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México D.F. Miércoles 6 de octubre de 2004

Luis Linares Zapata

Las oportunidades perdidas

Los desencuentros politicos, muchos de ellos con tendencias permanentes, que se tienen respecto a reformas cruciales en la estructura económica, tienen consecuencias laterales de profundos efectos para el desarrollo sustentable del país. La alegada incapacidad para financiar con recursos propios y sanos, la expansión de la industria eléctrica, por ejemplo, ha conducido al gobierno actual a promover una creciente participación de empresas privadas extranjeras. Con gran orgullo y presumida eficiencia, el mismo presidente Vicente Fox ha difundido el aumento de la capacidad instalada como un logro de su administración. Es más, aseguró, que lo hecho en décadas pasadas. Ahora, se afirma, las empresas privadas (todas extranjeras) producen 40 por ciento de la demanda nacional. Toda una hazaña, se nos dice, que aleja la temida posibilidad de sufrir cortes de energía o, peor aún, el no contar con la capacidad cuando la energía fuera requerida. Pero al concretarse dichos planes de privatización encubierta bajo títulos eufemísticos (cogeneradores, productores independientes y otros más), se van eliminando, de manera por demás acelerada, las relaciones, ya de por sí débiles, con la industria nacional que sirve de alimentadora de partes y materiales o con los servicios que adapten y después perfeccionen, los conocimientos y las tecnologías de base para su continuada reproducción.

La promoción de la inversión extranjera tiene efectos nocivos que muchas veces quedan en la penumbra o son ignorados por completo, cuando no se le complementa con programas adicionales que auxilien en la integración de las cadenas productivas, o al impulso a la investigación y la extensión hacia áreas diferentes. Aunque con posterioridad se sufran devastadoras consecuencias en los críticos niveles de empleo, competitividad global, músculo exportador, salarios aptos para aumentar la calidad de vida, impulso científico o en la independencia económica de la nación receptora. Poco se ha investigado y, menos aún, publicado al respecto. Pero una ojeada a lo que sucede en otros países puede llegar a darnos una idea, aunque sea general o incipiente.

Diversos estudios en China muestran los múltiples y profundos efectos que la importación de maquinaria está teniendo en su capacidad de integración. Sobre todo cuando no se ponen en marcha programas intensivos de aprendizaje que puedan absorver la tecnología que la soporta. Países como Corea o Japón, desde los tiempos en que querían igualarse con los países industrializados de Occidente, invertían dos y hasta tres veces el costo de lo importado en instalar la base de sustentación que asegurara su correcta asimilación. China, aún en la actualidad, sólo gasta, en el mejor de los casos, una pequeña fracción (menos de 10 por ciento) para apropiarse de la técnica de soporte, profundizar en ella y compartirla con otros sectores laterales.

Los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) emplean, cuando menos, un tercio de lo que pagan por maquinaria en similares programas, con el propósito de integrarla debidamente a todos sus procesos productivos. En México, basta echarle una mirada a lo que sucede tanto en la maquila como en empresas de alta tecnología (telecomunicaciones) para toparse con la ausencia, casi total, de esfuerzos integradores.

Así, la dependencia de productos importados se profundiza y va comprometiendo el crecimiento autosustentado, tal y como le ocurre a China. Si esto sucede en las simples compras de instrumentos de capital, en los casos donde la inversión extranjera se adueña de empresas o, más aún, llega a dominar sectores económicos completos, como hay numerosos casos en México, las interrelaciones que se llegan a establecer con productores locales, con centros de educación, consultorías, organizaciones sociales y demás, son prácticamente nulos.

Para evitar tal tipo de verdaderas catástrofes nacionales se requiere de talento y embarcarse, con el valor, astucia y el nacionalismo suficiente, en las reformas que hacen falta para no depender de la inversión extranjera sino cuando ello sea absolutamente indispensable. Y la industria eléctrica no es, tal y como ya se encuentra comprometida, el caso ejemplar. La Comisión Federal de Electricidad (CFE) tiene, como lo ha mostrado la Auditoría Superior de la Federación, los medios financieros para apoyar su crecimiento sin tener que recurrir a la nociva secuencia que ocasiona el financiarse, con la colaboración extranjera, por medio de los llamados Pidiregas. Esa falsa salida inventada por los tecnócratas zedillistas que pretendían malbaratar la CFE con tal de colocarse, después, como asesores o abogados de esas mismas empresas trasnacionales a las que premiaron con jugosos contratos. Sin embargo, preservar, bajo dominio del Estado a empresas fundamentales como la CFE, exige procesos complementarios harto penosos para sortear los dolorosos efectos que tal aventura empresarial acarrea. Nada llega fácil ni está exento de pasiones y contratiempos. Para preservar la industria eléctrica en manos nacionales es preciso aceptar las vicisitudes de una reforma fiscal que pueda rellenar el hueco que dejará, en el erario, la canalización de los ingresos de la CFE en fincar su propia expansión.

Y eso implica entrarle al IVA y al ISR sin titubeos, tardanzas ni falsas suavidades o torpes cuidados.

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