Usted está aquí: martes 7 de febrero de 2006 Opinión Editorial

Editorial

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La propuesta de presupuesto enviada al Congreso de Estados Unidos por el presidente de ese país, George W. Bush, demanda un incremento de los gastos militares de casi 7 por ciento con respecto al año pasado, con lo que las partidas del Pentágono ascenderían a 439 mil millones de dólares, sin contar los costos de las guerras de Irak y Afganistán, que se estima ascenderán a 120 mil millones de dólares para el año fiscal 2007, que empezará en octubre próximo; en suma, 559 mil millones de dólares para continuar la ocupación y la devastación de dos naciones infortunadas, para mantener la amenaza de la agresión contra los gobiernos que se atreven a disentir de los dictados de Washington y para complacer los afanes de ganancia de los círculos empresariales cercanos al equipo presidencial. El pretexto: la preservación de la seguridad nacional y la lucha contra el "terrorismo internacional".

En cambio, la Casa Blanca pide al legislativo un recorte de 36 mil millones de dólares en programas de salud para pobres, ancianos y discapacitados y en áreas de educación vocacional, justicia y transporte público. La razón esgrimida es la pertinencia de reducir el astronómico déficit fiscal ­se adelanta que será de 423 mil millones de dólares para el próximo año­ creado y agigantado por el grupo gobernante desde su llegada al poder, en 2001, cuando recibió las arcas públicas en estado superavitario.

Estos datos constituyen una precisa radiografía moral del integrismo cristiano que detenta el poder en el país más poderoso del mundo y que se describe a sí mismo como un "conservadurismo compasivo". En realidad, la camarilla de Bush pretende gastar la mayor cantidad posible del dinero de todos en producir y emplear medios e instrumentos de muerte y destrucción y maximizar así las utilidades de un puñado de estadunidenses multimillonarios. En ese afán no le importa dejar a los sectores más desprotegidos de la sociedad sin médicos ni medicinas, sin orientadores y maestros, sin transporte ni acceso a la impartición de justicia.

Un correlato internacional de lo que ocurre en Estados Unidos es la escandalosa desproporción entre los gastos militares de los países más desarrollados y las partidas que destinan a la ayuda internacional: por cada 100 dólares destinados a las industrias bélicas y al sostenimiento de las fuerzas armadas tales naciones aportan menos de ocho dólares al desarrollo de las más pobres. Ya en 2004 el Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz (SIPRI) de Estocolmo advertía que "el gasto militar mundial ­calculado en ese año en más de un billón de dólares­ está llegando nuevamente al nivel máximo alcanzado durante la guerra fría". El Pentágono gastaba por entonces una cantidad casi igual a la suma de todos los otros presupuestos militares nacionales. Hoy en día se calcula que el gasto bélico estadunidense supera el total combinado de los otros 32 países más ricos del mundo.

Los números no dejan margen para la duda. Las prioridades reales del autoproclamado defensor de la democracia son las balas, no las medicinas; las guerras, no las escuelas; los explosivos, no los alimentos. Es, en suma, un gobierno más inclinado a causar la muerte y la destrucción que a defender y procurar la vida.

 
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