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México D.F. Domingo 25 de enero de 2004

Angeles González Gamio

Un destino compartido

Es indudable que la Universidad antes Real y Pontificia, ahora Nacional Autónoma, y la ciudad de México, han compartido un destino; es difícil imaginar la vida de la una sin la otra. Sólo habían transcurrido tres décadas desde que Hernán Cortés venciera la valerosa resistencia de México-Tenochtitlán, cuando ya Felipe II emitía las cédulas reales que ordenaban la creación de la Real Universidad de México en la capital de la Nueva España, que vendría a ser la primera en el continente americano.

En 1553 se da la primera cátedra, y a partir de entonces la universidad comienza a hacer sentir su presencia en distintos ámbitos de la vida de la ciudad de México. Se empieza a formar una elite cultural que, entre otros aspectos, va a exigir gusto y calidad en las construcciones, tanto particulares como públicas, ya que los egresados de la institución van a ocupar -después de los peninsulares- los mejores cargos dentro del gobierno.

Su influencia se va a sentir también en la vida intelectual; la imprenta, igualmente la primera en nuestro continente, añade a la producción de libros de carácter religioso, otros temas que demandan los universitarios para sus estudios.

Son varios los edificios que la universidad va ocupando a lo largo de los siglos; entre otros, el que muchos consideran que fue la primera sede, ubicado en la esquina de Moneda y la Plaza Seminario, hoy Manuel Gamio. Actualmente el bello edificio, que se redificó en el siglo XVII, lo ocupa el Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad (PUEC), que acaba de publicar un hermoso e interesante libro, que lleva el título que encabeza esta crónica: Un destino compartido. 450 años de presencia de la universidad en la ciudad de México. Coordinado por Manuel Perlo, contiene una introducción de Vicente Quirarte y excelentes ensayos de especialistas, como Luis Ortiz Macedo, Teodoro González de León, Felipe Leal, Guillermo Boils y el propio rector Juan Ramón de la Fuente, entre otros. La erudición de los participantes nos permite conocer la historia de la universidad, desde que se emitieron las cédulas reales hasta nuestros días. Para los que nos seduce el siglo XVI, resulta fascinante conocer quiénes fueron los primeros propietarios de los predios donde habría de levantarse la novel universidad.

El ensayo de Ortiz Macedo nos lleva al año 1521, cuando le fue otorgado el solar a uno de los conquistadores que llegó con Hernán Cortés, llamado Pedro González Trujillo, por lo que la actual calle de Seminario llevaba su nombre, así como Moneda recibía el nombre de Martín López, quien poseía el lote contiguo que daba a esa vía. A partir de ahí don Luis nos va relatando los cambios de propietario, hasta que se instaló en ese lugar la universidad, a mediados del siglo XVI.

Imposible evitar la nostalgia al conocer la descripción y ver las imágenes de la que fue la sede de la universidad de 1584 a 1910. Ubicada en la Plaza del Volador, fue destruida por órdenes del Ministerio de Instrucción Pública. En esa fecha se reabrió la institución, tras haber permanecido cerrada durante el porfiriato, e irónicamente lo hace destruyendo la antigua sede, que contenía sus orígenes.

El libro nos da un deleitoso recorrido por los edificios que ocuparon las escuelas y facultades, cuando la universidad estaba en el ahora llamado Centro Histórico, entonces denominado por muchos barrio universitario, del que platica en sabrosa crónica autobiográfica Teodoro González de León. Otros artículos nos ilustran sobre el cambio a Ciudad Universitaria, con la detallada descripción de su planeación, ejecución y vida actual, como el excelente texto de Felipe Leal.

El rector cierra el libro con una síntesis histórica que concluye con la universidad de nuestros días. La rica información está acompañada por imágenes magníficas. Fotos del pasado nos hacen revivir momentos trascendentes, como el movimiento que dio lugar a la autonomía universitaria, o la célebre marcha que encabezó el rector Javier Barros Sierra en 1968. Hay planos, reproducciones de grabados y pinturas de siglos pasados, que nos muestran la universidad en diferentes momentos y la vida que la rodeaba; es en verdad un libro imprescindible.

Y, hablando de novedades, recientemente se abrió en el Centro Histórico, en la calle de Isabel La Católica 84, el restaurante-galería Las Arracharras, con sabrosa comida mexicana y la cálida atención de su dueña, la pintora María Elena Ramos. Los sábados hay venta de arte y obsequian una copa de vino. Muy recomendables los chiles rellenos de queso gouda y el cabrito con guacamole.

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