Usted está aquí: lunes 25 de abril de 2005 Política Un papa nazi

Marcos Roitman Rosenmann

Un papa nazi

Existen muchas formas de eximir responsabilidades. Nuestra sociedad occidental, católica, apostólica y romana es rica en argumentos absolutorios. El mercado ofrece amplia gama para tranquilizar la conciencia. Si lo hace ante el confesor, el pecado se resuelve en el bis a bis entre el sacerdote y el transgresor. Se absuelve al pecador por el rezo y la constricción. Amparado en el secreto de confesión me acuso de matar: cuatro padre nuestros y dos rosarios cantados; de violar: tres ave maría y dos padre nuestros; de robar: ayuno y rosario. Y a la semana siguiente, más de lo mismo. Así se puede estar toda una vida matando, violando o robando convencido, domingo a domingo, que la absolución del sacerdote deja limpio de pecado y purifica el alma. La defensa de la fe consiste en mantener vivo este principio y no cuestionar su existencia. Sobre todo en una sociedad capitalista donde Iglesia y Estado comparten una teología política sobre la cual construyen su poder omnímodo. Joseph Ratzinger lo sabe, por eso persiguió durante 25 años, como prefecto de la Congregación de la Fe, antigua inquisición, a los teólogos reformadores más destacados del siglo XX y calló ante el asesinato de sacerdotes de la teología de la liberación.

Mas la sociedad política exonera hoy el pasado secular y la biografía ciudadana del nuevo papa. Ratzinger forma parte de una institución, la Iglesia, en cuya organización coexisten cardenales, obispos, arzobispos, párrocos y cohabitan pederastas, nazis, ladrones, corruptos, mafiosos, torturadores, asesinos, anticomunistas, y algunos católicos honestos. Es una institución cuyo poder se extiende a la sociedad civil y donde la capacidad de controlar la vida después de la muerte y la purificación del alma le otorga un plus capaz de competir con el poder de cualquier empresa transnacional. Sus mecanismos de presión son los mismos que utiliza cualquier monopolio a la hora de maximizar sus beneficios y de imponer sus dogmas. Poca diferencia existe entre el FMI y el Vaticano.

Con motivo de la elección del nuevo director gerente del consejo de administración de la Iglesia, emerge una biografía pública poco conocida de la juventud del elegido, ahora Benedicto XVI. A los 13 años, por decisión propia se afilia a las juventudes hitlerianas, hecho irrelevante en su carrera al purpurado o intrascendente, pero que cobra fuerza a los efectos de su transfiguración en papa. Sobre todo si consideramos que tras la decisión de los cónclaves se expresa el Espíritu Santo. Es decir, su iluminada fe sabe que un muchacho alemán en pleno Tercer Reich asume el ideario nazi y más adelante participa de su organización militar. Hoy, para redimirlo se argumenta la deserción del mozo en medio de la batalla. Nada nos dice si tal acto supuso el abandono de la ideología nazi. Muchos ex militantes del partido nazi, tras la derrota militar, han mantenido sus convicciones sólo que no lo publicitan al no ser requisito para sobrevivir. Recordemos que en Alemania, para cubrir este pasado ignominioso de muchos cobardes se intenta justificar la pertenencia a las juventudes hitlerianas como parte de una imposición del Tercer Reich a la ciudadanía. Argumento falso. Muchos alemanes se negaron a serlo y pagaron por ello. Sin embargo, hoy, tras medio siglo del Holocausto un ex joven nazi es elegido sucesor de Pedro. Para más INRI ejerció, ya lo señalamos, durante 25 años vocacionalmente la inquisición durante el papado de Juan Pablo II. Es decir, estamos en presencia de un hombre que se labra su personalidad acorde con sus principios ideológico-políticos. Es reincidente y se jacta de ejercer el poder de manera totalitaria y sin espacio para la crítica, el diálogo o un encuentro con la tolerancia y la diferencia. Ratzinger aplicó el principio de la solución final para el discrepante. Se manifestó abiertamente contra el avance de la ciencia, la razón humana, el progreso y la teoría de la evolución. Condenó no sólo a teólogos y teologías de la liberación humana: ha sido escrupuloso defensor de una Iglesia cerrada y elitista comprometida con el poderoso.

Resulta curioso que creyentes, católicos practicantes, dirigentes políticos y miembros de la sociedad comprometidos con la defensa de la democracia y la dignidad no levanten con mayor fuerza su voz y reclamen contra semejante ignominia al elegir un nazi confeso como su pastor. Al menos deberían exigirle abominación pública del nazismo. De lo contrario la responsabilidad de los católicos en la absolución del nuevo papa de su pasado nazi e inquisitorial es tan importante como la de quienes en el agnosticismo podemos comprobar que durante 40 años, Ratzinger ha sido un gran baluarte en la práctica de los métodos de la contrarreforma. Ahora resulta que haber sido nazi por convicción es un atenuante en el currículum para llegar a papa. Antes podía haber cortado la carrera a la designación, en este momento se soslaya. El argumento que exime es caricaturesco: todos los alemanes eran nazis, no menos que todos los italianos fascistas. Podemos hacer una larga lista inclusiva donde apelar al "todos son" o "eran" acaba por ser una gran mentira. Ni todos eran ni todos son. En Chile, militares se opusieron a la tortura y fueron asesinados. En Argentina y otros países sucedió algo similar. Pero existe la vulgarización donde se oculta la vida ejemplar que rescata la condición humana y donde se refleja toda la esencia ética de la dignidad. Es mejor apoyar la cobardía bajo el "todos" eran nazis y camisas negras. Ni todos fueron ni todos eran. Para ejemplo: Sócrates y Giordano Bruno. Y muchos que desde el anonimato defienden la dignidad y la condición humana. Si no, preguntenle al EZLN.

 
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