Usted está aquí: miércoles 14 de septiembre de 2005 Opinión Bienaventurado el que lee

Carlos Martínez García

Bienaventurado el que lee

Así dice Apocalipsis 1:3, "bienaventurado el que lee", y la bienaventuranza se refiere, por supuesto, a quienes hacen caso a las palabras escritas por el apóstol Juan desde su exilio en la isla de Patmos. Pero creo que se puede hacer extensivo el buen augurio a la actividad del lector consuetudinario, a quien lee por el gusto de hacerlo, más allá del utilitarismo y la búsqueda de prestigio.

Obligado a guardar reposo por razones médicas, en los últimos días la lectura ha sido mi refugio, mi oasis, para sobrellevar mejor las molestias de una recuperación física lenta y dolorosa. Aunque habitualmente leo por el placer de hacerlo, y también porque así me lo demanda mi oficio de investigador en temas de tolerancia, las implicaciones sociales de los cambios religiosos, derechos humanos y libertad religiosa, pluralidad de confesiones y laicismo, los recientes largos días han sido una oportunidad para revalorar esa sencilla y fascinante actividad que es la lectura. Por desgracia, como sabemos, los índices de lectura en México son muy bajos. Esta realidad es, al mismo tiempo, resultado y causa de la marginación en muchas otras áreas de la vida social.

Yo descubrí el placer, el arrebato, de la lectura al salir de la secundaria. En mi casa no había libros, ni ejemplos de lectores. Mi padre era obrero en la Editorial Novaro, empresa que imprimía muchas de las revistas que se expendían en los puestos de periódicos. Cada quincena le daban un paquete de revistas, las que yo iba leyendo poco a poco en aquella época de mis estudios primarios. Recuerdo que cuando ya había agotado la docena de historietas, entre ellas Fantomas, o Lorenzo y Pepita, dejaba para el final, porque ya no había de otra, una revista que leía semiclandestinamente: Susi, secretos del corazón. No quería que me vieran leyendo ese manojo de casos rosas de amor y desamor. Por supuesto que leía los libros de texto de la primaria y la secundaria, pero solamente para cumplir con las tareas escolares.

Fue el ejemplo de un grupo de amigos al ingresar en la preparatoria el que de súbito me catapultó hacia un mundo inédito hasta entonces para mí, el disfrutar de los libros. Ellos tenían más tiempo de haber sido atrapados por el gusto de leer, por lo que me costaba mucho trabajo seguir sus conversaciones y referencias literarias. Fue entonces que por primera vez, y por mi iniciativa, fui a una librería, de esas que impiden el contacto con los libros, de las que tenían mostradores y empleados que solamente se dedicaban a darle a uno el libro solicitado. El caso es que a partir de entonces los libros se convirtieron para mí en un deleite y una necesidad vital. Comencé a leer a todas horas y en cualquier lugar, absorto iba recorriendo las líneas, párrafos y capítulos de los libros recién adquiridos o que me prestaban mis amigos más avezados en los temas que yo apenas empezaba a bordear.

Para mí sí existe el túnel del tiempo, es la lectura que me permite transportarme a las más distintas épocas y ponerme al lado de los más disímbolos personajes. Ya estuve en el primer siglo, siguiendo los pasos de la expansión del Evangelio, desde Jerusalén hasta Roma, tal y como es narrada en el libro neotestamentario de Los Hechos. Por una novela releída en esta semana de convalecencia, El hereje, de Miguel Delibes, sufrí con los luteranos perseguidos en el siglo XVI por la Inquisición española y constaté cómo fueron cruelmente ejecutados ante el regocijo popular. Escuché casi devocionalmente las voces de 13 personajes escritore(a)s, a los que entrevistó Juan Domingo Argüelles para elaborar un libro sobre sus prácticas de lectura, cómo se adentraron en ella y cuáles son sus gustos literarios. Incrementé mi admiración por Juárez y los liberales que junto con él tuvieron los arrestos para confrontar el poder de la Iglesia católica, que a toda costa quiso mantener su dominio político, económico y su control confesional. De nueva cuenta estuve en Chiapas, gracias a Rosario Castellanos y sus cuentos, sobre todo a su novela que nos recuerda la ominosa realidad de los pueblos indios, me refiero a Oficio de tinieblas.

Dice George Steiner que la lectura es "esa gran polémica con los muertos vivos", y lo es porque nos habilita para seguir desde nuestro sillón favorito los razonamientos de filósofos y científicos muy distantes a nosotros en tiempo y geografía. No tenemos que viajar a prestigiadas universidades para beneficiarnos de las lecciones de pensadores contemporáneos, nos basta con tener a nuestro alcance alguna de sus obras recientes para beneficiarnos de su investigaciones, de sus críticas y propuestas. Por la lectura, aunque sea limitadamente, se democratiza el conocimiento y somos parte de una comunidad mucho más amplia que los límites donde cotidianamente nos movemos. Por esto, y muchísimos beneficios más, es bienaventurado el que lee. Es necesario impulsar una organización social donde la bienaventuranza alcance a más.

 
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