322 ° DOMINGO 22 DE FEBRERO  2004
Una artista que hace visible lo invisible
La sonrisa de
Arundhati Roy

LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

En una ocasión, el diario The Guardian le preguntó a la escritora india Arundhati Roy si se veía a sí misma como abanderada del movimiento antiglobalización. Ella respondió: sólo si puedo decir algo sencillo, algo complicado y algo mágico.
Creció sin padre, sin casta, sin clase y sin religión alguna. Pero con una madre rebelde que le abrió el camino.
Para la autora de El dios de las pequeñas cosas, la esperanza de rescatar al mundo está en el arte: "Lo que está ocurriendo en el mundo yace, en este momento, justo fuera del reino del entendimiento humano común. Son los escritores, los poetas, los artistas, los cantantes, los cineastas los que pueden hacer las conexiones, los que pueden encontrar maneras de traerlo al reino del entendimiento común. Los que pueden traducir los diagramas de flujo y los discursos de salas de juntas en historias reales sobre gente real con vidas reales"

Fotografía: Magnus WennerhagArundhati Roy sonríe. Tiene frente a sí más de 80 mil personas. Lleva puesto un vestido blanco. Es 16 de enero en Mumbai. Ella es una de las voces que inauguran el Foro Social Mundial (FSM). La multitud la ovaciona.

La autora de El Dios de las pequeñas cosas se alegra. Toma el micrófono ante varios centenares de escuchas. Va ataviada con un vestido negro. Es 18 de enero. Es una de las oradoras más escuchadas en la reunión de Mumbai Resistance, el encuentro rival del Foro. Los delegados le aplauden.

En su discurso del 16 de enero la escritora india llamó a realizar acciones que cambiaran realmente el mundo hasta hacerlo otro. Si la movilización de 10 millones de personas contra la invasión imperialista de Irak no logró detenerla, dijo, no es porque las movilizaciones no sirvan, sino porque es necesario llevarlas más lejos. Lo que "necesitamos urgentemente", señaló, es "enfocarnos en blancos reales, librar batallas reales e infligir un daño real". De lo que se trata es de avanzar en la elaboración de las "estrategias de resistencia" en la práctica, o de lo contrario, advirtió, todo se reducirá a "un teatro político" y se convertirá en "un activo para nuestros enemigos".

Dos días después, con los delegados de Mumbai Resistance, Arundhati afirmó que esperaba que el presidente George W. Bush tuviera el mismo destino de Saddam Hussein. El iraquí, dijo, seguramente merece ser juzgado por crímenes contra la humanidad. Esa es la suerte que deben correr todos sus cómplices en Estados Unidos y Europa. Aplaudir la captura de Hussein y justificar la invasión y ocupación de Irak, aseguró, es como deificar a Jack El Destripador por deshacerse del Estrangulador de Boston.

No son muchas las personalidades que pueden hablar en ambos foros. Mucho menos las que son reconocidas como una autoridad. Arundhati es una de ellas. Sus vehementes y combativos ensayos le han abierto muchas puertas. Su compromiso a fondo con diversas luchas sociales le hicieron ganar el respeto de los más escépticos activistas. El eco de sus palabras de enero retumba aún en las páginas de Internet. Sus intervenciones son parte central del debate que atraviesa el movimiento altermundista en un momento en el que busca precisar su perfil y su futuro. De hecho ya lo eran desde antes. Sus ensayos y conferencias se han convertido en reconocido material de lectura desde el 11 de septiembre de 2001.

Eso no significa que su escritura guste a todos. Por el contrario, la lista de sus detractores es amplia. No faltan quienes, usando anteojos de la Guerra Fría, la ven como una especie de Juana de Arco roja que cuestiona los valores de la democracia occidental y la economía de mercado. En esta dirección se ubica Ian Bruruma quien, en la revista The New Republic (abril 2002), señaló: "Roy se ha convertido en la perfecta voz del Tercer Mundo para expresar sentimientos antiestadunidenses, antioccidentales e incluso antiblancos. Esos sentimientos son albergados en los corazones de los intelectuales en cualquier lugar, incluido Estados Unidos".

Curioso destino para alguien, que, como ella, fue acusada por el veterano dirigente del Partido Comunista de la India-Marxista, E. M. S. Namboodiripad, de escribir una novela que no es más que propaganda anticomunista.

En julio de 2001, el periódico inglés The Guardian le preguntó a la escritora si se veía a sí misma convertida en abanderada del movimiento antiglobalización. Ella respondió: sólo si puedo decir algo sencillo, algo complicado y algo mágico. A juzgar por lo sucedido en Mumbai, Arundhati afirma cosas sencillas, complicadas y mágicas.

La escritora

En 1997 India celebró el 50 aniversario de su independencia de Inglaterra. En esa misma fecha Arundhati Roy saltó a la fama con la publicación de su novela El Dios de las pequeñas cosas. Ese mismo año obtuvo el prestigiado Booker Prize. Se convirtió así en la primera mujer india y en el primer escritor indio no expatriado laureado con ese reconocimiento. Quince años antes, el también escritor indio Salmon Rushdie había ganado el premio con su novela Midnight’s Children.

El éxito del libro fue instantáneo. En abril de 2001 se habían vendido más de 6 millones de copias y había sido traducido a 40 idiomas. John Updike comparó la incursión de Arundhati en la literatura con la presencia alcanzada por Tiger Woods en el golf.

De la noche a la mañana, una arquitecta de profesión, instructora de aerobics, que había trabajado vendiendo jugos en la playa, emigrado a Delhi, sobrevivido con la venta de un anillo a cambio de 500 rupias y un licuado de plátano, y escrito guiones para cine, se convirtió en una de las hijas favoritas de la India y una celebridad internacional.

Arundhati Roy nació en 1961 en la provincia India de Bengala. Creció en una comunidad sirio cristiana del estado sudoccidental de Kerala, lugar que, según dice ella, es el hogar de las cuatro religiones más grandes del mundo: Hinduismo, Islamismo, Cristianismo y Marxismo. No fue a la escuela hasta que tuvo 10 años y asistió a un centro educativo fundado por su madre. Ella fue su primera estudiante.

Su madre, una educadora, rebelde como ella, que ganó un juicio en 1986 que permitió a las mujeres heredar, es divorciada. Arundhati creció sin padre. En Kerala, afirma la escritora, si alguien no tenía padre se consideraba que no tenía linaje, se era una persona sin domicilio.

La vida en esa pequeña villa –contó la escritora a David Barsamian en una entrevista publicada en The Progressive– "era una pesadilla para mí. Lo único que quería hacer era escapar, salir, nunca tener que casarme con alguien de allí. Por supuesto ellos no se morían por desposarme. Yo era lo peor que una muchacha podía ser: delgada, negra e inteligente".

La experiencia la marcaría. Creció sin padre, sin casta, sin clase y sin religión alguna. A los 16 años dejó su aldea para hacer su vida. Desde entonces ha pasado su vida entera luchando contra la tradición. Se niega a ser un ama de casa tradicional.

Aunque no tenía el apoyo económico para convertirse en escritora y nunca vivió soñando en convertirse en artista, terminó su novela. Tenía una computadora y le gustaba escribir en ella. Trabajó en el manuscrito durante cuatro años y medio, de 9 de la mañana a 3 de la tarde. Disfrutó haciéndolo.

Escribir era una ceremonia privada en la que vaciaba lo que estaba en su cabeza. No escuchaba música mientras redactaba como si dibujara un plano. "Salía como humo", dijo. Comenzó a trabajar con una imagen en la cabeza: un automóvil plymouth color azul cielo con dos gemelos adentro, y una manifestación marxista rodeándolo. No enseñaba el texto a nadie. Después de trabajar en él durante dos años y medio, descubrió que allí efectivamente había algo. "Un día desperté y ordené cómo creía que el libro debería progresar. Allí fue cuando me di cuenta de que tenía que retomar todo el humo que salía de mi y terminar el libro", comentó a la revista The Rediff Special. En todo el libro sólo cambió dos páginas.

Insegura –"no tengo mucha educación y no he vivido en el extranjero", dijo– entregó el manuscrito a un editor de Harper Collins en India. El libro se volvió un éxito instantáneo.

La felicidad es un arma caliente

Arundhati Roy sonríe en Mumbai. Lleva el pelo corto en una sociedad que hace del cabello largo un fetiche. Si la alegría es un dispositivo que nos liga al mundo, si es indisociable de lo común y de la vida inmanente, entonces, la alegría es su vínculo con los otros. Sonríe mientras habla, sonríe cuando escucha a otros oradores, sonríe mientras camina. Es una mujer feliz. Y su sonrisa alumbra su rostro.

Según Christian Science Monitor, la escritora ha estado en varias listas de las "50 mujeres más hermosas del mundo". Uno de los "secretos" de su vida es vivirla rehusando ser una víctima. Otro es no permitirse ser infeliz. Otro más es que hay que tener en mente la propia insignificancia.

Fotografía: AFPCondenada por la aldea de Kerala a la desdicha y a ser eterna víctima, Arundhati enfrentó a sus críticos divirtiéndose. Entrevistada por The Guardian, la activista recordó cómo sus paisanos nunca podrán perdonarles a ella y a su madre el no haber sido infelices por no tener padre y marido. "El asunto central de la lucha feminista es que tiene que haber diversión al final del túnel. Una no quiere esta imagen de mujer sufrida, oprimida y golpeada.... Es un juego de sobrevivencia, y si te permites a ti misma ser infeliz, lo pierdes todo... Creo que es importante vigilar las fronteras de tu felicidad, entender las fuentes de la alegría y protegerlas".

Y aunque no pierde el buen humor, no por ello deja de enojarse e indignarse. Así sucedió con una demanda legal en su contra por el cargo de obscenidad por la descripción de una escena de su novela en la que un Dalit (intocable) hace el amor con una mujer de una casta superior. Sus críticos creen que esa narración es repulsiva y ofensiva para la decencia pública. Sabu Thomas, el abogado que la demandó, alegó que esos pasajes eran una afrenta a la moralidad, cultura y tradición de la India.

Esa felicidad camina de la mano de su sentimiento apasionado por la justicia. "La gente dice que soy muy apasionada. Bueno ¿si no te apasionas con 40 millones de personas que son desplazadas y pierden sus trabajos, entonces con qué se puede uno apasionar?"

Esa combinación de pasión y justicia le han llevado a escribir sobre los grandes problemas de India y del mundo con una claridad y fortaleza notables. Y la han impulsado, también, a combinar la palabra con la acción. Arundhati escribe desde las barricadas, desde la acción en la que se involucra, desde la desobediencia civil en la que participa, desde la cárcel en la que fue arrestada y desde la experiencia de los tribunales ante los que ha tenido que comparecer por distintas acusaciones.

Escribir, afirma, la conduce a través de su vida, y cree en su escritura mucho más que en cualquier otra cosa de sí misma. ¿Escritora comprometida? Roy rechaza el término. "No veo gran diferencia entre El dios de las pequeñas cosas y mis escritos que no son ficción". Hay incluso quien juzga que la novela es mucho más rebelde que sus escritos políticos.

El peso que estos ensayos han adquirido radica en su capacidad para explicar con lucidez y belleza cuestiones centrales de estos tiempos. "Lo que está ocurriendo en el mundo yace, en este momento, justo fuera del reino de entendimiento humano común. Son los escritores, los poetas, los artistas, los cantantes, los cineastas los que pueden hacer las conexiones, los que pueden encontrar maneras de traerlo al reino de entendimiento común. Los que pueden traducir los diagramas de flujo y los discursos de salas de juntas en historias reales sobre gente real con vidas reales. Historias sobre lo que se siente perder tu hogar, tu tierra, tu trabajo, tu dignidad, tu pasado, tu futuro a una fuerza invisible. A alguien o algo que no puedes ver. Que no puedes odiar. Que no puedes imaginar.

Hoy, nos ofrecen un nuevo espacio. Un nuevo reto. Nos ofrecen oportunidades para un nuevo tipo de arte. Un arte que haga palpable lo impalpable, que haga tangible lo intangible, y lo invisible visible. Un arte que saque la adversidad incorpórea y la haga real".

Sus escritos políticos han levantado ámpula. En El final de la imaginación reflexiona, a contracorriente de la opinión pública de su país, sobre las pruebas nucleares en la India. En El máximo bien común, aborda la problemática social generada por la construcción de grandes presas y cuestiona el modelo de desarrollo neoliberal ("es una forma de fundamentalismo creer que éste es el único progreso existente"). En La política energética y el poder, o la reencarnación de Rumpelstiltskin denuncia la privatización y venta a grandes compañías trasnacionales del sector energético y el abastecimiento de agua. En La guerra es paz desenmascara los intereses que guían la actual guerra contra el terrorismo. En La damas tienen sentimientos, Así que... ¿debemos dejar todo en manos de los expertos? cuestiona la idea de que sólo los tecnócratas pueden opinar sobre asuntos como la globalización de la economía, el nuevo orden mundial o la destrucción de los sistemas ecológicos, al tiempo que cavila sobre el futuro de India y deposita en el arte la esperanza de salvación humana.

Todos estos ensayos están escritos en una prosa espléndida, llena de imágenes. Una escritura que se alimenta de autores como John Berger, Noam Chomsky y James Joyce. De su lectura resulta evidente que hay una unidad básica entre ellos y su novela. No en balde, Salman Rushdie ha dicho: "La polémica que provocan los ensayos de Arundhati Roy es necesaria e importante. Ella combina la información y la inteligencia, la audacia para descubrir los negocios encubiertos bajo la máscara de progreso. Yo saludo su valor y su inteligencia".

Mi fama me usa

Enemiga del sistema de castas, rechaza disfrutar de privilegio alguno. "Nunca hago algo por ser una celebridad –asegura. Lo hago por ser una ciudadana. No me quiero presentar como la voz de los que no tienen poder. Pero ahora tengo un espacio que no tienen muchos de los que piensan como yo. Estoy permitiendo que mi fama me use."

Partera del entendimiento, Arundhati rechaza la separación artificial entre ser escritora y ser activista. Para ella no hay separación entre una y otra cosa. Ella es, antes que nada, un ser humano a la que incumbe todo lo que ocurra en este mundo. Comprometida directamente con acciones de resistencia civil ha pasado por cárceles y juzgados. Donó el premio que recibió por El dios de las pequeñas cosas (cerca de 30 mil dólares) al Narmada Bachao Andolan una organización de base que lucha en contra de la construcción de grandes presas en los estados de Madhya Pradesh, Maharashtra y Gujarat. Agrupa pueblos indígenas (Adivasis), agricultores de las castas superiores, Dalits y clases medias. La escritora es una comprometida militante del movimiento, una de las más destacadas experiencias de resistencia a la globalización neoliberal.

Este compromiso hacia fuera, considera ella, es tan importante como el que debe de tenerse con uno mismo. La política personal y lo que se hace día a día es tan importante como la globalización, y la oposición al poder debe acompañarse de la negativa a usar el poder en las relaciones personales. Uno se opone tanto por la forma en la que vive tanto como por lo que se dice y se hace, asegura.

Alejada de la política de izquierda tradicional, Arundhati asegura que "lo que necesitamos buscar y encontrar, lo que necesitamos pulir y perfeccionar hasta convertirlo en algo majestuoso y reluciente, es una nueva manera de hacer política. No la política del gobierno, sino la política de resistencia". Es que, asegura, "la única forma de tener bajo control el poder es oponérsele, nunca buscar tenerlo. La oposición es permanente. La única cosa que vale la pena globalizar es el disenso. Es la mejor exportación de India".