Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Jueves 9 de mayo de 2002
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Política

Adolfo Sánchez Rebolledo

Entre la violencia y el desencanto

El espejo del 11 de septiembre devolvió al mundo una imagen incierta, gris, amenazante de sí mismo, que sigue empeorando. No pasa un día sin que se inicie un nuevo fuego y se abran viejas heridas. La lucha contra el terrorismo más parece el pretexto para librar una batalla decisiva por la hegemonía en la sociedad global que la defensa legítima de un país agredido. La violencia ha vuelto por sus fueros como sustitución de la política y hoy se ejerce por igual desde estados, entre y contra ellos, en las sociedades atrasadas y también en las modernas.

En poco más de 10 años, siempre en nombre de la libertad y los valores de Occidente, Estados Unidos ha reactivado los reflejos de la guerra fría, la lógica que divide a la sociedad en campos irreconciliables: el bien contra el mal, la exclusión como principio, las listas negras, las certificaciones que cancelan la igualdad jurídica de los estados. En el polo opuesto, las corrientes extremistas se refugian en el nacionalismo y la religiosidad para avasallar a los extranjeros y los infieles reconvertidos, por obra y gracia de la tecnología, en monstruos universales sin derecho a vivir. Todos apuestan a la violencia, sea de las armas quirúrgicas, o al estallido suicida del explosivo plástico.

En cambio, el diálogo y la negociación se hunden en el descrédito como fórmulas civilizadas de solución de las controversias. Ausentes las preocupaciones preventivas, la diplomacia se transforma así en el arte de las amenazas de los poderosos hacia los débiles. Se acabó la época en que los adversarios preferían un mal arreglo a un buen pleito. Obviamente, la política declina.

En nuestro propio continente latinoamericano, el verano de la democracia ha sido muy corto y demasiado frágil para lidiar con los problemas enquistados en la historia y con los que derivan de la complicada reinserción en la corriente principal del mundo capitalista. La violencia, que nunca ha desaparecido del todo, asoma a la menor provocación.

Sin embargo, el problema no está hoy sólo en el funcionamiento de los sistemas políticos que han probado su eficacia para definir quién gobierna a partir del voto ciudadano, sino en la vinculación dogmática de la democracia a un modelo de organización social y económica que convierte la necesaria modernización en un pavoroso acto depredatorio a cargo de los capitales financieros. Los estados, encerrados en el inmenso corralito creado por los intereses trasnacionales, se limitan a aplicar recetas obligatorias que no están autorizados a modificar sin graves problemas de gobernabilidad. La racionalidad del mercado, impuesta como elemento ordenador de la sociedad, ha obturado los respiraderos de la democracia en nuestros países, desautorizándola ante los ojos de millones de ciudadanos que ya no saben qué esperar de los políticos sin distinción, a no ser la danza de la corrupción acompañada de la mentira, el desempleo, la fuga de millones hacia cualquier parte buscando medios de vida.

Desde la geografía del hambre la pregunta sobre los derechos humanos adquiere un sentido que la democracia no podría dejar sin responder a riesgo de negarse a sí misma. Pero se elude tras la fachada de la retórica contra la pobreza que ni siquiera compensa los estropicios originados por el "desarrollo". El tema de la igualdad, que está inscrito en las banderas de la revolución francesa, pese a todo no puede excluirse de la visión de la democracia sin echarla por la borda.

Pero en vez de reaccionar, los partidos políticos, que debían darle cauce a la pluralidad, divagan en el chalaneo de los votos, se acomodan lo mejor que pueden sin ofrecer ideas que los distingan unos de otros, dejando que la corriente del cinismo los lleve a ninguna parte en este largo, pero muy movido, "fin de la historia".

A los ojos de muchos ciudadanos en Francia, México o Argentina las formaciones más prestigiadas sólo sirven para cocinar las ambiciones personales de los políticos, mientras mucha gente sufre inerme la degradación de sus vidas, la disolución de todo vínculo comunitario o cultural, la cancelación de las esperanzas. Pero cuidado: la crisis de la política lleva de la mano al fascismo, así se vista con el ropaje de la democracia.

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