Usted está aquí: martes 19 de septiembre de 2006 Editorial La Jornada, vigente y necesaria

Editorial

La Jornada, vigente y necesaria

El 29 de febrero de 1984, en un encuentro multitudinario en el entonces hotel de México, Pablo González Casanova dijo a los asistentes: "La crisis no es sólo económica. Esta crisis lleva a un reacomodo del poder desde posiciones de fuerza nacionales e internacionales. La banca mundial quiere hacer de los presidentes latinoamericanos virreyes que cobren tributos y mantengan el orden interno. En la sociedad civil, la ideología de las grandes empresas y el liberalismo monopólico, con sus distintas versiones neoconservadoras y neoliberales, dibujan el perfil de un país distinto, adorador de las culturas de las elites y de la energía como fuerza contra el pueblo. En busca de una democracia para pocos y de una libertad para sublimes, el proyecto de nuevo país cuenta con numerosos ideólogos de buen nivel, que encuentran la fama y la moda apoyadas en los recursos retóricos más antiguos y modernos, en academias y medios masivos de comunicación. La alternativa conservadora realiza con éxito una guerra de posiciones que ya la está colocando en el camino del poder".

Esos fenómenos tenían un correlato mediático desolador. En el mismo encuentro, Carlos Payán Velver, director fundador de este periódico, lo dibujó con estas palabras: "La abundancia informativa no ha traído claridad a la opinión pública. Acaso confusión. Parece haber en el sector, como en el conjunto del sistema político, un problema de legitimidad. Atados a intereses particulares, de orden político, mercantil o patrimonial, los medios informativos han ido perdiendo credibilidad y eficacia, o bien aprovechan su penetración para ejercer su prepotencia y una distorsión intencional. Hay excepciones. El rasgo central de los medios es que ya eran políticamente desequilibrados y se han desplazado aún más hacia la derecha. Los dominan el conservadurismo ideológico y la estrecha lógica mercantil, cuando no la alianza extranacional."

Nacía un proyecto informativo que tendría, como propósitos rectores, según lo delineó el propio Payán, "estimular la participación de lectores y ciudadanos en favor de causas fundamentales de México; contribuir a la lucha por la defensa de la soberanía y la independencia nacionales y la solidaridad con las luchas de otros pueblos; el diario ejercicio y el respeto irrestricto a las garantías individuales y sociales; el compromiso con las necesidades y demandas de los trabajadores del campo y de la ciudad, así como de las mayorías marginadas del país; la democratización de la vida pública, el ensanchamiento de la pluralidad política y el respeto a los derechos legítimos de las diversas minorías, y la distribución igualitaria de la riqueza socialmente creada y la limitación de privilegios políticos y económicos".

Hace 22 años México vivía bajo la pesada lápida de la hegemonía priísta y de una uniformidad que impedía expresarse a la sociedad plural y diversa que buscaba los caminos a la democracia efectiva, la libertad de expresión y el respeto a los derechos humanos, la separación de poderes, el federalismo y el establecimiento de contrapesos al poder presidencial, casi absoluto por entonces. Nuestro proyecto informativo apostó por dar voz y tribuna a diversos sectores sociales que carecían de visibilidad y a las propuestas de país que no necesariamente cuajaban con la visión oficial.

La Jornada dio, desde sus inicios, seguimiento y cobertura a las expresiones sociales, políticas, académicas y artísticas que simplemente no existían en el conjunto de los medios. Apenas transcurrido el primer año, el terremoto de 1985 evidenció la vacuidad de la institucionalidad política ­que respondió a la catástrofe con parálisis y desconcierto­ y la vitalidad de una sociedad que no necesitó entonces de autoridades para rescatar a sobrevivientes, sepultar a los muertos, dar cobijo a los damnificados y organizarse para hacer frente a la emergencia.

El diario acompañó a los grupos y a las organizaciones de afectados y descubrió, en ellos, un México que no estaba presente en el panorama mediático ni en un discurso oficial, que no tenía más reflejos que el autoelogio y al triunfalismo.

La cáscara del sistema se agrietó con el movimiento estudiantil de 1986-1987 y se resquebrajó en el proceso de sucesión de 1988, con el surgimiento de la Corriente Democrática del PRI, la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas y la conformación del Frente Democrático Nacional (FDN).

Dar cobertura a la campaña del abanderado del FDN fue una aplicación consecuente de los principios fundacionales del diario, en un entorno en el que la cerrazón mediática se traducía en la asfixia propagandística de los opositores. No nos era ajena la certeza de que, por abrir las páginas del periódico a Cardenas, a su entorno y a su propuesta política, La Jornada tendría que pagar un precio elevado. Y así ocurrió, en efecto.

Hasta antes del actual régimen derechista, 1988 había sido la circunstancia más adversa para nuestro diario.

Fieles a nuestros principios fundacionales, dimos cobertura, en los primeros años de la década pasada, al conflicto social de Chiapas, a las desesperadas marchas que los indígenas de ese entidad emprendieron a la capital, en un intento por ser escuchados y atendidos por el gobierno. Buena parte de la opinión pública, adormecida por las fantasías salinistas de un ingreso rápido de México a la órbita de los países ricos, prefirió no enterarse de la existencia de aquellos misteriosos guerrilleros, que habían emboscado a efectivos de las fuerzas armadas y habrían de emerger de nuevo el 1º de enero del año siguiente, en el amargo despertar de la borrachera de falsa prosperidad y "modernidad" salinistas.

Vicente Fox Quesada llegó en 2000 a Los Pinos con el disfraz de un hombre tolerante, democrático, respetuoso de la pluralidad y de la libertad de expresión y atento al manejo transparente de los recursos públicos. Por lo que respecta a La Jornada, el diario no había vivido, desde 1988, un bloqueo tan manifiesto del poder en lo que se refiere al otorgamiento de publicidad oficial. Hay otros hechos hostiles, como el acoso emprendido por el ex procurador Rafael Macedo de la Concha contra reporteros de éste y otros medios para obligarlos a revelar sus fuentes de información ­y ahorrarles, de esa manera, trabajo a sus detectives­, pero ninguno tan intolerante y atrabiliario como la distribución injusta de los recursos publicitarios que maneja el Ejecutivo federal en sus diversas dependencias y que son, sépanlo o no los funcionarios, propiedad de la nación. Bajo un disfraz de regulación, reglamentación y procedimientos burocráticos, la derecha gobernante ha hecho, en éste como en otros rubros ­la procuración de justicia, por ejemplo­ un uso faccioso, patrimonialista y profundamente inmoral del poder público.

Es duro decirlo, pero en el actual sexenio la cerrazón mediática no es menos grave que en los años 80. Un vergonzoso ejemplo de esta actitud facciosa y excluyente ­sólo un ejemplo­ es la negativa de los medios electrónicos en general a cubrir la ceremonia del Grito de Independencia en el Zócalo, encabezada por el jefe del Gobierno capitalino, Alejandro Encinas.

En el contexto actual, las palabras pronunciadas en 1984 por Pablo González Casanova son una profecía plenamente cumplida. Por lo demás, el retrato del entorno ­cerrazón política, corrupción institucional, uniformidad de los medios, desprecio del grupo en el poder a una enorme porción demográfica y política de México­ trazado en 1984 obliga a concluir que la propuesta informativa de La Jornada conserva vigencia, y que nuestro proyecto sigue siendo tan necesario hoy como entonces, y también, tan acosado en 2006 como en 1984.

A unos meses de la salida del diario ­que circuló por primera vez hoy hace 22 años, el 19 de septiembre de 1984­, González Casanova se preguntaba si habría que esperar "a que el pueblo se desilusione con la democracia para pocos de la alternativa liberal". En el gobierno conservador que padece México, la desilusión ya ha ocurrido. Por elemental congruencia con sus principios fundacionales, este diario dará cobertura y espacio a ese bando del desencanto que encarna también, paradójicamente, la esperanza de millones de mexicanos: los excluidos de siempre.

Ante la cerrazón informativa, ante la obscena connivencia entre los estamentos políticos, empresariales y mediáticos, ante la determinación de desmantelar el país que alienta la reacción en el poder, no queda más que ratificar los propósitos de entonces, cuando se anunció la fundación de "una sociedad para la comunicación y un periódico diario, cuyo nombre, votado en asamblea, habrá de ser La Jornada."

 
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