LETRA S
Marzo 4 de 2004
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Crónica Sero

Joaquín Hurtado

Plac ploc, plac ploc, las rueditas de la desvencijada camilla hacen un sonido que me arrulla mientras me conduce de la habitación 216 (cortinas raídas, manchas de origen indefinibles en las paredes, camastro de la primera guerra mundial) hasta el quirófano. El camillero porta cubrebocas y lentes de dentista. Sospecho que viene molesto porque no responde a mis bromas cuando el ascensor se sacude horrible mientras bajamos. A toda prisa me lleva por este pasillo donde puedo ver los boquetes y manchas de agua trasminada en el techo. Qué lamentable, qué deprimente el servicio de salud pública en mi patria humana y generosa.

Hospital paupérrimo a pesar de pertenecer al poderoso sindicato magisterial. Cuento las lámparas, pierdo la cuenta, canto cualquier tontería para paliar la ansiedad, me pregunto si el camillero será tan guapo como me lo imagino detrás de esa máscara de fieltro. El camino me parece eterno. Tengo miedo. Si salgo con vida del bisturí quizás no sobreviva a la sepsis de un nosocomio sucio, descuidado, maloliente, fruto de la rapiña y la mala administración sindical.

Mi mujer me alcanza en el área de preparación, antesala del horror, escala previa al recinto de cirugía donde el doctor Lozano hará lo posible por zurcir mi sufrido recto. "Vas a quedar como señorita", bromea Rosalinda. "Cuidado y te quito los pretendientes", le respondo. Me rodean tres mujeres en sendas camillas, se recuperan de misteriosas intervenciones. Veo sangre en sus sábanas, escucho ayes de dolor conforme la anestesia va cediendo. Me tranquiliza el bip intermitente de los aparatos que monitorean las funciones vitales de las convalecientes, de las incansables lloronas.

Media hora entre quejumbres, casi al límite de mi paciencia, y de pronto, desde algún lugar allá en el fondo, gritan: "traigan a Joaquín". Es la voz de Lozano. El mismo que en la consulta de evaluación me confirmó la necesidad de meter cuchillo en mis entrañas, pero que me embarró la realidad de un país cayéndose a pedazos: "pues, efectivamente, la cirugía es muy sencilla, quince minutos y su problema de prolapso rectal quedará resuelto, sólo tenemos un problema". "¿Un... problema?", finjo no entender. "Así es --prosigue el especialista--: si no tengo el equipo adecuado para mí y mi gente no puedo exponerlos a semejantes riesgos; la clínica se encuentra en una severa crisis financiera, como nadie le quiere fiar es posible que no me lo consigan. Si no me lo consiguen, suspendo la operación en el último momento. ¿Entiende?"

De entender, entiendo perfectamente. Pero no lo acepto. Y como no tengo alternativa porque pobre soy y Lozano es bueno con el cuchillo, mejor cerré la boca, apreté las mandíbulas y acepté sin chistar semejante humillación. Salí feliz a la calle, mi mujer me pregunta cómo me fue con la valoración. Estoy desbocinado del tesorito y ya me lo van a coser, pero me han desconchiflado el amor propio. Así, violado en mi orgullo de activista de pocas pulgas, aquí vine a caer: al blink blank de las maquinitas electromecánicas con olor a cloroformo, al borbotear del oxígeno en un frasco manoseado, al biiip de los monitores, al ay de las damas anónimas, y al plac ploc de la camilla que ya me lleva en cámara lenta al quirófano donde me esperan los cirujanos perfectamente equipados para intervenir al monstruo.