Usted está aquí: jueves 29 de marzo de 2007 Política La reforma, los sindicatos y la democracia

Adolfo Sánchez Rebolledo

La reforma, los sindicatos y la democracia

La aprobación fast track de la reforma a la Ley del ISSSTE, gracias a la convergencia del PRI con el gobierno, no está mal sólo porque echa en saco roto experiencias importantes de otros países pioneros en esta clase de modernizaciones, sino porque deja fuera de la discusión a los directamente interesados, que son los trabajadores al servicio del Estado, ese enorme ejército puesto casi en su totalidad al servicio del interés ilegítimo de un reducido número de seudodirigentes. En ese sentido, como en el antiguo corporativismo, los sindicatos bajo la tutela del PRI son, todavía, correas de transmisión del poder. En el caso de las reformas que se discuten en el Senado, se abusa de la situación de indefensión de los empleados del Estado, sujetos por partida doble a un sindicalismo que no los representa, pero negocia a sus espaldas. Predomina la práctica, revestida de legalidad, mediante la cual el gobierno impone a la sociedad ciertos objetivos de gran calado.

El lento desmantelamiento del viejo régimen político no ha tocado el papel de los sindicatos ni las reglas del juego aceptadas por el gobierno: si en nombre de cierto liberalismo, el panismo oficial se dice enemigo de "los monopolios" en lo que respecta a las camarillas gremiales, ni Fox ni Calderón han pronunciado palabra, pese a la muy sospechosa persecución de Napoleón Gómez Urrutia. Ambos siguen el camino trillado convertido en ley no escrita por el antaño partido dominante: a los líderes sindicales se les hacen concesiones a cambio de tranquilidad laboral en la empresa, aquiescencia servil ante los cambios exigidos por las fuerzas económicas hegemónicas; en fin, patriotismo mal entendido para sacrificar a los asalariados hasta la ignominia. Las diferencias ideológicas, conforme a lo visto en el Senado, o no existen o no importan pues, al final, tanto el PRI -sin las notables excepciones que en la anterior legislatura defendieron la bandera de la dignidad- como el PAN coinciden en la necesidad de fundar la nueva cultura laboral, complemento y parte indispensable en el gran ajuste privatizador y antiestatista requerido desde el exterior.

Si en otras épocas la seguridad social se presentaba como la gran conquista de la Revolución Mexicana, ahora se nos ofrece como el mayor ejemplo de fracaso. Y los sindicatos, reducidos a las camarillas, acatan. Ni siquiera exigen a sus eminencias grises de Hacienda explicaciones de fondo, razonamientos en vez de terrorismo verbal; la discusión pública de alternativas que no quebranten por completo el principio de solidaridad. Nada de eso les preocupa, pese a la irritación que ya comienza a causar dicha reforma. Al parecer, están dispuestos a pagar el precio que sea con tal de avanzar en un proyecto que se dice estratégico, pero no se ubica en un plan general convincente.

Los legisladores aliados en este punto con el gobierno actúan como vulgares tecnócratas: calculan cifras, datos, repiten lugares comunes del pensamiento único trasnacional, pero les tiene sin cuidado la opinión del trabajador que se siente despojado de algo muy importante: la tranquilidad de retirarse sin quedar desamparado, el gramo de esperanza, aunque suene cursi, que aún mantiene. Ahora les piden confianza en el nuevo esquema, importado de países que ya vienen de regreso en la materia. Ya han olvidado los autores de la reforma que hace muy poco se decía que el derecho a la seguridad familiar representaba el verdadero horizonte de futuro para trabajadores mal pagados, pero la utopía se esfumó entre la corrupción y la ineficacia de las autoridades, acompañada de la voracidad de los líderes. Las pensiones volaron antes de que envejeciera la población, dejando el camino libre a los enterradores del estado de bienestar diseñado en la Constitución. Ahora que cada quien se rasque con sus uñas, mientras el ahorro en favor del sector financiero sigue creciendo. ¿Alguien puede creerles?

Puede ser que los cambios en la sociedad conduzcan a la paulatina "descorporativización" del régimen, pero hasta ahora ésta no se ha traducido en verdadera liberalización del mundo de trabajo, que es su verdadera matriz. Si la democracia cojea y da tumbos en capítulos prioritarios, en la dimensión social se halla semimuerta, paralizada por los contratos de protección, el clientelismo, el desempleo, que multiplica la marginalidad y la economía "informal", el combate contra la contratación colectiva y los salarios mínimos, la avaricia de un sindicalismo nacido para sojuzgar no para redimir: allí donde la gente se gana la vida y construye (o sacrifica) su porvenir, si no hay mecanismos que garanticen los derechos básicos, menos existe la oportunidad de opinar y decidir qué es lo que desea. Y eso sin mencionar el océano de miseria extrema, la desigualdad que nos agobia, pese a las pretensiones declarativas. La "balcanización" de la vida pública no significa necesariamente mayor pluralismo ni la instauración de reglas democráticas. En el caso de los sindicatos tradicionales, vemos cómo las camarillas adquieren intereses propios, manejan sus organizaciones como cotos privados e, incluso, negocian con el poder de turno su papel dentro del Estado. Se reproduce así un pestilente neocorporativismo, donde los líderes actúan a la vez como parte del gobierno y como agentes privados en busca de beneficios. Negocian cargos y discuten las leyes con las autoridades, como si la institucionalidad que tanto se defiende fuera un mecanismo de simple legitimación. Es lamentable que el gobierno discuta primero con Elba Esther Gordillo los trazos de la reforma del ISSSTE. No importa si, para cubrir las apariencias, acude como testigo de segundo plano el otro "líder" de los burócratas. Lo cierto es que se trata de un albazo. (Literal)

El hecho de que el PRI se pronuncie por blindar el organismo que manejará las cifras estratosféricas del ISSSTE reformado parece patética, toda vez que sabe que se trata de un desesperado intento ad hominen de evitar que Elba Esther Gordillo ordeñe tan magníficos recursos (el manejo de las cuentas de los trabajadores) sin combatir políticamente el acuerdo entre ésta y el presidente Calderón, como si en verdad los candados sirvieran para evitarlo. Al fin y al cabo, con el discurso del salvamento de la institución, lo cual es necesario y urgente, se halla la pretensión de pasar a una nueva fase en la construcción del modelo inaugurado en los 80. Ante eso, vale la pena preguntarnos si es posible otra visión, una opción real y concreta, sin antes rescatar a la mayoría de los trabajadores de sus viejos líderes y sus nuevos sindicatos blancos.

 
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