Usted está aquí: domingo 8 de junio de 2008 Política Cuba: el Estado y la democracia autogestionaria

Guillermo Almeyra

Cuba: el Estado y la democracia autogestionaria

En Cuba es necesario elevar la productividad en general, y la productividad y producción campesina en particular, para reducir las carísimas importaciones de alimentos y bienes de consumo, abastecer a las ciudades con la cantidad y calidad necesarias de granos, carnes, lácteos, frutas y verduras, y lograr los excedentes indispensables para aliviar en esos centros urbanos la gran carencia de viviendas y de servicios sociales, cuya calidad se ha deteriorado mucho.

Obviamente, ante el bloqueo y la continua amenaza de Estados Unidos, y dados los problemas que se le plantean a la economía cubana por la muy escasa existencia de petróleo en su territorio y por la hipoteca derivada de los continuos y cada vez más graves ciclones (que afectan la capacidad productiva de las tierras y también la duración de las viviendas), las tareas antes mencionadas no pueden dejarse en manos del mercado, sobre todo en un país como Cuba que, no hay que olvidarlo, tiene apenas un tercio de la población que se mueve en la ciudad de México en sus horas punta. Como en todos los países latinoamericanos, el papel del Estado y la correcta planificación de los recursos y los esfuerzos prioritarios resultan, por lo tanto, esenciales.

Esto nos conduce a dos problemas fundamentales: la burocratización del aparato estatal y del partido, contaminados por el “primeroyoísmo”, el individualismo y la corrupción imperantes sobre todo en las ciudades, y también el amplio margen para la arbitrariedad y los errores, incluso de buena fe, que deja una centralización verticalista.

Entre otras cosas, también por eso resulta inaplicable el “modelo chino”, ya que Cuba no tiene los enormes recursos naturales ni los capitales ni el excedente de población como para poder compensar mediante el esfuerzo humano, a la vez, la escasez de tecnología productiva y de combustibles y los enormes despilfarros del llamado “socialismo de mercado” a lo mandarín, es decir, del mercado cabalgado por un aparato burocrático-militar férreo.

Por otra parte, los capitales cubanos de la diáspora, presentes en Miami, no volverán a Cuba por patriotismo sino sólo si pueden reproducir en la isla las condiciones semimafiosas en que viven en Estados Unidos, sobre todo en el caso de una supresión del bloqueo y de la consiguiente gran afluencia de turistas-consumidores gringos a un país que volviese a las condiciones sociales y morales anteriores a la revolución. En cuanto a los otros capitales, el mercado interno cubano es demasiado pequeño y el poder adquisitivo de los cubanos es demasiado bajo como para que haya una gran afluencia de inversionistas, incluso si se piensa en relación con lo pequeño del país.

Cuba, por lo tanto, depende fundamentalmente de la plena aplicación de las capacidades culturales y creativas de su pueblo, ampliamente reforzadas y demostradas desde la revolución, y de la relación entre la respuesta popular a las exigencias de este momento de crisis en la isla y a escala mundial, por una parte, y la reorganización de la intervención estatal, por la otra. Es decir, de la necesidad del máximo de democracia y de autogestión en la producción y en la vida social, por un lado, y de la planificación adecuada de las prioridades y de la defensa por parte del aparato estatal, por el otro. En esta ecuación es evidente que tanto la democracia como la autogestión tendrían como límites transitorios los negociados con dicho aparato, y éste vería su planificación centralizada discutida y modificada por la otra planificación, la de las necesidades y recursos vistos por los productores-consumidores-ciudadanos organizados y movilizados.

La democracia y la autogestión no son solamente los únicos medios hoy posibles para movilizar la creatividad, el sentimiento colectivo y solidario, el entusiasmo de los trabajadores cubanos y para elevar su productividad. No son solamente las más poderosas palancas económicas, son también la garantía de la cohesión social que es necesario reforzar frente a la agresión comercial, moral, cultural y política del mercado capitalista mundial y del imperialismo estadunidense. Y son igualmente el arma más potente contra la burocratización y la corrupción. Porque si bien ambas degeneraciones de la vida social provienen de la pobreza de la isla y de la escasez, el control masivo sobre la vida pública y privada de los dirigentes isleños y la discusión pública sobre cómo utilizar los recursos escasos permitirían limitar poderosamente la actual omnipotencia de los burócratas y la libertad de acción que tienen los corruptos a todos los niveles, creando al mismo tiempo una moral colectiva muy superior a la actual.

La burocracia no puede ser controlada con métodos burocráticos, policiales o judiciales: sólo la más amplia democracia, la legalización en la vida pública y en la dirección política de la expresión de todas las propuestas y opiniones posibles puede hacer que la vida política y la construcción de las bases solidarias y colectivistas para el socialismo sea obra de todos, que todos sean dirigentes, y puede aislar eficazmente a los pocos que trabajan para el imperialismo. La democracia y la transparencia plena en la adopción de las decisiones haría de los cubanos ciudadanos, sujetos conscientes en la creación de su porvenir y no objetos de decisiones tomadas a sus espaldas y que no pueden controlar.

 
Compartir la nota:

Puede compartir la nota con otros lectores usando los servicios de del.icio.us, Fresqui y menéame, o puede conocer si existe algún blog que esté haciendo referencia a la misma a través de Technorati.