Usted está aquí: domingo 9 de diciembre de 2007 Opinión Mar de Historias

Mar de Historias

Cristina Pacheco

Guadalupe

Este año no apareció Guadalupe entre los peregrinos llegados de Temoaya. Algo muy grave tiene que haberle sucedido para que haya faltado a la Basílica. Si supiera su nombre completo podría ir a buscarla en cuanto pase esta temporada, la de más trabajo: hacemos comida para los romeros.

Cada año son más y más pobres. También cada diciembre son menos abundantes las raciones que les regalamos; tan siquiera es algo para calmarles el hambre, la fatiga y el frío. Todo eso arrastran durante los kilómetros de una caminata agravada por los hijos que cargan en brazos o a la espalda, los enfermos a quienes dan apoyo, las imágenes que traen a bendecir, los regalos que ponen a los pies de la Virgen: ramilletes, panes, telas bordadas, miel, cirios, veladoras, mazorcas...

Desde que la conocí, Guadalupe le ha traído a “su tocayita divina” pequeñas alfombras que son verdaderos jardines en miniatura. Las teje, según me ha contado, en los tiempos que le roba a su jornada de trabajo. Comienza a las cinco de la mañana ante el fogón donde prepara el almuerzo y termina en el mismo sitio. Allí espera el regreso de su marido.

Por causa de él Guadalupe empezó a peregrinar. Vino a pedirle a la Virgen que lo metiera en razón, que lo alejara del alcohol y de la tranca con que la golpea porque aún no le da un hijo, porque rompe un jarro o extravía alguna cosa; a veces la maltrata sólo para desquitarse del coraje que le causa ser pobre y no verle salida a la miseria.

II

“Y por usted, ¿qué pedirá?”, le pregunté a Guadalupe el primer día que entró en la casa para curarse con hilo y aguja las ampollas de los pies. Levantó la cara y miró hacia los peregrinos, que seguían desfilando por la Calzada de los Misterios:

–Uh, son tantas cosas que no terminaría de contárselas. Lo bueno es que Ella las sabe, porque mientras le fui tejiendo su tapetito le platiqué toda mi vida: desde que comencé a trabajar a los 5 años en el campo hasta el momento en que me puse a tejer su regalo, hará como dos meses, o a lo mejor más. No lo sé bien. El tiempo se me revuelve, los días son tan iguales que ni me doy cuenta de cuándo termina uno y cuándo empieza el otro.

Sin que se lo pidiera, Guadalupe sacó de entre sus cosas el tapete con fondo azul y flores de muchos matices. Me pareció increíble que en algo tan hermoso pudiera entramarse la vida amarga y miserable que se traslucía en el aspecto y el tono de la peregrina:

–La noche en que decidí venir en peregrinación me puse a ver que era imposible presentarme ante la Virgen con las manos vacías: si uno va de visita a una casa lleva un presente, cuantimás si viene a la Basílica. Lo primero que se me ocurrió fue traerle un ramo de flores. Pero recordé que casi todas las mujeres de mis rumbos se las traen. La Virgen no iba a saber cuáles eran las mías y a lo mejor por ese motivo no iba a ocuparse de mis súplicas. Y si Ella no las atiende, ¿quién va a hacerlo? ¡Nadie!

La reflexión de Guadalupe me conmovió tanto que le acaricié el hombro. Ella retrocedió:

–No se recargue mucho en mi brazo porque lo traigo desvencijado de cargar tantas cosas y por los golpes. ¿En qué estábamos? Ah, sí, en el ramo de flores. Luego pensé: en uno o dos días se van a marchitar y mi divina tocayita muy pronto dejará de tenerme presente en medio de tantos que ruegan sus favores. ¿Le llevo dinero? Pos cuál, si apenas tuve para los gastos del viaje; no son muchos, pero cuando uno es pobre hasta un centavo cuenta. Usted me entiende… Seguí piense y piense hasta que me decidí por tejerle a mi Virgen una alfombra. La hice a escondidas de Felipe –a veces en la oscuridad, como tejen las arañas–, porque si él la hubiera visto me habría dicho: “Salte a la carretera para que la vendas.” ¿Cómo iba a hacerlo, si desde que me puse a cardar la lana tenía planeado que fuera para Ella?

Guadalupe recuperó la alfombra que me había prestado para que la apreciara de cerca y se puso a acariciarla:

–Aunque no perfumen, lo bueno de las flores tejidas es que jamás se marchitan. Éstas durarán mucho tiempo, puede que hasta más que yo. Cuando las mire, y las verá, porque la Virgen lo puede todo, mi Señora dirá: Son las primeras que me regaló Guadalupe, esa chaparrita con un hombro desvencijado que vino a solicitarme tantas cosas, hasta el perdón por haberme pedido que le quitara la vida. Para qué más que la verdad: es cierto. Hace poco fui a la capilla a rogarle que me diera valor para acabar con mis días colgada de un árbol. Mi prima Eulalia así terminó. El sacerdote no quiso que la enterráramos en el camposanto, sino del otro lado de la barda, casi a la orilla del camino. Allí sigue la cruz con su nombre: Eulalia. Mis tíos se negaron a ponerle sus apellidos en señal de que rechazaban la decisión de su hija. No los juzgo, pero para mí que eso no estuvo bien, ni tampoco que hayan quemado el árbol. Quedó nomás hecho un tocón negro. Me dio gusto que luego empezaran a salirle brotes. Pronto volverá a ser un árbol; mi prima, en cambio, ya nunca será nada.

III

Guadalupe dobló la alfombrita y la guardó entre sus cosas:

–Ya es hora de irme. Tengo mucha ilusión de presentarme ante la Virgen. Primero le agradeceré que haya cambiado los pensamientos de mi esposo, que no quería darme el permiso para venir; luego voy implorarle perdón por haber pensado en quitarme la vida. Para que entienda bien por qué lo hice le diré que una mañana, de repente, se me fueron acabando las fuerzas, las ganas de seguir levantándome y acostándome sin ninguna esperanza. Es algo muy triste eso de sentir que ya nada la provoca, que no le importan ni los golpes, que todo da lo mismo y sólo se piensa en salirse de la vida como si se tratara de un vestido roto.

Guadalupe se calzó las zapatillas de plástico transparente en señal de que estaba lista para remprender su caminata. Llegó a la puerta y se detuvo para ver a un hombre que avanzaba de rodillas, con los brazos en cruz, mirando hacia la cúpula de la Basílica y llorando:

–Pobre cristiano. Cuando esté frente a la Virgen voy a pedir por él. Se ve que no tiene quien lo haga porque anda solo; yo vengo igual, pero sobre mis pies y de seguro cargando menos arrepentimientos.

Sin despedirse, Guadalupe atravesó la calle y se confundió con los romeros. Unos iban rezando, otros se mantenían en silencio tal vez haciendo la lista mental de las peticiones que iban a presentarle a la Virgen: desde que les conceda fuerzas para aferrarse a la vida hasta que les dé valor para no buscar la muerte.

Nadie ha notado la ausencia de Guadalupe, una más entre las filas de menesterosos que ya sólo pueden esperar lo imposible. A cada momento me vuelvo hacia la calzada con la esperanza de verla renqueando, cargada con la bolsa donde le trae otro regalo a la Virgen: la alfombra que simula un jardín salpicado de flores que nunca se marchitan. Ese milagro lo teje Guadalupe a escondidas, en la oscuridad donde hilan infatigables las arañas.

 
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