Usted está aquí: sábado 28 de mayo de 2005 Opinión La paz no se consigue fácilmente

Camilo Mejía *

La paz no se consigue fácilmente

Hace más o menos un año fui juzgado por una corte marcial especial en el Fuerte Stewart, Georgia. El cargo: deserción con intento de evadir deberes peligrosos. Mi caso recibió mucha atención de los medios por ser yo el primer veterano de Irak que, tras haber estado en combate y luego de una licencia de dos semanas, rehusó públicamente regresar a ese país, denunciando que esa guerra era ilegal, para después entregarse voluntariamente a las autoridades militares. Por primera vez desde la invasión a esa nación el ejército tuvo que enfrentar el delicado tema de un disentir público dentro de sus filas.

La comandancia del Fuerte Stewart me restringió a la base, sin permitirme salir siquiera para entrevistarme con mis abogados. Todas mis peticiones de autorización para trasladarme a Florida para encontrarme con ellos, para preparar mejor mi caso, fueron rechazadas. Durante el tiempo en que me entregué y la corte marcial a los reporteros se les dijo que podían entrevistarme, pero sólo fuera de la base. A mí se me informó que podría dar entrevistas, pero se me prohibió salir del fuerte.

El día de mi juicio sólo se dio acceso a la base al personal militar, a mis abogados y a algunos miembros de mi familia. El resto del público fue enviado a la reja número tres, pero los señalamientos que llevaban a dicho lugar fueron retirados durante los tres días que duró mi proceso. Se erigieron barricadas en torno al bloque de la corte, mismo que fue vigilado por oficiales de las policías civil y militar, apoyados por perros entrenados que olfateaban el área.

A los reporteros se les envió a un centro de prensa, a 1.6 kilómetros de distancia de la corte. A quienes asistieron al juicio les confiscaron computadoras, cámaras, grabadoras y teléfonos celulares.

Fueron rechazadas todas nuestras mociones preliminares y se prohibió presentar ante el juicio muchos testigos claves y numerosas evidencias cruciales. Las violaciones a reglas del ejército cometidas por mi unidad, violaciones al derecho internacional y a la Ley Suprema de la Tierra cometidas por el ejército, fueron ignoradas. En cambio, se permitió a la fiscalía enfocar el caso en si abordé o no un avión, con lo que se logró una victoria fácil e inmerecida.

Antes de que concluyera el procedimiento legal, miembros de mi unidad estuvieron en las barracas que usábamos como dormitorio. Cuando mis parientes llegaron a mi cuarto para recoger mis pertenencias, inmediatamente después de que me sentenciaron, la habitación había sido vaciada y limpiada.

Pero quienes lo hicieron olvidaron llevarse el candado que rompieron para abrir mi casillero. Posteriormente mi madre usó ese candado para demostrar en una conferencia de prensa que el ejército había empacado mis cosas antes de saber que sería condenado. Luego de esto, un oficial se acercó rápidamente a mi madre para escoltarla amablemente al lugar donde se encontraban mis pertenencias.

Pero a menos de un año de que fui confinado a una base del Fuerte Sill, Oklahoma, donde cumplí nueve de una sentencia de 12 meses, me encontré en la estación naval de San Diego, ubicada en la Calle 32, donde el oficial de tercera clase Pablo Paredes estaba siendo juzgado por una corte marcial especial. Los cargos en su contra eran ausencia no autorizada y haber evadido maniobras militares.

Su caso, al igual que el mío, recibió mucha atención, no por la naturaleza de los cargos en su contra, sino porque el 6 de diciembre del año anterior Pablo denunció públicamente que la guerra era criminal e ilegal, cuando rehusó abordar su barco, el USS Bonhomme Richard, antes de que éste partiera hacia Irak.

El juez militar encontró a Pablo culpable de evadir maniobras, pero no de ausencia no autorizada, y pese a que su sentencia incluyó dos meses de trabajos forzados y tres meses de confinamiento dentro de la base, el acusado no fue sentenciado a prisión ni a una baja punitiva de la marina.

El mismo día de la corte marcial de Pablo, el juez militar de Fuerte Stewart dictaminó que el sargento del ejército Kevin Benderman, quien también se opuso públicamente a la guerra, fue enviado a juicio por obra de un oficial de audiencia que estaba prejuiciado en su contra, por lo que se suspendió temporalmente la corte marcial especial que lo juzgaría. En dicho proceso lo habrían condenado a cinco años de prisión. Otra investigación, iniciada el 26 de mayo, determinará qué tipo de corte marcial lo juzgará.

Estos acontecimientos son un importante avance para el movimiento antiguerra, pues parecen indicar que las autoridades militares están manejando con más cuidado la oposición pública dentro de sus filas, en vista de que cada vez más miembros del ejército alzan la voz en contra de la ocupación. Sería interesante ver si estos son casos aislados o si el ejército efectivamente está haciendo un esfuerzo por respetar la ley.

Hombres y mujeres que están dentro del ejército deben saber que el principal argumento durante mi juicio, que fue respaldado por expertos, es que la invasión y ocupación a Irak son ilegales bajo las leyes internacionales, domésticas y militares. El profesor Francis Boyle, de la Universidad de Illinois, declaró que la invasión y sus secuelas son crímenes contra la humanidad y una violación al manual militar de Campo 27-10, en el que se incorpora la Convención de Ginebra.

En el juicio contra Pablo, la profesora Marjorie Cohm, de la escuela de leyes Thomas Jefferson de San Diego, atestiguó que la guerra contra Irak viola la carta de Naciones Unidas que autoriza al uso de la fuerza sólo en defensa propia o con autorización expresa del Consejo de Seguridad.

Estados Unidos atraviesa por una transformación histórica, al pasar de un imperialismo disfrazado a otro que es abiertamente admitido (y defendido). En una época en la que quienes protestan pacíficamente son enjaulados, en la que la libre expresión desaparece, cuando el derecho internacional es ignorado o esquivado para justificar la tortura, en una época en la que el temor y el dolor de una nación se utilizan para fabricar apoyo para una guerra criminal por el dominio imperial, se vuelve ineludible que los miembros de las fuerzas armadas actúen de acuerdo con sus principios.

Un imperio no puede sobrevivir sin su ejército imperial. Ejército cuyos miembros no cuestionan las órdenes de sus superiores, que si disienten lo hacen calladamente para salvar sus pellejos, un ejército cuyos miembros prefieren morir y matar, contraviniendo sus juicios morales antes que cuestionar la autoridad de quien los comanda.

Es demasiado fácil decir a hombres y mujeres en servicio que deben seguir el dictado de su conciencia, lo que esto signifique. Este consejo sólo pone la carga sobre los hombros de estos soldados, sin ningún sacrificio por parte de quien aconseja. Pero la paz no se consigue fácilmente, y por eso digo a todos los miembros del ejército que cuando estén ante una orden y su mente, alma y cada célula de su ser griten que deben rehusarse y resistir, por Dios, háganlo. La cárcel no significará nada una vez que el "romper la ley" se convierta en un deber para con la humanidad.

El juicio de Pablo no sólo marcó un importante paso hacia la resistencia, sino también plantó la duda en muchos marinos presentes en su corte marcial. Posiblemente ellos aún no están de acuerdo con el movimiento contra la guerra, algunos seguramente nunca lo estarán, pero por primera vez muchos de ellos fueron testigos de un debate abierto sobre la inmoralidad de la invasión y la ocupación a Irak.

Quizá por un momento la duda llevó un sentido de humanidad a su rígido sistema de valores militares de esos hombres. Esto no habría sido posible si Pablo no hubiera arriesgado su libertad. Su sacrificio es pequeño comparado con el de más de 100 mil iraquíes muertos, pero quizá es la acumulación de pequeños sacrificios, como el de Pablo, lo que puede generar cambios de fondo en el corazón de nuestra nación.

Tal vez deberíamos dejar de temer tanto por nuestra seguridad personal y observar más detenidamente el sacrificio de otros, quizá eso nos inspirará y fortalecerá para que arriesguemos más de nosotros por el bien de los que realmente sufren.

La luz de otros no debe cegarnos en el camino hacia nuestra resistencia. Tal vez un buen lugar para encontrar nuestra luz será el juicio al objetor de la guerra, el sargento Kevin Benderman. Quizá ustedes y yo nos encontremos ahí, y tal vez podamos brillar juntos.

Para mayor información sobre el juicio contra Kevin Benderman visite http://www.bendermandevense.org/.

* Camilo E. Mejía es un ex prisionero de conciencia, veterano de la guerra contra Irak y miembro de la organización Veteranos de Irak contra la guerra. El fallo judicial para declarar oficialmente a Camilo como objetor de conciencia aún está pendiente. Cumplió ya nueve meses de confinamiento por negarse a regresar a Irak, tras una licencia de dos semanas.

Traducción: Gabriela Fonseca

 
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