Usted está aquí: viernes 20 de mayo de 2005 Opinión México sustentable: primeros éxitos

Víctor M. Toledo

México sustentable: primeros éxitos

Hace dos décadas utilicé, quizá no apropiadamente, la frase nada ingenua de "un fantasma recorre el mundo" para referirme a la rápida proliferación del concepto de desarrollo sustentable. Hoy ese espectro comienza a tomar cuerpo en los innumerables "proyectos de vida" que, aunque de escala comunitaria y microrregional, no pueden seguir soslayados. El fenómeno corre en paralelo con un inusitado florecimiento de la discusión teórica en torno al paradigma de la sustentabilidad o de la "sociedad sustentable", que incluye decenas de foros, cientos de libros y miles de artículos en revistas especializadas de todo el mundo.

Una simple navegación por Internet arroja 39 millones de respuestas para el término sustainable development, un millón 340 mil para "desarrollo sostenible" y 900 mil en su variante léxica "desarrollo sustentable". Esta explosiva reproducción ha conducido a una corrupción del concepto. Ha sido tan manoseado que hoy se adopta y adapta en el discurso de gobiernos y gobernantes, ONG, bancos internacionales, fundaciones filantrópicas, movimientos sociales y trasnacionales. Por ello es necesario desbrozar, defender e impulsar una versión crítica de la "sustentabilidad" coherente, fidedigna, legítima, y sobre todo, avalada por ejemplos certificables, es decir, que sea empíricamente comprobable en acciones, iniciativas y proyectos.

En ese contexto debe celebrarse la realización del primer congreso internacional de casos exitosos de desarrollo sostenible en el trópico, iniciativa impulsada y madurada durante dos años por la Universidad Veracruzana, donde soplan vientos de progreso. El acto tuvo lugar del 2 al 4 de mayo en el puerto de Veracruz y rebasó toda expectativa tanto en trabajos propuestos y presentados como en asistencia. Un comité se vio obligado a aceptar sólo 200 trabajos de 20 países. La asistencia, calculada en 600, fue de jóvenes estudiantes, investigadores y productores rurales, pescadores, campesinos e indígenas.

Se presentaron gran cantidad de experiencias ligadas a sistemas productivos o tecnologías (rurales y urbanas), que, sin ser desdeñables, no constituyen casos exitosos de desarrollo. No obstante, el congreso permitió ubicar docenas de experiencias, sobre todo del México rural y profundo, es decir, indígena, cuyos avances conforman propuestas de vanguardia en términos ecológicos, económicos y sociales. El panorama dejó ver la multiplicación y maduración de experiencias en regiones indígenas de Yucatán, Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Puebla, en proyectos de desarrollo sustentable impulsados desde comunidades o cooperativas ligadas a la producción de café orgánico, manejo de bosques tropicales y templados, extracción de productos no maderables (chicle, palmas, miel, fibras), conservación de especies y hábitat amenazados, agricultura ecológica, pesca artesanal y producción de agua o artesanías.

La gratificación mayor provino de la presentación de una veintena de proyectos, la mayoría en comunidades y regiones indígenas, donde varios de los objetivos visualizados hace dos décadas (como manejo adecuado de recursos naturales, equidad, democracia participativa, respeto por la memoria y saberes locales, uso respetuoso de la ciencia y la tecnología, autogestión), se tornaron valores madurados y arraigados por los actores sociales de esos procesos de desarrollo.

Ahí están ya para ser tomadas con respeto y admiración, como ejemplos pioneros para ser reproducidos a granel, las experiencias de la sierra de Santa Marta en Veracruz, de la Sierra Norte de Puebla, de la Chinantla en Oaxaca, de El Triunfo en Tamaulipas, de Sanzekan Tinemi en Chilapa, Guerrero. Merecen mención ciertos enclaves del "México Sustentable", donde a la calidad de las experiencias se suma la cantidad de organizaciones que participan. Es el caso del sur de Yucatán (productores mayas de madera, chicleros, mieleros, vainilleros), la Sierra Norte de Oaxaca (UZACHI, Pueblos Mancomunados, Ixtlán y muchas otras comunidades) o las regiones productoras de café orgánico y bajo sombra de Chiapas (unas 45 organizaciones en proceso de articulación).

Como he señalado en varias publicaciones (y en el libro La paz en Chiapas), estamos frente a un proceso social de nuevo cuño que nos dibuja, en el pensamiento y en la acción, los perfiles de lo que puede llegar a ser una modernidad alternativa. No es casual que en México este proceso sea protagonizado por colectivos pertenecientes a las culturas indígenas mesoamericanas que son las "reservas civilizatorias" de la nación (y con las de los otros países las de la humanidad).

Si bien restringidas al ámbito de lo rural, todo indica que estas experiencias operan como una nueva fuerza social que conforme pase el tiempo irán acrecentando su presencia y presión hacia los enclaves urbanos e industriales. Silenciosos y hasta hace poco invisibles, los proyectos exitosos de desarrollo sustentable en áreas rurales escenifican ya una suerte de "revolución centrípeta", en tanto desencadenan oleajes (económicos, culturales y políticos) más allá de sus espacios.

Sin alimentos, agua, materias primas u oxígeno, ninguna ciudad ni ninguna industria sobrevive. El efecto de estas experiencias llegará, tarde o temprano, sobre los consumidores industriales y urbanos. Y sobre todo alimentará -ya lo hace- una versión incómoda de la sustentabilidad, en tanto que pone en entredicho los principios de la modernidad neoliberal y dominante, ésa que se funda en el mercado, las corporaciones, la democracia desde arriba y un uso perverso de la ciencia y de la tecnología.

 
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