Usted está aquí: domingo 3 de junio de 2007 Opinión Water

Carlos Bonfil

Water

Noticias del fundamentalismo. Deepa Mehta, realizadora de origen hindú radicada en Canadá, ofrece en Water, su noveno largometraje, el segmento final de su trilogía de los elementos, cuyos títulos anteriores incluyen Fire (1996) y Earth (1998), ambas realizaciones inéditas en nuestro país. Cronista de la historia reciente de ese país asiático, pero de modo particular del papel social de la mujer y la persistencia de los prejuicios religiosos en los sectores más desfavorecidos de su país, la directora ha navegado en diversas ocasiones muy a contracorriente de la tradición local, lo que le ha valido no sólo una fuerte censura oficial, sino protestas muy violentas en las salas indias donde sus cintas llegan a ser proyectadas. Un caso concreto fue la exhibición muy polémica de Fire, cinta en la que luego de mostrar los desencuentros afectivos de dos parejas casadas, la directora propone, sin ambages, el acercamiento lésbico de las protagonistas. Las dos jóvenes transitan de la frustración conyugal a la plenitud amorosa en un clima social totalmente adverso. La mera descripción de las escenas de ternura femenina provocó el incendio de una sala de cine y la demonización de la directora, quien desde entonces ha filmado sus películas con apoyo extranjero, en particular canadiense, con difusión en los festivales internacionales y distribución muy limitada, cuando no nula, en su país de origen.

Water insiste, como Fire, en su señalamiento de las injusticias de género que persisten en la India contemporánea, y describe con alarde de elegancia plástica la situación de las jóvenes viudas que ven cercenadas su existencia social al momento de la muerte de sus esposos. Aunque la acción se sitúa en 1938, durante la resistencia pacífica de Gandhi y en vísperas de la proclamación de la independencia, la situación cultural y el peso del prejuicio apenas han variado en nuestros días, según advierte la directora al término de la cinta. En la India, sobre todo entre la población más pobre, siguen aún vigentes las únicas tres opciones al alcance de una viuda joven: inmolarse al lado del cadáver de su marido, desposar eventualmente al hermano del mismo, o recluirse de por vida en una casa de retiro (ashram), lugar de purificación espiritual. En Water Chuyia (Sarala), una niña de ocho años es dada en matrimonio a un hombre maduro a punto de morir; luego del fallecimiento, ella es confinada en un ashram, con anuencia materna y en obediencia a una tradición inapelable; se le rapa la cabeza y se le obliga a convivir con mujeres mayores, resignadas todas a la suerte común de una deshumanización en vida.

Deepa Mehta inició el rodaje de Water en el año 2000, mismo que tuvo que ser suspendido por presiones muy similares a las que padeciera cuatro años antes con su retrato de una pasión lésbica. El cuestionamiento político del patriarcado hindú, y la sugerencia de que no eran propósitos espirituales, sino razones estrictamente económicas las que decidían la suerte de las viudas sacrificadas, fue suficiente para estigmatizar de nuevo el trabajo de la directora. Una viuda joven y muy bella, Kalyani (Lisa Ray) tal vez la única mujer en el retiro que pudiera aspirar a una suerte diferente, se transforma en cómplice de la niña, y al conocer a Narayama (John Abrahams), y enamorarse de este apuesto forastero bramán con ideas liberales, elige desafiar con él la tradición impuesta. El resto es una trama de seducción, vacilaciones sentimentales, y progresivas afirmaciones de una autonomía de género. Situado en el difícil contexto cultural hindú, el melodrama de Mehta es al mismo tiempo una propuesta muy valiente que desarticula una a una las falacias del fundamentalismo religioso, en particular la doble moral de quienes gobiernan las casas de retiro, quienes deciden que la suerte de alguna viuda vigilada pueda ser en ocasiones, no la de un recogimiento espiritual, sino la de un objeto sexual en una red de prostitución organizada. Sugerir esta realidad, denunciar estos juegos del fanatismo y el poder, sólo podía provocar embates de censura. Water cuenta entre sus aciertos las actuaciones femeninas, entre las que destaca la prestación infantil, realmente notable, y una fotografía atenta más al registro naturalista seco que a los fastos pintorescos propios de algunas cintas de la directora también hindú Mira Nair (Salaam Bombay, Kamasutra). Deepa Mehta propone en imágenes cautivadoras un alegato político en contra de la intolerancia. En un país como el nuestro, donde los derechos de la mujer son soberanamente ignorados por el poder en turno, la pertinencia de este filme es evidente.

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