Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 12 de abril de 2002
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Luis Bilbao

La provocación de la impotencia

La secuencias es por demás elocuente: fracaso de la huelga petrolera en la semana del 11 al 15 de marzo; como primera consecuencia directa, levantamiento de la huelga general anunciada desde fines del año pasado para el 18 de marzo; fracaso de la huelga médica iniciada ese lunes 18 y de la huelga docente que intentó acompañarla; desacuerdo público de las direcciones sindicales respecto de una nueva fecha para convocar a la huelga general. Y por fin el estrepitoso fracaso de la huelga general lanzada a comienzos de esta semana, con el dato más significativo de los últimos meses: el vuelco de un sector importante, presumiblemente mayoritario, de la dirección sindical, si no francamente a favor del gobierno, al menos en contra de la hasta ahora dirección hegemónica de la Central de Trabajadores de Venezuela (CTV).

Es en ese punto, de probado debilitamiento extremo para el conjunto de la oposición, cuando la CTV y la corporación empresarial Fedecámaras anunciaron que la huelga general fallida se transformaba en huelga por tiempo indeterminado. Es decir, una huelga insurreccional. Y ayer jueves, en una Caracas donde funcionó todo el transporte; todos los supermercados; todas las dependencias del Estado -y, muy en particular, la empresa Petrolera PDVESA-, todo el incontable mundo de los buhoneros y la mayor parte del pequeño comercio, el líder de la CTV Carlos Ortega y el titular de Fedecámaras, Pedro Carmona, indujeron una marcha hacia el Palacio de Miraflores, rodeado desde la noche del domingo por decenas de millares de personas dispuestas a dar la vida por el presidente Hugo Chávez. El argumento era atractivo para el público al que estaba dirigido: Chávez había sido detenido por el alto mando militar y sólo había que dar apoyo al derrocamien

to del presidente. La difusión de esa noticia falsa por los principales canales de televisión y el abierto llamado a la concurrencia a Miraflores, provocaría a la vez un choque con la base social del gobierno y no le dejaría otra alternativa que adoptar medidas respecto de los dueños de aquellos canales.

El 10 de diciembre pasado Carmona y Ortega eran la cabeza de una coalición que logró catalizar descontentos de diversos orígenes, realizó un paro exitoso y se mostró como alternativa política al gobierno de Chávez. Pero a fines de marzo la inocultable sucesión de reveses y, sobre todo, la disgregación total de la coalición opositora, le planteaban una opción de hierro al sector más tradicional de la CTV y al grupo dominante en Fedecámaras: rendirse sin condiciones y eclipsarse definitivamente, o promover un baño de sangre, provocar medidas de control de las empresas televisivas y obtener a cambio la posibilidad de presentar a Chávez como dictador. A su vez el presidente venezolano debía optar entre impedir la maniobra mediante concesiones, o pagar el precio de seguir adelante.

Los hechos están a la vista. Y auguran una nueva fase en este vertiginoso proceso político denominado Revolución Bolivariana.

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