Usted está aquí: miércoles 4 de julio de 2007 Opinión Tumbando caña

Tumbando caña

Ernesto Márquez

Pregoneros del recuerdo, ¡que viva la tradición!

Bajo una lluvia torrencial que parecía interminable y en presencia de por lo menos dos centenas de alegres parroquianos, se presentó recientemente en el Museo de Culturas Populares (Coyoacán) la más reciente grabación de los veracruzanísimos Pregoneros del Recuerdo.

El album, con el que la agrupación jarocha festeja 50 años de quehacer musical y en el que se subraya enfáticamente que “la tradición continúa”, impone el mismo espíritu que sus antecesores: romanticismo, nostalgia y jiribilla danzaria. En él encontramos 13 temas meticulosamente extraídos de la cantera musical caribeña; joyas de la autoría de Pedro Flores (Bajo un palmar), Rafael Hernández (Campanitas de cristal, Inconsolable), Miguel Matamoros (Reclamo místico), Agustín Lara (Mujer) y las propias de Arturo Pitalúa (Veracruz, orgullo de la nación) y Efraín Pérez (Vete de aquí), entre otras.

Los pregoneros del Recuerdo, agrupación fundada por el maestro Carlos Pitalúa en una noche de bohemia tropical de hace 51 años, es un ejemplo de persistencia y empeño sonero por lo que, a la distancia que marca su inicio un tanto vacilante por su carácter informal y el tiempo actual en el que se ubican consolidando tal iniciativa, sólo se tiene que decir que es una de las agrupaciones de mayor relevancia en el quehacer musical sonero de México.

Y eso salta al oído, debido al carácter, la disciplina y esa forma de hacer musica, apegada a la idea de su fundador, “mantener el sonido del 40”: una combinación tímbrica de cuerdas, alientos y tambores que inaugurara en Puerto Rico Pedro Flores con su conjunto clásico e hicieran famoso los cuartetos Mayarí y Marcano.

En esta grabacion para Ediciones Pentagrama, los Pregoneros del Recuerdo despliegan hermosamente ese sonido en el que destaca la trompeta con sordina de Efraín Pérez Juárez Chiquilín, a dúo con el clarinete de Bernardo López, el sostén armónico de la guitarra de Arturo Pitalúa y el bajo de Gabriel Verde, la base rítmica de reminiscencia afrocubana de los timbales de Alfonso Martínez, el bongó de Jorge Sánchez y las congas de Eduardo Vázquez, quienes en suma demuestran cómo se puede avanzar en el tiempo sin mover un ápice la tradición.

Las caracteristicas y capacidades musicales de los integrantes –actuales y pasados– han sido factor para que el octeto veracruzano haya mantenido la idea de don Carlos, logrando con el paso del tiempo un sello sonoro, una identidad tonal que los destaca por encima del poblado mundillo musical afrocaribeño.

Escuchar a esta agrupación que el buen amigo y colega Rafa Figueroa define como “nacida de la nostalgia” es como abrir una cápsula del tiempo. El número con el que comienza el disco, Bajo un palmar, de Pedro Flores, y los que siguen, nos remiten a una época dorada en que no había estridencias sonoras ni protagonismos vocales ya que todo se daba en función de la canción, así, como lo hace Luis Luna, sin grandes aspavientos, cantando como se debe, con sentimiento y soneo, apoyado por un sonido básico (acústico le llaman ahora) que permite que se aprecie todo: música y poesía.

Ese ha sido el empeño de Arturo Pitalúa en su función de arreglista y director musical, mantener la tradición de la canción caribeña en sus diversos estilos de son, bolero, guaracha o danzonete, pese a los lerdos o “posmodernistas”, que por ignorancia o por joder los critican por carecer de fuerza sonora al compararlos con una banda de salsa. ¡Híjole!, algo así como igualar el sonido de Los Beatles con el de Megadesh. Afortunadamente están aquellos, mayoría al fin, que defienden las virtudes de este grupo que lo mismo acompañan una serenata que se encumbran en el mejor y más prendido de los rumbones.

Trato de no salirme de la esencia

Fiel defensor de la herencia de don Carlos, Arturo Pitalúa lo tiene claro y así se lo hace saber a Rafa Figueroa quien lo cita en el cuadernillo del disco: “Trato de no salirme de la esencia de lo que mi papá hizo. Ese sello característico. Tú sabes, vas por la calle y oyes una grabación y el sonido. Ese es un estilo, un sonido propio. Dices: son los Pregoneros, y se siente bastante. Me voy a morir en la raya con ese sonido y ese estilo”.

Hay que decir también que no han sido poco los lugares en que para contratarlos la primera condición que les imponen es abandonar “ese estilo” por uno “más salsero”. Sin embargo, es el público, que les conoce y se hace presente en los diferentes bebederos y comederos en que recrean su música, el que no les permite tales concesiones. “Gracias a ellos –comentó Pitalúa– hemos llegado al momento actual sin claudicar (…) En ocasiones de duda, debido a los impulsos de la moda, son ellos los que nos rencauzan por la ruta debida”.

Como ejemplo de esta complicidad, cabe señalar que para concretar la selección de canciones que ahora se presentan en este álbum fue necesaria la comparecencia de ese público jodedor y sabrosón. Por eso, señaló Pitalúa, esta producción no encierra grandes sorpresas. “Aquí están Los Pregoneros tal como se escuchan en vivo, sin truco ni mentiras, continuando la tradición y haciendo lo que ellos –su público– gustan que hagamos.”

Tras la tormenta vino la calma y antes de marcharse a su puerto querido Los Pregoneros del Recuerdo se despidieron con la promesa de regresar pronto y presentarse en algún espacio adecuado al baile y poder convivir más tiempo con los soneros del patio.

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