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México D.F. Domingo 19 de octubre de 2003

Rolando Cordera Campos

Cárdenas

Mañana será develada una estatua del general Lázaro Cárdenas en el Partido Revolucionario Institucional. Tardía como es, la ceremonia no dejará de remitirnos a la fuerza de la memoria y al carácter corrosivo del olvido cuando de hacer política se trata. Pasar por encima de la historia, sobre todo cuando se trata de la historia de uno, se paga caro tarde o temprano. Y es ésta una parte dolorosa de la historia mexicana del siglo XX, poco gloriosa en realidad, pero por un buen tiempo cargada de promesas e ilusiones, expectativas y gestas inolvidables, como la que protagonizaron el presidente Cárdenas y los suyos en la segunda mitad de la terrible década de los 30 del siglo pasado.

Cárdenas fue fiel a esa memoria y su vida cívica ejemplo perdurable de coherencia con esa historia y sus posibilidades. Al trazar el camino para un México menos extremoso y un poco más justo, el general sentó también las bases de una civilidad que se construyó a duras penas y altos costos, pero que al final pudo explayarse en la reforma política del último cuarto del siglo XX y culminar en la democracia que hoy busca afirmarse como código central en el litigio político y social, así como en el ejercicio del poder. Más que de transición, hay que hablar ahora de una construcción política y cultural difícil, y de nuevo a contrapelo de los cambios voluptuosos de un mundo implacable que arrincona identidades y recuerdos, desmorona referencias que se imaginaban imperturbables y nos arroja a una especie de molino cruel que no ofrece esperanza a nadie, así sea mediante estrafalarias citas transoceánicas en busca del "rencauzamiento" de una amistad en la que se cifraron caras y vanas ilusiones en el camino corto y milagroso.

Volver los ojos a Cárdenas no tiene por qué significar volver atrás, mucho menos desandar los pasos dados. La mirada del michoacano siempre quiso ser de futuro, aunque sin falta recordase la importancia del pasado para alumbrar la invención del porvenir. Difícil es hablar hoy de futuro, cuando lo que manda es la confusión sobre lo que significa el presente, pero entre otras de sus lecciones, la del general insistiendo en organizar al pueblo y defender las instituciones, resulta pertinente como pocas veces antes. Sin esa pareja, en que él buscó fincar su política de reforma económica y social, así como afirmación nacional, nada se hubiera hecho, o nada de aquello perviviría.

Sin el Estado y sus organismos de masas, pero a la vez sin la decisión desde el gobierno de poner ambos al servicio de un proyecto renovador nacional que no dejase para después la inclusión popular aún en el formato corporativo que resultó, las reformas de los años 30 hubieran sido en vano y el país se habría enrolado en la triste ronda del golpismo y la inflación sin tregua que caracterizó a buena parte de la historia latinoamericana de la segunda posguerra. Con todo y sus enormes deficiencias históricas y políticas, la nuestra pudo ser otra senda, gracias a la cual, en medio de la tormenta global de fin del milenio, se pudo hacer el cambio político, traer a la mesa a la democracia y hasta presumir, por un breve lapso, de que en la economía se empezaba a vivir otra trayectoria.

Los recuerdos del general no son propiedad de nadie en particular y los pueriles intentos por reducirlos a una corriente superada por la historia y la modernidad mexicanas, en los que se empeñan el panismo y una extraña corte de epígonos y coristas del revisionismo histórico, no irán muy lejos. Pero, a la vez, sólo mantendrán su aliento histórico si se recupera aquella visión ambiciosa de la política de combinar la construcción y ampliación del Estado con la incorporación del pueblo a las tareas y los frutos del desarrollo, que a su vez tendría que basarse en la más eficaz utilización productiva de la riqueza nacional.

Más que un nacionalismo de encierro, el de Cárdenas fue uno de apertura, de búsqueda de una relación diferente con el mundo, y de audaces intentos por no clausurar la política de masas en una regimentación absurda, pero no por ello menos tentadora. Por eso, tal vez, la democracia seguía presente en el discurso nacionalista aunque luego fuera asignatura siempre pospuesta, so pretexto de la defensa nacional, hasta llegar a los extremos grotescos del 68. En ese año, por cierto, Cárdenas dio muestras imborrables de congruencia política e histórica al reclamar el respeto a la Constitución, exigir la libertad de los presos políticos y al mismo tiempo advertir sobre los peligros que se cernían sobre un Estado debilitado y autista que creía que con órdenes sumarias podían cerrarse las heridas y volver al sueño ridículo de una unidad basada en la voluntad de un solo hombre.

El país de un solo hombre ya era en realidad una ilusión, pero una ilusión destructiva que amenazaba volverse fuerza política cuando Cárdenas lo liquidó con una decisión valiente y certera; resultaría lamentable que la recuperación de su memoria quisiera ser usada hoy para olvidarnos de eso. La unidad nacional en la que Cárdenas creía y buscaba tenía otras coordenadas y, desde luego, otra mirada. No se compadecía con el abuso del poder ni con la simulación en el trato con los poderosos del dinero y la riqueza. Quería incorporarlos y hacerlos parte de un proyecto, pero no al costo de la subordinación o la entrega de las capacidades y recursos del Estado, en aras de una fantasía restauradora.

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