Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Lunes 20 de enero de 2003
  Primera y Contraportada
  Editorial
  Opinión
  Correo Ilustrado
  Política
  Economía
  Cultura
  Espectáculos
  CineGuía
  Estados
  Capital
  Mundo
  Sociedad y Justicia
  Deportes
  Lunes en la Ciencia
  Suplementos
  Perfiles
  Fotografía
  Cartones
  Fotos del Día
  Librería   
  La Jornada de Oriente
  La Jornada Morelos
  Correo Electrónico
  Búsquedas 
  >

Cultura

Teresa del Conde

Alfredo Zalce. In memoriam

El domingo 12 de enero Alfredo Zalce cumplió 95 años. Era, hasta donde sé, el decano de la pintura mexicana, y junto con Raul Anguiano, el último muralista vivo en el contexto de la Escuela Mexicana, pues murales de otra tónica e índole han seguido haciéndose. Y aunque entre Zalce y Anguiano hay una década de diferencia en edad cronológica, ambos pertenecían a la tercera generación de muralistas. No es que los murales de Zalce con el tema de la Independencia en el palacio de gobierno de Morelia sean excelentes, pero cumplen su cometido, al igual que los de su colega José Chávez Morado, en Guanajuato, aunque los de este último pintor, que también llegó a alcanzar avanzada edad, sean más orozquianos que los de Zalce.

La última exposición importante del anciano maestro tuvo lugar en 1995, en el Museo de Arte Contemporáneo de Morelia, que lleva su nombre y del cual durante un tiempo fuimos consejeros, por moción de Saul Juárez -entonces director del Instituto Cultural Michoacano-, Jorge Alberto Manrique, Manuel Felguérez y yo.

Entre las pinturas de caballete que conozco de su mano (fue muy prolífico) recuerdo con especial agrado una escena costumbrista que Agustín Arteaga y yo pudimos un día ver en la muestra preliminar a cierta subasta pública. Debido a unos donativos realizados por la Sociedad Pro México pudimos adquirirla para el acervo del Museo de Arte Moderno, donde ahora se encuentra. Se titula La carnicería. Es un cuadro figurativo de género, pero lo que agrada sobremanera del mismo es su excelente factura pictórica.

Inés Amor guardó una estimación genuina por El Güero Zalce. De sus memorias, recopiladas en 1976 por Jorge Alberto Manrique y por mí, y publicadas en nuestro libro Una mujer en el arte mexicano, próximo a reditarse por el Instituto de Investigaciones Estéticas, reproduzco lo siguiente: ''Trabajó en grabados al linóleo que fueron utilizados para sets de películas, siempre maravillosos. Nunca fue rico (...) Los daba, puede decirse, a precios de regalo. Hacía pequeñas ediciones cuidadosamente numeradas, de un oficio inigualable y factura impecable".

El hermano de Alfredo Zalce también se trasladó de Michoacán a la ciudad de México cuando joven. Se llamaba Horacio Zalce y estudió medicina en la UNAM.

A pesar de que la vida de este artista estuvo teñida por la tragedia a partir de la muerte de su primera esposa (casó, creo tres o cuatro veces) él tuvo siempre buen ánimo, era estupendo conversador e impulsor de artistas jóvenes. No dejó de experimentar: durante el último lustro practicó la escultura, pero el tiempo de vida le alcanzó desafortunadamente para sufrir una pérdida más, la peor de todas, a la que no quiero referirme en esta ocasión.

Sus trabajos tenían y tienen buen mercado en Estados Unidos, y como grabador fue uno de los artistas que con mayor maestría utilizó el color.

Contaba espeluznantes historias sobre la Guerra Cristera, que en más de una ocasión escuché fascinada en su taller de Morelia; participó en las Misiones Culturales de Vasconcelos; fue miembro fundador de la LEAR y del Taller de Gráfica Popular. La bibliografía que existe sobre su obra es bastante amplia. Descanse por fin en paz, estimado maestro.

Números Anteriores (Disponibles desde el 29 de marzo de 1996)
Día Mes Año