Usted está aquí: lunes 16 de julio de 2007 Deportes ¿La fiesta en paz?

¿La fiesta en paz?

Leonardo Páez

Correr toros a pie

Si los jóvenes extranjeros que cada año se animan a correr delante de los toros en Pamplona tuvieran la precaución de enterarse, antes, de las reglas y las técnicas que entraña esta costumbre, muy probablemente los más de cuantos resultan heridos saldrían ilesos de su experiencia e impondrían a ésta una emoción más allá del excesivo gasto de adrenalina.

El atractivo principal de la feria de San Fermín es ver o participar en el encierro o antiguo arte de correr delante de los toros que serán lidiados por la tarde, en un trayecto de 825 escalofriantes y eternos -para los corredores- metros, aunque el tiempo real del recorrido no rebase, salvo excepciones, los tres minutos.

A lo largo de la cuesta de Santo Domingo, la plaza del Ayuntamiento y después por la calle Estafeta, al principio con una curva cerradísima, luego con una ligera subida, más adelante recta -donde la tensión es insoportable, incluso para los mirones- y al final de bajada, hasta que al fondo aparece la esperanzadora puerta del coso, experimentados pamplonicas, temerarios turistas y uno que otro enamorado dolido, literalmente se juegan la vida, en otra tauromaquia intensa y dramática, con su misterio y reglas.

"El encierro de Pamplona constituye en la actualidad -dice Javier Echeverría en imprescindible ensayo-, más allá del tumulto aparente, un arte lo suficientemente precisado como para intentar expresar sus reglas internas, no para postular una normativa de cómo debe correrse, sino para definir el arte del corredor de manera que al producirse una mayor conciencia de lo que ahora se hace, dicho arte pueda desplegarse hacia nuevas formas, inventando suertes, y clarificándose distintos estilos y escuelas."

El problema para los turistas audaces no se reduce a correr como liebres a prudente distancia, sino sobre todo a saber cómo reaccionar cuando la manada avanza o cuando uno o más toros quedan rezagados, sin posibilidades ya de que corredores expertos los reintegren a la manada, como ocurrió el jueves pasado, cuando un toro de Domecq hirió a siete corredores, entre ellos uno mexicano.

Nuestro joven paisano, con la misma inconsciencia de los despistados que cuando no murieron resultaron seriamente lastimados en aquella carnicería de San Miguel Allende, hoy afortunadamente desaparecida, no sólo no pudo hacer el Tancredo -quedarse como estatua a centímetros de los pitones- sino que además trató de "detener" la embestida con la mano, excitando todavía más al enfurecido burel, que lo corneó en el abdomen y en el muslo izquierdo.

Tomar la distancia precisa, templar la veloz embestida entre la nerviosa multitud y citar a uno o varios toros rezagados, sea de manera individual, en pareja o en grupo, son niveles de tauromaquia corredora que merecen ser difundidos y explicados para su cabal valoración y estético ejercicio.

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