Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 1 de septiembre de 2002
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Política
Guillermo Almeyra

El efecto brasileño

Las elecciones en Brasil tendrán fuerte influencia sobre el futuro de Uruguay, Argentina y Paraguay (además del de Bolivia, fuertemente ligado al curso de la política argentina y brasileña). Luiz Inacio da Silva, Lula, candidato del Partido de los Trabajadores (PT), encabeza siempre las encuestas, pero su triunfo está lejos de estar asegurado.

La escasa politización de la mayoría de los brasileños, unida a la miseria de vastos sectores que podría llevarles nuevamente a vender su voto, se agregan al intento deliberado de Lula de conseguir votos en la derecha y en el centro, mimetizándose, coqueteando con los terratenientes, las finanzas y el Fondo Monetario Internacional (FMI), echando abundante agua sucia al programa de su partido, ofreciendo incluso lo imposible, lo que no depende ni jamás ha dependido de él ni de ningún gobierno, como impedir la ocupación de latifundios por el Movimiento de los Sin Tierra (MST que, dicho sea de paso, votará presumiblemente por él). Si Lula ganase, sería a pesar de sus declaraciones, de su política, de su programa, y porque los trabajadores y campesinos, hartos de los efectos de las políticas neoliberales, votarían por el cambio y no por Lula y buscarían cambiar a pesar de éste. Ciro Gomes, otro candidato con posibilidades, es un clásico ejemplar del populismo de derecha, como lo fue Vicente Fox o lo es Adolfo Rodríguez Saa, en Argentina y, por lo tanto, no asusta ni al FMI ni a Washington que fomentan la proliferación de esa especie. En cuanto a Serra, brazo derecho del presidente Fernando Henrique Cardoso, sería la continuidad tanto de lo malo del cardosismo, que es neoliberal "juicioso", como de la resistencia nacional-conservadora del mismo al Area de Libre Comercio de América. Todo depende, por consiguiente, de la capacidad de la izquierda del PT de contrarrestar el efecto desmoralizador y desmovilizador de la campaña de Lula, y de la voluntad política de los trabajadores de sacarse de encima al mal recontraconocido para votar por alguien que no les atrae mucho. Sea cual fuere el resultado electoral, sin embargo, la prolongación de la recesión estadunidense y las medidas imperiales de Bush para sacar a su país del atolladero y frenar su pérdida de hegemonía, mantendrán la resistencia nacional contra Washington de sectores importantes de la gran burguesía brasileña y, por supuesto, de vastos sectores de la población de ese país. Esa resistencia será tanto más grande cuanto que no existe una amenaza social inmediata para el régimen capitalista, que nadie -ni el PT, ni el MST ni la Central Unica de los Trabajadores petista- plantean y, mucho menos, organizan. Porque, aunque las llamadas burguesías nacionales se han debilitado considerablemente con la mundialización y han crecido enormemente los sectores locales que forman parte del capital financiero internacional y siguen por convicción e intereses la línea que dicta Washington mediante el FMI, los capitalistas siguen siendo heterogéneos y entre ellos, en los países medios como Brasil y Argentina, hay algunos que buscan espacios propios, sobre todo cuando no tienen una amenaza social inmediata y pueden apoyarse, por lo tanto, en una fuerza social ajena y opuesta, pero aún desorganizada. Con Lula o incluso con Serra, Brasil seguirá pues reluctante frente a Estados Unidos y eso influirá en Argentina, y en las clases medias uruguaya y paraguaya (los trabajadores de esos países ya están movilizados contra la política neoliberal).

Resulta, por lo tanto, particularmente ciego el sectarismo de parte de la izquierda argentina que, de modo esquizofrénico, espera el triunfo en Brasil del PT (que es un frente que incluye derechistas, que es reformista y que está electoralmente unido con sectores de la derecha), pero pone cara de asco en Argentina ante la posibilidad de un frente entre Elisa Carrió, los socialistas reformistas, el grupo radical de Luis Zamora y la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), que es nacionalista radical. Esa llamada "izquierda" ve a esos grupos, particularmente a la CTA (a cuya dirección califican incluso de "charra", "corrompida" y "derechista" cuando Víctor de Gennaro es un ejemplo típico de la izquierda peronista) como enemigos, cuando ese frente en formación llama a toda la izquierda a unírsele en una movilización que haga posible la renovación total de todos los cargos electivos institucionales y unas elecciones generales que acompañe una Constituyente Popular, convocada con o sin permiso del Parlamento, y ha convocado además a un paro nacional. Cuando el populismo de derecha de Rodríguez Saa -la derecha peronista, más los antiperonistas de derecha, como Mariano Grondona, más los golpistas derechistas carapintadas como Aldo Rico- aparece como principal candidato del peronismo y podría arrastrar votos populares con su falso nacionalismo, un frente electoral que se base en movilizaciones y plantee una constituyente popular puede ser la única alternativa. Sobre todo si define y propaga un programa común con claro contenido social y se basa en la lucha por el trabajo para todos y la eliminación de las condiciones del hambre y de la dependencia nacional.

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