Usted está aquí: miércoles 16 de febrero de 2005 Opinión El Protocolo de Kyoto arranca sin EU

Editorial

El Protocolo de Kyoto arranca sin EU

Ayer entró formalmente en vigor el Protocolo de Kyoto, complejo instrumento internacional orientado a regular, así sea parcialmente, las emisiones de gases contaminantes en el mundo y a reducir en una pequeña proporción tal fenómeno (la meta para 2012 es una disminución de 5.2 por ciento con respecto de los niveles de 1990). El acontecimiento fue posible tras la ratificación del acuerdo por Rusia, hace tres meses, con lo que se logró el respaldo de los 55 países que emiten, en conjunto, 55 por ciento de los contaminantes. Así, con lentitud exasperante, comenzó a concretarse la demanda formulada en 1992 en la Cumbre de la Tierra, realizada en Río de Janeiro, en torno a una estrategia global para enfrentar los desafíos ambientales, recogida luego en las negociaciones de 1997 en la ciudad japonesa que da su nombre al mecanismo mencionado.

Aunque los términos de Kyoto resultan insuficientes y sus fundamentos científicos distan de generar unanimidad en los círculos de investigadores, reviste gran importancia el hecho de que la mayor parte de los integrantes de la comunidad internacional ­136 países, para ser exactos­ haya conseguido fijar normas mínimas para establecer cierto control sobre las actividades económicas más nocivas para el delicado equilibrio climático del planeta. Desde esta perspectiva, Kyoto y su entrada en vigor son, más que un triunfo ambiental, un éxito político destacable.

Sin embargo, la puesta en práctica del instrumento internacional arranca con la dificultad enorme del boicot de Estados Unidos, cuyo gobierno se niega a ratificarlo, esgrimiendo el argumento infantil de las pérdidas que éste causaría a su economía y a la competitividad de sus empresas. Para ponderar la justa dimensión de la negativa estadunidense es pertinente recordar que la potencia vecina es responsable de más de 25 por ciento de las emisiones de los gases que causan el efecto invernadero ­dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, hidrofluorocarbono, perfluorocarbono y hexafluorocarbono de azufre­, efecto, que a su vez, parece ser la causa del fenómeno del calentamiento global.

De hecho, el primer ámbito en el que el gobierno de George W. Bush manifestó su unilateralismo ­postura que alcanzaría su expresión más salvaje con la agresión militar a Irak en marzo de 2003­ fue en las acciones relacionadas con el medio ambiente, cuando, en los primeros meses de su primer periodo, anunció que no ratificaría el documento de Kyoto. Su ejemplo fue seguido por el gobierno de Australia, país que genera 23.1 por ciento de las emisiones contaminantes causantes del efecto invernadero.

Además de la determinación de la Casa Blanca de boicotear el Protocolo de Kyoto, otros países industrializados que sí firmaron el documento se encuentran en graves dificultades para cumplir con sus términos. Aunque desde el principio Canadá respaldó el acuerdo, lejos de disminuir sus emisiones contaminantes, a partir de 1990 las ha incrementado en 20 por ciento; Japón y la Unión Europea también enfrentan serios obstáculos para observar los lineamientos de reducción de contaminantes. De hecho, el único país que ha reducido en forma significativa la basura que arroja a la atmósfera es la Federación Rusa, pero ello no es consecuencia de voluntad política alguna, sino del desmantelamiento de buena parte de la industria que heredó de la Unión Soviética.

Con todo, es claro que la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto incrementará los márgenes de acción de las naciones en desarrollo ­las más expuestas a las consecuencias catastróficas del calentamiento global­ y de las organizaciones ambientalistas para exigir que el mundo industrializado corrija la vocación destructiva y depredadora de sus economías, adopte hábitos de comercio y consumo menos irresponsables y contribuya a reducir los riesgos de un desastre global que, a fin de cuentas, constituye una amenaza para la humanidad en su conjunto. La ceremonia realizada ayer en Kyoto, con la asistencia luminosa de la ambientalista Wangari Maathai, recientemente galardonada con el Premio Nobel de la Paz, es, en fin, nada más y nada menos que un primer paso en la dirección correcta.

 
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