicaciones suyas y del curador de la próxima exposición Orozco: Miguel Cervantes, sobre Orozco y los críticos que le fueron contemporáneos. La sucederá el 2 de agosto con el tema de Orozco en Nueva York, por Alicia Azuela (como yo, integrante del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México y experta en el tema del muralismo en Estados Unidos).

A continuación Miguel Capistrán abordará el tema de la caricatura y la ilustración, Juan Villoro la narrativa épica, para terminar en un último sábado, con mesa redonda coordinada por Sylvia Navarrete en la que participarán artistas contemporáneos.

El público que asistió a la primera sesión fue abundante, con todo y que hubo cierta confusión en los anuncios difundidos, concerniente al horario, cosa que habrá de evitarse en lo sucesivo.

No pretendo aquí otra cosa que informar sobre la pertinencia que implica traer de nuevo a colación a José Clemente Orozco. Ninguna figura cultural es incólume al paso del tiempo y cada generación propone su visión, que suele disentir de la de quienes la antecedieron, y de eso se trata en la presente ocasión.

Hablar bajo la cúpula de El hombre de fuego intimida, los ojos se van hacia arriba y hacia donde la visión alcanza, eso a pesar de que la víspera de la conferencia los técnicos –capitaneados por Alejandro Varela–, la directora del Cabañas y yo pasamos la tarde allí.

La sesión se inició con una alocución de la encargada de exposiciones, Alicia Lozano, quien en su breve enunciado mencionó a José Revueltas.

Para distender un poco a un público que contaba con personas a quienes Orozco interesa, tales como Fernando del Paso, Patrik Charpenel, Jacques Lafaye, etcétera, relaté una anécdota que retomé illo tempore para una antología.

En diálogo con José Clemente Orozco, recogido por Agustín Aragón Leyva, José Revueltas comenta al pintor: “acabo de conocer tus frescos, ya terminados, en el Hospicio Cabañas. Me pasé un buen rato allí, acostado bajo la cúpula, pero vino un guardia, me obligó a incorporarme y me sacó del recinto. ‘¡Qué estupidez!’, responde el muralista. En la Capilla Sixtina me pasé horas tendido bajo la bóveda, y así hacen los que realmente quieren observarla”. ‘Bueno (responde Revueltas), pero había una diferencia. Tú estabas boca arriba y yo boca abajo”. Ya me imagino las carcajadas de Orozco, a quien le fascinaban ese tipo de salidas, tan frecuentes en su memoria autobiográfica.

Después de la anécdota que –por lo menos a mí– me distendió, empezó la charla en serio, acompañada de diapositivas y Power Point. Las imágenes intentaban dividir, o poner acento, en fragmentos de lo que teníamos a la vista, pero sobre todo en ciertas alocuciones que comentaristas realizaron no en los tiempos en los que estos murales se develaron, sino algo después.

“El canto del hombre en llamas, que en verdad es doloroso lamento, nos hace estremecer, porque sugiere que al acabarse el fuego, todo será tinieblas”. Si así empieza el ciclo, precedido por el Prometeo de Pomona College en Claremont, California, resulta lógico que la culminación de las pinturas del ex hospicio allí termine, según Justino Fernández.

La pérdida de la mano izquierda ocurrió en 1904, según Clemente Orozco Valladares. Orozco fabricaba pólvora. Siguió elaborándola después, de otro modo.

 
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