Usted está aquí: miércoles 11 de junio de 2008 Opinión Rondas de la niña mala

Javier Aranda Luna

Rondas de la niña mala

Escribió José Joaquín Blanco hace tiempo que el estilo, la ironía, la música, la crítica, el desparpajo, la sonrisa y la voluntad de vida de Elena Poniatowska se encuentran desde sus primeros textos. Es cierto y ahora sabemos que esos signos de identidad subsisten en sus libros más recientes. Particularmente en Rondas de la niña mala, breve libro de poemas que puso a circular en estos días Ediciones Era.

Ya Monsiváis había encontrado en la intensidad prosística de Poniatowska la sucesión de vislumbres poéticos y Octavio Paz un algo alado en su prosa como ocurre con la poesía. Seguramente por eso la consideró un “pájaro” de la literatura mexicana.

Rondas de la niña mala recupera ese uso antiguo de la poesía para contarnos cosas, para fijar de manera condensada esos instantes que definen, como pocos, nuestros días. Porque los poemas además de ser la música de lo que pasa, los instantes de comunión con lo infinito son, también, instrumento de la memoria y la imaginación, esa otra de sus formas.

Con este libro bellamente ilustrado con dibujos de Leonora Carrington y Pablo Weisz, Poniatowska no pretende hacer POESÍA, desenmarañar el ser y el tiempo, cantar en do de pecho en cada estrofa, ni cifrar hasta o ininteligible la caída del agua suelta sino algo más sencillo: recuperar, con la música de la poesía, con metáforas sorprendentes, con ironía que desternilla y con gran insolencia, una infancia que si fue como la pinta debe haber sido una locura. Me corrijo: esa infancia que fijó con sus versos de la niña mala son ya una locura donde nada se esconde: “Elena,/ tú no sabes, no sabes/ ni te duele la vida,/ estás fuera, comprende,/ ‘out’, no cupiste,/ no has entendido nada,/ ni juntaste dinero,/ ni te vestiste bien,/ ni tu casa es tu casa”.

Sorprenden sus metáforas sobre la vida menuda, el desparpajo, las palabrotas y, por supuesto, los temas que viven una niña de mochila y tobilleras y esa femme enfante de nuestras letras que vuelve a sentir el miedo infantil, ya adulta, en Tlacotalpan. La muerte chiquita, la infancia perdida, un armario donde el pasado cuenta, el caldo blanco de semen, un Dios insensato y demandante, una estrella fruncida, un árbol que da niñas y un encuentro en la mitad del mundo aparecen en estas baladas que, como los dibujos de Leonora Carrington, parecen más de otro mundo que de éste, un mundo más cercano a los sueños o a la infancia donde lo real en un parpadeo desaparece.

Si la recuperación de voces ha sido uno de los recursos más afortunados de Poniatowska para armar sus crónicas, pues las convierte en un coro que nos cuenta el cuento de lo que ocurrió, en los poemas que hoy nos ofrece otras voces, la de los suyos muy suyos y la de ella misma le sirven para compartirnos lo que tal vez sea su mejor autorretrato.

Treinta rondas comprende el libro que su autora fue escribiendo a lo largo del tiempo. Escribió la primera a los 24 años y Octavio Paz conoció algunas de ellas. Y más aún, corrigió él mismo una.

 
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