Usted está aquí: miércoles 5 de julio de 2006 Política Vergüenza y enfermedad

Arnoldo Kraus

Vergüenza y enfermedad

La vergüenza es un fenómeno al cual se le da en general poca importancia. No me refiero a la vergüenza en el sentido de tener pena, sino a la sensación desagradable que se experimenta cuando la persona se siente menos, se percibe diferente o sabe que tiene muchas desventajas frente a otros individuos o al grupo que le rodea. Algunos, incluso, se sienten humillados. Otros se consideran inferiores y juzgados cuando se comparan con el de enfrente. No pocos sufren. Se puede sentir vergüenza por algún defecto físico, por ser pobre, por no haber logrado determinado propósito, por acciones inadecuadas de los seres queridos o por no satisfacer las expectativas de la pareja o del jefe. Esas vivencias desagradables son universales.

La vergüenza, grosso modo, tiene dos caras: es un fenómeno que experimentan los individuos cuando se miden ante los demás o una vivencia íntima que puede ser devastadora. De la vergüenza ante el mundo, Jean-Paul Sartre opinaba: "tengo vergüenza cuando el sujeto que soy se siente objeto para otro sujeto: Yo tengo vergüenza de mí mismo ante el otro". Esas ideas sintetizan el dolor y la inferioridad del afectado cuando se mide con otros seres o cuando siente que es vilipendiado y juzgado por otro ser humano. De la pena ante uno mismo, del dolor por "no ser quien se quiere ser", cito el siguiente caso: hace poco me enteré, por medio de la hermana, que una paciente mía, a pesar de estar bajo tratamiento siquiátrico, se había suicidado. La última consulta me había comentado que debido a su obesidad decidió cubrir todos los espejos de su casa. La obesidad había sepultado su autoestima: le daba pena mirarse y le dolía exponerse públicamente. Sirva este ejemplo para cavilar acerca de la vergüenza en el ámbito de la medicina.

Poco se ha escrito y poco se ha explorado el fenómeno de la vergüenza en los enfermos. La pena que sienten los pacientes no es sinónimo de depresión ni de ansiedad. Es un espacio diferente que vive el afectado. Con frecuencia, la idea del cuerpo lastimado, o de las funciones mentales alteradas, conforman en el afectado un ambiente de minusvalía y de miedo que le impide exponerse "abiertamente" ante la familia, con los amigos o ante el médico. Al no poder expresar esa vergüenza la situación se agrava y se perpetúa un círculo vicioso insano: la falta de comunicación entre médico y enfermo, Perogrullo dixit, devienen problemas mayores y más complejos: la "peor" medicina es aquella donde el doctor no conoce "todo" lo que le sucede al paciente.

Muchos enfermos "no se abren" por no querer saber toda la verdad acerca de su problema, o bien, porque ni quieren ni pueden aceptar que su entereza o dignidad se vean amenazadas. Algunos consideran que su capacidad para lidiar con la patología supera sus fuerzas por lo que prefieren evadir la verdad. Otros prefieren reservar algunos datos porque piensan que su asunto no tiene solución o porque han oído que su patología se convertirá en un problema crónico para el cual no hay cura. Para muchos, ser enfermo crónico o dependiente implica un reto insalvable, ya que entienden que esos estados, la cronicidad y la dependencia, disminuyen a la persona amén de que merman la calidad de vida.

La estigmatización suele ser un fenómeno que camina paralelamente con la enfermedad y que incrementa la vergüenza. Sidoso, pirado, canceroso, tuberculoso o leproso son términos que se usan con frecuencia, y que, desafortunadamente, provienen más del lenguaje médico que del coloquial; esos conceptos denuestan a las personas y las excluyen de la vida.

Lo mismo sucede con otras acepciones acuñadas por la ciencia médica, que, aunque irremplazables, dañan: retrasado mental, incontinencia urinaria o verbal, insuficiencia cardiaca, impotente (sexual), parálisis cerebral infantil e incompetencia cervical son algunos ejemplos de ese lenguaje, que, aunque, descriptivo y necesario, merma. En el enfermo que se siente avergonzado por su "nuevo estado", la estigmatización y el peso del lenguaje son marcas desagradables que imponen nuevas cargas y que incrementan la vulnerabilidad.

El temor de ser estigmatizado se asocia con el descrédito social y con el deseo de apartarse. Esos motivos aíslan a muchos enfermos. No hay duda de que la información médica y las propuestas de la ciencia deben replantear sus metas: indagar en las implicaciones de la vergüenza y de "ser distinto" es tarea necesaria.

 
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