Usted está aquí: jueves 16 de marzo de 2006 Opinión El mago de Viena

Margo Glantz

El mago de Viena

1. Sergio Pitol empieza este libro con un brevísimo epígrafe de E.M. Forster, uno de sus autores favoritos: ''Only connect..." Y en efecto, sólo un mago puede reunir con tal maestría textos que guardarían en sí mismos, de manera aislada, una perfecta unidad y que apenas podrían conectarse y conformar una trama. En un diálogo con Monsiváis, Pitol explica: ''Es un libro que nace bajo la sombra de un lema primordial de los alquimistas. 'Todo está en todo'. Y esa leve tela de araña que sutura los diferentes relatos es la propia escritura contemplada como reflejo de otras escrituras y biografías afines, hermanadas por la excentricidad de los relatos o la de los personajes que los construyen. Conforman una familia escrituraria, una genealogía, un mismo continente verbal. En una reseña sobre los Mejores cuentos, antología publicada por Anagrama, también en 2005, Edgardo Dobry explica en Babelia: (para Pitol) ''...la literatura (es) como un territorio parecido al de la nacionalidad, una patria que lo exige todo sin prometer nada".

2. En apariencia sencillo, gracias a un lenguaje cada vez más transparente y clásico, eficaz, opuesto a cualquier procedimiento practicado por las vanguardias, no es fácil descifrar las claves ocultas del texto. No porque las explicaciones sean poco claras o insuficientes, al contrario, al reducir el relato a las frases simples que lo contienen, éste se sostiene en equilibrio, un precario, maravilloso equilibrio conseguido a base de ocultos engarces, en donde lo dicho se cubre de una zona oscura que puede ser producto de la parodia, de la caricatura, de la autoirrisión, o de misma estructura.

3. Un autor es en cierta medida la suma de sus lecturas, o mejor, de sus relecturas. Un autor, antes de serlo, fue un imitador, un simio, o simplemente un niño; se aprende copiando, como antes copiaron o imitaron Lope de Vega, Alfonso Reyes o como el propio Borges, autores dilectos del escritor. Hay que imitar pero saber detenerse a tiempo, hasta encontrar el lenguaje propio y definir un estilo. En este libro la trama se nutre fundamentalmente de la lectura y la relectura; ésta incluye la revisión de aquello que se ha leído y la observación sobre uno mismo situado en el tiempo pasado y ya colocado por ello, por esa distancia temporal, en otro contexto del lenguaje, lo que se lee o relee ahora, se relabora en primera persona, lo que se leyó o se hizo en el pasado, corresponde al reino del pronombre impersonal, fue él, no yo, quien leyó y quien acometió ciertas hazañas, casi incomprensibles y hasta ridículas. De esta forma uno se convierte en otro o se vuelve la suma extravagante de dos personalidades semejantes y diversas, una especie de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde enfrascados en la lectura y la relectura, pero también en la escritura y la rescritura. Si alguno de ellos releyera o viera de nuevo una representación de Hamlet, podría ser Gustavo Esguerra rescribiéndolo o la regocijante Maruja La-noche Harris- haciendo una crítica literaria de la novela light llamada El mago de Viena, con lo cual la novela -¿es novela?- se muerde la cola y se convierte en el centro de esa parodia incesante que nunca deja títere con cabeza, incluyendo obviamente al propio autor.

3. Transformada sucesivamente, al principio con signo dramático -como en El tañido de la flauta y muchos de sus cuentos- la escritura de Sergio Pitol ha devenido paródica y jocosa, como él mismo la define, asombrado de que esa vena no hubiese aparecido antes en su escritura, sobre todo ''porque si algo abunda en mi lista de autores preferidos, son los creadores de una literatura paródica, excéntrica, desacralizadora". Su pasión por la narración ha cambiado también de signo. Es fácil percibirlo: en El mago de Viena y El arte de la fuga relabora el arte de la narración, las anécdotas que pudieran convertirse en posibles novelas o cuentos se van enredando entre el recuento de las lecturas o las biografías de sus autores preferidos, convirtiéndose así en nuevos relatos donde los personajes principales pueden asemejarse a aquellos que pueblan sus obras preferidas o, rescribe algunas de sus obras anteriores haciendo por ejemplo que un amigo dilecto, Vilamatas, reaparezca con su nombre pero como el doble intruso o el fantasma que se inmiscuyera en uno de sus cuentos más intensos, Nocturno de Bujara, capítulo también de esa magnífica novela -que a su vez contiene cuentos perfectos-: Juego florales.

 
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