Usted está aquí: miércoles 14 de septiembre de 2005 Opinión Propaganda, Creel y el PAN

Luis Linares Zapata

Propaganda, Creel y el PAN

A pesar de su tan prolongada como permanente presencia en los medios como secretario de Gobernación y la intensa campaña de difusión que emprendió Santiago Creel desde hace ya algunos meses, la terca e indiferente realidad lo va arrinconando en su debido lugar. De poco, a juzgar por los resultados obtenidos en las urnas, le han valido los cuantiosos recursos recolectados entre enigmáticos contribuyentes que le permiten ir y venir por el país en cómodos transportes y apoyarse en un aparato con hartos colaboradores bien aceitados. Tampoco las retribuciones, en tiempo y aire, que le ha hecho el consorcio Televisa por sus gratuitos y postreros permisos para instalar casas de juego le sirvieron de palanca ganadora. El panista se encamina, al paso de su veloz caída, a demostrar que, en efecto, no está construido para estos menesteres de las feroces y hasta ingratas contiendas electorales y, menos aún ha mostrado, en su paso por la función pública, habilidades mínimas para los grávidos asuntos de la política.

La suerte para los electores será constatar que, tal como recientemente lo aseguró de sí mismo su antiguo jefe e inveterado promotor, el presidente Fox, su talante no concuerda ni está diseñado para atender (porque los comprende y sabe encauzar con confiable eficacia) los avatares de la cosa pública. Tal vez la práctica privada de la abogacía pueda cobijar a Creel y depararle un destino profesional acorde con las originales inclinaciones que mostró este ciudadano que resultó un tempranero aspirante, ahora derrotado en la carrera hacia la candidatura panista. Don Santiago debería imitar a su maestro e indulgente mentor, el presidente Fox, cuando afirma no disfrutar en las meticulosas, muchas veces solitarias e ingratas, tareas de conducir un gobierno por el sendero de los acuerdos: ese taimado limar de asperezas para encontrar lo común que tienen las discrepancias, convertirlas en un medio apto para evitar el conflicto y empujar acciones constructivas. Fox prefiere (y lo atestigua su donaire y activismo desplegado de escenario en tribuna para montar la cómoda suerte de las relaciones públicas) ese situarse en la ruta del movimiento continuo, promocional, que, por lo demás, no deja de ser actividad sustantiva para guiar a una nación. A Fox lo fascina tal empeño, sobre todo si adquiere matices de un simple mercadeo o superficial perorata y se aplica, casi en exclusiva, a labrar la imagen de una administración pública de corte empresarial. Imagen que, por lo demás, entró en discordia, desde un inicio, con el reclutamiento de gerentes de poca monta a quienes habilitó como flamantes secretarios de Estado para terminar mostrando, en conjunto, el feo rostro de la ineficacia. Empeño parecido y al que dedicó largos años de su vida cuando se dio a la tarea de celebrar "la chispa de la vida" y se lio con gente como Rojas Mañón (alias El Toallas), la evasiva y misteriosa Carlota Robinson (intocada por el fisco) o el ínclito Lino Korrodi (de todas las denuncias y reclamos). Un singular trío que manejó la cuestionada fundación Amigos de Fox.

Tanto Creel como Fox tienen que reconocerse ante el propio espejo y aceptar sus cortas habilidades para concretar acuerdos entre la diversidad de tendencias y posturas que los rodean. Dar forma unitaria, alentar un destino compartido entre rijosos intereses para acomodarlos dentro de cauces definidos, para hacerlos caminar tras claros objetivos, es una aventura incierta para muchos, se acepta. El empeño de transitar, las más de las veces, por impopulares pero necesarias decisiones sin lamentarse del pasado ni procurar reconocimientos al vapor, no se empareja con los timoratos y, menos aún, con aquellos que sólo desean ser queridos. Tanto Creel como Fox tendrán que declarase fuera de forma para las duras, terribles acciones concomitantes al ejercicio del poder. Ninguno de los dos, jefe y antiguo subordinado, tienen el perfil, la capacitación, la íntima vocación para desempeñar con éxito el honroso papel que exige la política a los políticos: esos recios oficiantes de una digna profesión antigua. A los dos les falta carácter, la reciedumbre, el arrojo ante la adversidad y templanza ante las dificultades que requiere la conducción de un gobierno sitiado, formado con pocos apoyos, rala experiencia y débiles correas de transmisión con la base poblacional.

La debacle de Creel arroja varias lecciones, a cual más preñada de augurios para el presente y donde se juegan tantos puestos de elección que marcarán, cuando menos, otros tres, seis o más años del futuro. La primera de ellas apunta hacia lo oneroso que resultan las campañas de propaganda masiva como instrumento privilegiado para triunfar en el complejo arte de la seducción política. A ello le sigue de cerca el nocivo, disolvente efecto en la moral colectiva de la propaganda cuando ésta se diseña en ausencia de eficaces controles públicos, aprovechando huecos legales y apoyada en múltiples subterfugios que evitan el escrutinio de la sociedad. No todo está permitido en aras de asegurar resultados en simpatías y votos ciudadanos. Otra enseñanza se orienta hacia los disolventes efectos de fincarse, como personas o partidos, en una rala formación ideológica para lanzarse, con simpleza conceptual y redundancia programática, a ejercer funciones públicas de alta jerarquía. Sobre todo para aquellos individuos que no contienen, menos encauzan, su desbocada ambición. La tercera enseñanza revela la debilidad de los partidos que, a pesar de su prolongada presencia en las luchas por el poder, reclutan a sus cuadros de manera improvisada, basados, casi en exclusiva, en mutuas amistades, pertenencia a claustros sectarios, subordinación a toda prueba y, en variadas ocasiones, intercambiable complicidad.

 
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