Jornada Semanal, domingo 30 de mayo  de 2004       núm. 482

MARCO ANTONIO CAMPOS

FUNERAL VIGILADO

En la editorial Lom de Santiago de Chile se publicó el año pasado el libro-reportaje del periodista chileno Sergio Villegas, Funeral vigilado: la despedida a Pablo Neruda, que no puede leerse sin tristeza y dolor. En base a testimonios directos, Villegas detalla, hasta donde es posible, los hechos entre el 11 y el 26 de septiembre de 1973. El reportaje de Villegas nos hace revivir esos días que seguimos con tristeza y desasosiego continuos, donde acaecían hechos ominosos que después se confirmaron o tuvieron mejor luz: el fallecimiento de Allende (se hablaba al principio de suicidio y luego de muerte en la defensa sin porvenir del palacio de la Moneda); la tortura y muerte en el estadio nacional del popular cantante Víctor Jara (se hablaba aun de haberle cortado las manos); el destrozo de La Chascona, la casa santiaguina de Neruda, por parte de los carabineros (la Junta Militar, que lo había solapado, culpó a "delincuentes comunes"); los días de Pablo Neruda en la clínica santiaguina (donde aún corregía manuscritos y leía una novela), la muerte repentina el domingo 26 (el ex presidente Echeverría ya había dispuesto para él, a través del embajador Gonzalo Martínez Corbalá, un avión para traerlo a México), el velorio largo y tristísimo en la casa destruida e inundada (en el que su viuda Matilde Urrutia no aceptó las condolencias de los enviados de la Junta), el entierro sorprendente y conmovedor (donde Matilde, como desde el principio, exhibió entereza y dignidad).

El título del pequeño volumen no puede ser más preciso: los funerales, que apenas veinte días antes hubieran sido apoteósicos para despedir al más grande poeta de la lengua del siglo xx, se convertía en ese momento en un desafío de muerte. Contra todo, pero sobre todo contra el miedo, obreros, estudiantes, intelectuales, amigos, admiradores y algunos opositores políticos, fueron integrándose al cortejo para despedir al Poeta. Fue acaso el único momento explosivo de luz libertaria en la larga noche de los lobos. El camino del cortejo al cementerio tuvo instantes inolvidables: el primero, cuando al salir los dolientes de la casa, en casa, una voz entre un grupo de obreros y estudiantes lanzó un grito: ¡Camarada Pablo Neruda!, y el grupo contestó: ¡Presente! ; o en Avenida de la Paz, cuando se comenzó a cantar la peligrosa Internacional; o en Santos Dumont, cuando alguien empezó a leer en voz alta versos de Neruda de España en el corazón que parecían escritos en copia calca para la noche de los cuchillos que vivía Chile; o cuando se integró a la comitiva fúnebre Joan Turner, la viuda de Víctor Jara, y se empezó a oír: ¡Compañero Víctor Jara!, y un coro repuso: ¡Presente!; o ya hacia el final del sepelio, cuando se oyó un grito, aquel grito que faltaba: ¡Camarada Salvador Allende! , y el coro respondió al unísono: ¡Presente!

En el libro hay una fotografía de la tumba pobre de Neruda que no deja de emocionarnos, y que él, en la tierra de nadie y en la casa de la noche, de haber visto los grafittis escritos en ella, habría sonreído de satisfacción al pensar que en la muerte seguía siendo un símbolo ardiente y un llamado a luchar contra la autocracia. En la antigua tumba se leían varias frases que se grabaron en los años terribles: NERUDA, TU ASESINO ¡CAERÁ!... VENCEREMOS... RECORDAREMOS TU EJEMPLO... NO OLVIDAREMOS...

La izquierda de la generación joven de los años sesenta simpatizó con la Revolución cubana; la nuestra, la que emergió del ’68, se interesó vivamente con la experiencia allendista de un cambio pacífico al socialismo, un socialismo, como decíamos entonces, con rostro humano, que impidieron a sangre y fuego los Nixon, los Kissinger, las transnacionales estadunidenses, la desaseada conducta de la Democracia Cristiana encabezada por Eduardo Frei, la ultraderecha terrorista de Patria y Libertad que sangrientamente fue capaz de cometer más de quinientos atentados, y desde luego el ejército chileno, que mostró que detrás de la máscara de rasgos puros de la institucionalidad, se ocultaba la cara del chacal, capaz de hincar los dientes y asesinar al que fuera. Aquellos eran los años de las grandes alamedas que no han vuelto a abrirse, o al menos no del todo, ni ha surgido el hombre libre, ni ha habido una sociedad mejor, pese a los augurios que Allende hacía en su discurso final de aquel 11 de septiembre. Era aquella una juventud que quería aprender del valor del tigre, de la sabiduría de la zorra y del aire en las alas de los pájaros. Aquella juventud que tenía como héroe y poeta representativos latinoamericanos a Salvador Allende y Pablo Neruda.

Ambos presentes en ese ayer que es hoy y será mañana y vivirá siempre.

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