Usted está aquí: miércoles 14 de septiembre de 2005 Opinión JAZZ

JAZZ

Antonio Malacara

Eugenio Toussaint y sus cuates

Compartió los mejores momentos de 30 años de carrera

FUE UNA SEMANA redonda. Primero, Eugenio Toussaint pudo convivir, combeber y compartir el cartel con uno de sus grandes héroes: Joe Zawinul. Después pasó de la cuatitud a una franca amistad (proyecto de grabación a dúo incluido) con Omar Sosa. Pero el sábado por la noche, para cerrar el primer ciclo de Contemporánea en Vivo, el maestro vivió y compartió uno de sus mejores momentos en 30 años de caminata artística.

FUE SU NOCHE. No importó que en el inicio a piano solo luciera un tanto nervioso, que los dedos titubearan al estar armando una nueva variante de Loro (la clásica de Egberto Gismonti que algunos todavía le adjudican a Eugenio). La musicalidad del ser y la amplia técnica del estar llegaron de inmediato al rescate. Como si no hubiera pasado nada (y que valga la doble negación). Es lo bueno de tener siempre a mano el aplomo, el superávit de tablas y un discreto traje amarillo para salir a escena.

Después de El pez dorado y Loro, Toussaint presenta al primero de sus cuates: Paul McCandless, ex Oregon y ex Sacbé, y a dúo de clarinete y piano nos entregan un arreglo de Iztaccíhuatl, dedicada a Alicia (estupenda mezzosoprano y esposa del pianista). Regio y sutil, el común denominador seguía "atrapado" en un remanso. Es entonces que McCandless toma un clarinete bajo, Toussaint se pasa al teclado eléctrico y juntos empiezan a escalar, a jugar y a saltar ágilmente entre las escalas funkeadas de Steinberg, uno de los temas del álbum The Painters (PolyGram, 1996). El teatro de la ciudad se agita en su totalidad.

Paul deja el escenario. Agustín Bernal entra contrabajo en mano y Gabriel Puentes, sentado ante la batería, empieza a hacer vibrar la tarola para marcar los cimientos de un rascacielos compuesto por Bernal: Mi amante de Nueva Orleáns. Los ritmos se entrecruzan con vivacidad y virtuosismo, el swing es monumental, pero son los silencios, aquí siempre han sido los silencios, los que se alzan como traviesos e indiscutibles protagonistas de la rola. La plenitud ya no es sólo una idea, este trío nos la pone en el regazo y nosotros nos dejamos querer.

Pudiera parecer broma, pero la intensidad sube todavía más de nivel cuando se ejecutan MX, tema de Eugenio dedicado a Malcolm X. Partitura iconoclasta con enormes espacios para la improvisación y los atonales, que permite ratificar (como si hiciera falta) a Bernal y Puentes como una de las más grandes mancuernas que se hayan visto en la historia. El aire descansa con A mis hijos y el trío continúa con He Ha, compuesta en honor de Herbie Hancock, el pianista gurú de Eugenio Toussaint.

Todavía no nos recuperamos de la impresión cuando aparece Omar Sosa con una varilla de incienso en la gorra. Entre sonrisas y abrazos se sienta al piano acústico, Eugenio se va al eléctrico y de inmediato trazan las líneas de un enorme y portentoso tren en caída libre. Gabriel y Agustín se incorporan con maestría al vértigo, el descarrilamiento controlado (sic) flota por instantes en las siluetas de la rumba y la guajira y el danzón y el son montuno, pero "recapacita" y vuelve a irse en picada, hasta que el aliento desaparece y los brazos exhaustos marcan el final. La improvisación es ovacionada hasta el delirio. Omar hace una reverencia y se va.

Eugenio, todavía jadeante, habla de sus 50 años y presenta a sus hermanos Enrique y Fernando, y al saxoflautista Alejandro Campos, los miembros originales de Sacbé. El momento es tremendamente emotivo; muchos se ponen de pie para recibir a la leyenda, que de inmediato inician con Caribe. Un señor de la segunda fila grita extasiado. Enrique está totalmente correcto en el bajo eléctrico; Fernando, como siempre, luce deslumbrante, rompiendo y rehaciendo su beat un instante. Alejandro, pródigo en su coloratura, se nota inquieto, molesto.

Pero es Sacbé en vivo, después de nueve años, resucitando de entre los muertos. En el colmo de la felicidad, el público despide a Campos y recibe nuevamente a McCandless y Armando Montiel, quien se coloca ante sus tumbadoras, su tabla y sus bongós. Le suceden los temas del álbum The Paiters, la emoción se respira por todos lados, y nosotros, mi sub y yo, nos sentimos un poco incómodos al darnos cuenta de que, sin dejar de disfrutar íntegramente la ocasión, y los exquisitos y etéreos fraseos de McCandless, preferimos el actual discurso de Eugenio con Agustín y Gabriel.

Lo sabemos, en gustos se rompen madres.

Al final, para concluir con un concierto apoteósico de dos horas y media, aparecen todos los músicos en escena (con excepción de Sosa) para reventar los últimos reductos de nuestras neuronas con un monumento titulado Las pulgas freeway. Salud.

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