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México D.F. Jueves 29 de abril de 2004

Angel Guerra Cabrera

Vigencia de Sendic

En los años 60 del siglo pasado se evidenció la crisis terminal del peculiar y hasta entonces relativamente estable modelo social que había regido en Uruguay por más de medio siglo. Como consecuencia estalló un impetuoso proceso de luchas populares que la democrática oligarquía de la Suiza de América no vaciló en reprimir con la misma mano dura de los gobiernos gorilas. El encauzamiento revolucionario de esa marea social se debió, en gran medida, a las acciones del Movimiento de Liberación Nacional (MLN-Tupamaros). De la misma manera puede afirmarse que éste surgió como respuesta a esa situación. Llamados cariñosamente en la calle los tupas, su nacimiento está ligado a la recia figura y las ideas de Raúl Sendic, de cuya muerte se cumplieron ayer 15 años.

La ejecutoria de este hombre de origen campesino, que ordeñaba vacas a la vez que acudía a la primaria y al liceo, llegó a hacer de él probablemente la figura política más admirada y querida de su país. Sendic militó desde la adolescencia hasta su último día en las luchas sociales uruguayas y su funeral se convirtió en una de las mayores manifestaciones de duelo de la historia oriental.

Fue líder estudiantil en su juventud y más tarde dirigente del Partido Socialista, pero su trayectoria dista mucho de la de un político al uso. Dedicó gran parte de su vida a convivir con los trabajadores agrícolas, los más exprimidos en Uruguay, cuyos sindicatos ayudó a organizar, y se involucró personalmente en el reclamo de sus demandas.

Los tupas escribieron uno de los capítulos de creatividad revolucionaria más valiosos de nuestra América en el siglo XX, que encierra importantes lecciones para las luchas presentes. Estudiarlo, sin obviar sus errores, es obligado para quienes sueñan y luchan por otra América Latina posible. De su legado brillan virtudes, que es imposible no asociar con Sendic. Entre ellas, el cuestionamiento de los dogmas, la decisión de afincar su acción en la tradición revolucionaria nacional y latinoamericana, su práctica consecuente del internacionalismo, la ética política y la frescura de su actuación y lenguaje, ajenos a las liturgias y códigos de la izquierda encartonada. No menos importante, su irreverente sentido del humor.

Los tupas tenían definidos objetivos antimperialistas y antioligárquicos y comprendían que en los países dependientes no podían lograrse hasta las últimas consecuencias sin transitar al socialismo. No menospreciaban la lucha legal y lo demuestra la tregua que decretaron para facilitar las elecciones de 1971. Veían la lucha armada como un instrumento ineludible de defensa de las masas ante un régimen represivo en proceso de fascistización, que posteriormente permitiría la toma del poder por el pueblo. Nada más opuesto al pensamiento de Sendic que proclamar como vanguardia a la organización que había fundado. Para alcanzar la victoria consideraba indispensable el logro de la unidad y las relaciones fraternales entre todas las fuerzas de izquierda, así como construir un gran frente en el que tuvieran cabida todos los que suscribieran el programa de la liberación nacional, por encima de credos ideológicos, religiosos o militancia política. De esta visión no excluía a los miembros de los partidos políticos tradicionales.

La revolución cubana fue, junto con la resistencia de Vietnam, el acontecimiento internacional más influyente en el Uruguay de aquellos años. Al estímulo de la crisis del sistema dominante y en torno a la solidaridad con ella se forjó la unidad de la izquierda y se radicalizaron sectores obreros, de capas medias y estudiantiles que convergieron en la creación de la Central Nacional de Trabajadores (CNT) y luego en el Frente Amplio. En ese contexto el accionar de los Tupamaros produjo un crecimiento exponencial no sólo de sus filas, sino de las de toda la izquierda uruguaya.

Pese a que Sendic siempre consideró determinante en su actuación posterior su visita a Cuba y la influencia de su revolución, esto no lo llevó a adoptar una actitud de calca, lo que explica la conclusión tupamara de que en las condiciones de Uruguay la lucha armada debía desenvolverse en el escenario urbano.

Sendic no se rindió nunca, ni siquiera ante la prolongada tortura de sus captores. Sigue vivo hoy en Jenin, en Fallujah y donde quiera que se luche por la dignidad humana. De él puede afirmarse lo que Martí dijo de Bolívar: "Tiene aún mucho que hacer en América".

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