Usted está aquí: miércoles 15 de marzo de 2006 Opinión Cartas cruzadas

Javier Aranda Luna

Cartas cruzadas

Toda correspondencia es un proyecto de lectura, de conversación diferida, de diálogo mudo. Hablamos con quien no está, escuchamos al que no vemos. Pero escribir cartas es más que una conversación. Por más que sus corresponsales escriban a las volandas, los signos negros sobre la página blanca son, también, un antídoto contra el olvido y una constancia de vida.

Pocas veces podemos oír con tanta atención al otro como mediante una carta: lo podemos escuchar, con los ojos, una y otra vez. Eso ocurrió, sin duda, con los clásicos corresponsales Abelardo y Eloísa y, también, con el sorprendido conde de Chesterfield al recibir las líneas incisivas que le mandó el Dr. Johnson el 7 de febrero de 1755. Por cierto: pocas veces se ha mostrado la miseria con tal destreza como en esa ocasión. Samuel Johnson atraviesa con prosa fina, como a un insecto, a su corresponsal. Lo fija, en una cuartilla, para nosotros.

Acaba de aparecer un compendio de cartas entre dos personajes indispensables del siglo XX mexicano: Octavio Paz y Arnaldo Orfila. Los dos, además de contar con un amplio reconocimiento sobre su trabajo, padecieron la mano autoritaria de los políticos mexicanos. Orfila fue echado del Fondo de Cultura Económica (FCE) por haberse ''atrevido" a publicar Los hijos de Sánchez, y Octavio Paz fue denostado, espiado y perseguido durante varios años por haber renunciado a la Embajada de México en India como protesta por la matanza de Tlatelolco en 1968.

Cartas cruzadas, libro publicado por Siglo XXI Editores, pone nuevos puntos sobre las íes respecto de la biografía de Octavio Paz y de su pensamiento político. El periodo que abarca la correspondencia va de junio de 1965 a diciembre de 1970. Años decisivos, se entiende, en nuestra historia política y en nuestra vida cultural. Son los años de la destitución de Orfila del FCE, del surgimiento de Siglo XXI, de la publicación de una de las antologías de poesía más refrescantes en nuestro país, Poesía en movimiento, de la represión del 68, de la idea de hacer una nueva revista de altos vuelos con los pies en la tierra, del parteaguas del otro México, menos corrupto y más democrático, que inició entonces y que no ha terminado de encarnar.

El proceso de cómo surgió Poesía en movimiento nos muestra con minucia tres ingredientes de la figura intelectual de Octavio Paz: su profundo conocimiento de la tradición literaria, su pasión crítica y su generosidad.

Esa antología imaginada por Paz, según la carta del 25 de agosto de 1965, buscaba recuperar la conciencia hispanoamericana, sin la cual ''nada de lo que hagan nuestros pueblos tendrá grandeza y sentido histórico".

Para el poeta esa recuperación no era menos importante que ''protestar contra la intervención en Santo Domingo, elaborar los planes de integración económica, etcétera". La frase es arriesgada pero cierta. Sin cultura, que es la expresión más acabada de nuestra conciencia, lo demás se desvanece.

El intercambio epistolar entre Orfila y Paz es en ocasiones intenso. Sobre todo cuando las diferencias para armar Poesía en movimiento empezaron a surgir. Pese a las discrepancias que llegan casi a la ruptura, las cartas muestran una honestidad intelectual poco común. La visión panorámica de Paz de nuestra tradición literaria es admirable. También su prosa. No adelanto nada porque los materiales de las cartas no tienen desperdicio.

Rescato, sí, unas líneas de honestidad intelectual y de pasión crítica: cuando Alí Chumacero, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis y el propio Paz preparaban Poesía en movimiento apareció la antología de poesía mexicana preparada por Carlos Monsiváis. Escribe el poeta a Orfila el 20 de agosto de 1966: ''Acabo de recibir la antología de Monsiváis. Después de aquel ensayo de Cuesta, El clasicismo mexicano, no había leído nada mejor sobre poesía mexicana moderna. Un estudio de primer orden. Agudo, enterado, bien escrito... su Antología es muy completa y, al mismo tiempo, exigente".

Tampoco resisto la tentación de recordar una de las últimas frases de estas Cartas cruzadas que tiene que ver con nuestros días. La reforma política, la democratización, escribe Paz en una carta del 15 de diciembre de 1970, es la tarea ''inmediata y de ella depende todo lo demás". Por ello el asunto de los presos políticos ''es la piedra angular del nuevo régimen. ¿Cree que los liberarán? Yo soy más bien pesimista".

Paz se equivocó y tuvo razón. Se liberaron algunos presos políticos, pero otros no, e inclusive ahora no hemos sido capaces de revisar nuestro pasado y castigar a los culpables. Esta correspondencia es una muestra más de que el pasado cuenta, de que el presente siempre es hijo del ayer.

 
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