Ojarasca 95  marzo 2005

La urgencia de las muchas lenguas

jovennavajo


Dice Borges que en toda palabra yace dormida una metáfora, una imagen poética que en su origen intentaba abarcar relaciones, experiencias. Así, por ejemplo, considerar no era sino ver el panorama completo, "poner en relación con las estrellas".

Decimos una palabra y armamos argumentos con ella y el entendimiento que de esa palabra tienen los otros contradice o le da la razón a la historia oculta de un término que a veces es nuestro enemigo y nos roba el sentido de lo que queremos dar a entender. Otras veces es el poder, abiertamente, quien secuestra el sentido de las palabras hasta que terminan borradas o podridas. El estudio del lenguaje es profundamente político, y es urgente emprenderlo.

Sorprende que el término alumno signifique llanamente aquel que no tiene luz, a quien había que imbuir con la luz de Dios, según pensaban los primeros educadores "profesionales", los monjes de la Edad Media. Que la educación se haya convertido en un poder y haya utilizado esta noción paternalista de iluminar a quienes viven a oscuras nos habla de los vericuetos históricos de la dominación. Es ilustrativo que el término ladrón venga de latro, latronis, los mercenarios que formaban parte de la escolta de los emperadores de Roma, y que el verbo latino latrocinare significara "servir en el ejército".

Develar la historia de las palabras individuales y del lenguaje como un todo muestra el devenir de relaciones igualitarias o de dominación y nos deja ver que el lenguaje es un proceso social, histórico.

La epistemología y la lingüística contemporáneas, pero también muchas claves que otorgan narradores y poetas de todas partes, enfatizan más y más la idea de que vivimos en el lenguaje o, más radicalmente, que somos el lenguaje, que nuestro ser social, nuestras relaciones todas, son eso que llamamos lengua (o cultura, o comunicación) y que el significado que aflora en estas relaciones, cuya construcción paulatina no cesa, es un tejido de saberes compartidos que nos da identidad. Sepámoslo o no, la construcción del saber siempre es colectiva y cambiante. En esta construcción, el lenguaje no es una cosa, ni una esencia. Tampoco un medio para comunicarnos, como antes se decía. Es en todo caso un ojo de hurácan, un cruce de caminos donde se juntan todas las historias, explícitas o asumidas, volcadas en un momento dado o a lo largo de los siglos.

Si el lenguaje es las relaciones y, como tal, la cultura en su acepción más amplia, si ésta tiene una historia que, con mucha frecuencia se cumple sin que sepamos que enunciamos con un término algo contrario a lo que queríamos o debíamos decir (pese a nuestra intención), entonces como dice George Steiner en Después de Babel, vivimos traduciéndonos, unos a otros, de un contexto a otro, de una época a otra, dentro del mismo sistema de lenguaje o con referencia a otro. Al amar a alguien nos traducimos, incluso confiadamente. Cuando viajamos, por ponernos en otro contexto la traducción propia es inescapable. Cuando por "la distancia, las disparidades o las referencias, asumidas o aparentes" la dificultad de traducción es muy grande "el proceso pasa de ser espontáneo a ser una técnica consciente".

Siguiendo esta línea de pensamiento, el estudio de las lenguas indígenas del mundo, y de México en particular, no puede quedarse en documentar la diversidad de las mismas, como si fuera un asunto de "costumbres", de estilos de vida, como eufémicamente se le dice ahora a cualquier vastedad de la experiencia. Siendo un asunto de dominación o equidad, se torna un asunto político de primera importancia constatar que las lenguas de nuestro país son visiones diferentes del mundo y podrían arrojarnos luz sobre el devenir y la fuerza de los pueblos que las hablan, es decir, que se relacionan así, con términos y conceptos cuya raíz e historia contradice o coteja el mundo en que vivimos.

Carlos Lenkersdorf --aprendiendo de los tojolabales, como él mismo dice--, ha logrado mostrar la manera tojolabal de ver el mundo y su quehacer social, y hoy publica el libro Conceptos tojolabales de filosofía y del altermundo, donde apunta con incisiva lucidez a dejar sentado cómo el lenguaje es el tramado de un universo propio --eso que llaman la visión propia, la cultura propia-- que para el caso tojolabal, y de la mayoría de otros pueblos indígenas del continente, es el ámbito de un nosotros, eso que le dicen comunidad, y que no es sino una expresa y explícita construcción colectiva del saber.

No hay nada más subversivo que este nosotros, eso comunitario donde cada quien vale porque completa y coteja a los otros, porque en un ámbito así la reconstrucción continua del sentido político, social, cotidiano y sagrado de una lengua (de una cultura, de una comunicación, de las relaciones) se actualiza de continuo y permite menos el secuestro que del sentido hace el poder. Es la comunidad un ámbito de traducción confiada y continua que resiste la pérdida del sentido compartido.

Este libro de Lenkersdorf es entonces lo que los diccionarios deberían ser para no deteriorarse al punto de ser cementerios de palabras como bien dijera Julio Cortázar: la herramienta básica de una verdadera multiculturalidad que alimente nuestra visión propia y actualice nuestra cultura en el cotejo de otras, practicando una traducción mutua, abierta y plena. Obras como ésta deberían proliferar para el caso de todas las otras lenguas, como espejos de dos vistas para todas las culturas. Dice Lenkersdorf en su nuevo libro:
 
 

Términos y conceptos particulares del tojolabal desnudan y develan los conceptos correspondientes del español y en este sentido van más allá de una obra lexicográfica... La lengua materna se nos enseñó sin referirse al bagaje ideológico que se ha acumulado en el idioma a lo largo de los siglos desde los tiempos clásicos del mundo antiguo, muy anterior al español y otros idiomas europeos...

Al comparar los conceptos tojolabales, se nos manifiestan la particularidad del tojolabal, que no ha compartido la misma historia, y la peculiaridad del español y otras lenguas europeas, muy dominantes. Al comparar las dos lenguas, nos encontramos frente a cosmovisiones... que a la vez implican diferencias ideológicas inesperadas y poco sospechadas... Ambas lenguas comunican realidades de las cuales los hablantes a menudo no han cobrado conciencia.
 
 

Y basten dos ejemplos. Mientras que para los tojolabales el término chonab' (que hay quien traduce superficialmente como ciudad) es el sitio donde se compra y se vende, y no se le asocia fácilmente con algún conglomerado civilizatorio o con un modelo de comportamiento, ciudad en castellano, la civitas, es el sitio de civilización, de confluencia de ciudadanos, y se opone al ámbito rural, al pago (de pagus, aldea en latín), donde viven los campesinos, los "paganos", que terminaron siendo por menosprecio, los idólatras. Por otro lado, si bien el término castellano cultura deviene del latín colere, que en sus inicios era el cultivo de la tierra, hoy hablamos con redundancia de agricultura y el término cultura, escindido de su origen, se asocia a lo urbano, a lo "civilizado". En cambio el concepto tojolabal 'a'telta ja lu'umi es trabajar la milpa, la tierra, y significa para los tojolabales una forma integral de vida y sigue vigente como organización de su mundo.

Sería inagotable el ejercicio de cotejo. Muchos otros conceptos nos descolocan de la actitud esencialista y menospreciativa de quienes ven en las lenguas indígenas fragmentos de una arqueología incómoda. Que estas lenguas sigan vigentes potencia la posibilidad de recuperar un sentido pleno a la vida. Que actúen mediante una explícita y valorada construcción comunitaria del saber las hace una vital resistencia en un mundo que tiene, o cree tener, secuestrado el sentido pleno de la existencia.
 
 

Carlos Lenkersdorf: Conceptos tojolabales de filosofía y del altermundo. Editorial Plaza y Valdés, 2004
 
 
 

Ramón Vera Herrera



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Joven navajo. Foto: Karl Moon