La Jornada Semanal,  30 de diciembre del 2001                          núm. 356
László Erdélyi

El sexo censurado

Veintidós editores rechazaron el manuscrito de Dublineses de Joyce por sus pasajes “demasiado realistas” y su lenguaje “inaceptable”; el zar censuró La sonata Kreutzer de Tolstoi por su “tema escabroso” y sus “ataques a la institución del matrimonio”; Contrapunto de Huxley fue rechazada por “tratar de relaciones secuales extramaritales sin condenarlas”. Treinta años más tarde la garra censora cayó sobre Corre conejo de Updike. Un juez de Filadelfia se escandalizó con las Palmeras salvajes de Faulkner y Santuario produjo reacciones iracundas de los guardianes de la moral, que son personas de moral sospechosa, ya que sospechan de la moral de los demás.

La combinación de sexo y literatura ha sido siempre explosiva. La descripción de un acto sexual o de los genitales durante el desarrollo de una novela puede despertar las más inverosímiles reacciones, incluso furibundas pasiones. De ello derivan ataques muchas veces injustos contra obras de gran calidad literaria. Sólo así se entiende que el Ulises de James Joyce, quizá la mejor novela que se escribió en el siglo XX, haya sido censurada como obra pornográfica, al igual que otras de Voltaire, Margaret Atwood, Vladimir Nabokov, Gustave Flaubert o D.H. Lawrence, entre muchos más. Por otra parte, en el caso del Kama Sutra, Fanny Hill, o las obras del Marqués de Sade, la acumulación de actos de censura, juicios y amenazas ha llegado a ser tan larga que sería posible escribir una "historia de la censura" de cada uno de esos títulos, algo que hasta el momento no había sucedido.

El libro Literature Suppressed on Sexual Grounds de Dawn B Sova, perteneciente a la serie Banned Book que editó la editorial norteamericana Facts on File (véase El País Cultural, núm. 588), llena ese vacío al analizar caso por caso más de un centenar de libros censurados a lo largo de la historia. Cada libro tiene su ficha con los datos técnicos, un resumen de su argumento o contenido y la historia de su censura, sin ahorrar datos o referencias concretas que en muchos casos van provocan en el lector hilaridad y asombro.

Ese loco irlandés

La obra magna de James Joyce, la novela Ulises (1922), es uno de los tesoros de la literatura mundial. Pero en aquellos años no todos estaban de acuerdo sobre el valor de esta obra, sobre todo los inspectores del servicio de Correos de Estados Unidos un día nublado de 1922: quemaron quinientos ejemplares de la novela, apoyados por una decisión judicial, para evitar su ingreso al país. El motivo de la discordia eran las numerosas referencias explícitas de la novela sobre placeres físicos, sexuales, e incluso descripciones detalladas de los genitales humanos. En el texto aparecían en forma breve, fragmentaria, como monólogos interiores de los personajes.

Cuando la editorial Random House tenía la edición norteamericana casi lista, que saldría al público en 1933, otro inspector de aduanas declaró obsceno el libro, apoyándose en una ley de 1930. En el juicio, el juez Woolsey hizo historia y rechazó los reclamos de obscenidad, afirmando que los "pasajes sucios" había que verlos en el contexto de la obra como un todo, no aislados de ella. "He encontrado numerosas palabras usualmente consideradas sucias" afirmó el juez, "pero no encontré nada sucio por el mero gusto de hacerlo. Cada palabra del libro contribuye, como las pequeñas piezas de un mosaico, a elaborar al detalle la imagen que Joyce quiere construir para sus lectores". El gobierno apeló la decisión, pero las sucesivas instancias judiciales encontraron más jueces en la línea de Woolsey, que con cada dictamen volvían a hacer historia.

En cuanto a Joyce, ya estaba curtido con el tema. Su libro de cuentos Dublineses sólo pudo ser publicado en 1912 luego de numerosas demoras, dado que veintidós editores habían rechazado el manuscrito. La edición de 1912 del impresor John Falconer, con un tiraje de mil ejemplares, fue destruida por él mismo dadas de las objeciones que se hacían a ciertos pasajes demasiado, "realistas". Usando el manuscrito original, el libro fue publicado por Grant Richards en 1914.

No fue el único autor clásico que tuvo una vida difícil con los censores.

Clásicos inmorales

En La sonata Kreutzer (1889), León Tolstoi presenta a un hombre engañado por su esposa. Luego de matarla, se dedica durante toda la novela a atacar a la institución del matrimonio por amor; no hay referencias explícitas a los genitales, descripciones de actos sexuales o nada por el estilo. Lo grave, sin embargo, era el ataque a la institución del matrimonio, razón por la cual, bajo cargos de inmoralidad, fue censurado primero por el Zar de Rusia en 1889, por los inspectores del Correo en Estados Unidos al año siguiente, por Theodore Roosevelt en un artículo en que calificaba a Tolstoi de "pervertido sexual y moral", por la policía que encarceló a algunos libreros neoyorquinos que intentaron venderlo, hasta que un juez de Filadelfia paró la mano y realizó su interpretación: dijo que el libro no podía ser obsceno, porque de los argumentos del protagonista de la novela se desprendía una recomendación para practicar la castidad.

Este tipo de pensamiento moralmente preclaro llevó también a censurar la novela de Aldous Huxley Contrapunto (1928) por tratar sobre relaciones sexuales extramaritales sin condenarlas, al margen de que la novela retrataba en forma realista a los intelectuales de la sociedad londinense de los años veinte, donde había más sexo fuera que dentro del matrimonio. Los censores irlandeses de la época fueron más lejos: Huxley era "obsceno" e "indecente", dos términos que volvieron a utilizar treinta años más tarde para censurar, en 1962, a la novela Corre conejo (1960) de John Updike.

Más indecencia y obscenidad encontraron en William Faulkner. La descripción al detalle de un parto en la novela Palmeras salvajes (1939) levantó la ira de los irlandeses y de un juez en Filadelfia. Otra novela de Faulkner, Santuario (1931), también fue censurada por tratar sobre violaciones, voyeurismo y prostitución. Luego de que Faulkner obtuvo el Premio Nobel en 1950, disminuyeron las presiones.

Otras novelas muy censuradas fueron Diario de un ladrón (1949) de Jean Genet, Il trionfo della morte (1989) de Gabriele D’Annunzio, Trópico de Cáncer (1934) y Trópico de Capricornio (1939) de Henry Miller, y dos sátiras de Voltaire, Candide (1758) y La doncella de Orleans (1759), las cuales junto a su Diccionario filosófico fueron consideradas inmorales en 1909 por una corte municipal del estado de Nueva York.

Más problemático fue el libro de cuentos de Honoré de Balzac Contes drolatiques (1832) que trata temas como la necrofilia, la ninfomanía, el adulterio y funciones corporales de evacuación de orina, heces y flatulencias. Lo memorable de esta obra, sin embargo, es el humor ácido del gran novelista francés. En una determinada escena del cuento "El atractivo de una esposa", una mujer adúltera cuyos dos pequeños fueron engendrados por un cura, es encontrada en la cama in fraganti por su marido haciendo el amor con este mismo cura. Mientras el marido avanza con la espada desenvainada para matar al hombre, "ella se paró ante su marido con sus brazos abiertos, medio desnuda, su pelo revuelto, hermosa en su vergüenza, pero mucho más hermosa como mujer enamorada.

–¡Alto, hombre infeliz! –le gritó–. ¡Estás a punto de matar al padre de tus dos hijos!"

Quizá solidarios con el marido humillado, los censores actuaron contra Condes drolatiques muchas veces en Nueva York, y por supuesto en Irlanda.

Cruzando la línea

Dejando atrás los clásicos hay un grupo de obras que también podrían clasificarse como clásicos, pero de la literatura erótica. Es el caso de Fanny Hill (1748) de John Cleland, El amante de Lady Chatterley (1928) de D.H. Lawrence, y los trabajos del Marqués de Sade, Justine (1797), Juliette y Los 120 días de Sodoma, ambos publicados tardíamente en el siglo xx (1930 y 1904, respectivamente).

Los libreros del siglo xix, con buen sentido del marketing, acuñaron el término erótica para describir cierta literatura arriesgada, citando como ejemplos los poemas de Catulo, las sátiras de Juvenal, y hasta el propio Kama Sutra. Así protegieron su mejor producto, el perenne Fanny Hill, que siempre les daba muy buenas ganancias.

Fanny es una niña huérfana de quince años que llega a Londres con la idea de trabajar como sirvienta. Pero termina en el burdel, donde describe sus propias experiencias sexuales y otras que ella observa. Durante dos siglos esas descripciones fueron calificadas como obscenas, sobre todo por los numerosos incidentes homosexuales, de masturbación femenina, flagelación y voyeurismo. Un juez de la Suprema Corte de Estados Unidos observó, en 1966, que "en cada una de las escenas sexuales los cuerpos son descriptos al detalle. El vello púbico, siempre presente, es el contexto en el cual se describen la acción, la condición, el tamaño, el perfil y el color de los órganos sexuales antes, durante y después de los orgasmos". Estas críticas ignoraban algo fundamental: que su autor, Cleland, nunca utilizó un lenguaje directo sino metafórico, usando eufemismos tales como "motor", "campeón", "máquina", etcétera, con cierto toque didáctico e incluso humorístico. En realidad la pobre Fanny, que sólo busca la virtud, comete el terrible pecado de sentirse fascinada, a lo largo de toda la novela, por cierto aspecto de la anatomía masculina.

La historia de la censura de Fanny Hill es larga. De los numerosos episodios cabe destacar, por ejemplo, el primero, que llevó a su autor a la cárcel. Había transcurrido apenas un año de haberse publicado cuando el secretario de Estado británico Lord Newcastle ordenó semejante medida, porque la novela "corrompía asuntos del Rey". Detrás de esto estaba la Iglesia. Pero también Fanny Hill tiene el honor de haber sido protagonista del primer juicio de un libro por obscenidad, que se ventiló en una corte de Estados Unidos. Ocurrió en Massachusetts en 1821, y entre otros epítetos la pobre Fanny fue descrita como "poseída por el diablo" porque incitaba a los ciudadanos a tener "pensamientos lujuriosos". Tuvo que llegar el año de 1963 para que, luego de la publicación de la versión completa de la novela por parte de la editorial neoyorquina G.P. Putnam’s Sons, una acción de censura del fiscal de Nueva York fuera frenada por la justicia. Mientras se ventilaba en Inglaterra el caso Profumo, un escándalo de sexo y espionaje que llevó a una grave crisis de Estado, el juez Klein afirmó que "si los estándares de lo que la comunidad puede leer surgen de lo que aparece en los diarios, entonces las experiencias de Fanny Hill contienen muy poco más de lo que la comunidad ya ha encontrado en las páginas principales de los diarios en referencia al caso Profumo".

Un guardabosque

En el caso de El amante de Lady Chatterley, la línea que separa erotismo y calidad literaria se desdibuja mucho más, porque es una novela que retrata la amargura e insatisfacción que la industrialización y los estándares modernos provocaron en todas las clases de la sociedad inglesa. Así descubrieron, de pronto, que las relaciones emocionales y físicas que vinculaban a sus miembros, tanto en las clases bajas como en las altas, eran cada vez más artificiales, y comenzaron a transgredirlas. Por esta razón Connie Chatterley, protagonista de la novela, rompe los códigos que la inhiben socialmente y termina teniendo relaciones sexuales con el guardabosque, Mellors, luego de ser rechazada por su esposo, un aristócrata que quedó paralítico en la primera guerra mundial.

La magia del asunto es que Mellors, de la mano de Lawrence, es el único personaje de la novela que parece inmune a esa crisis de la sociedad británica. El guardabosque es un hombre natural, no contaminado por la artificialidad. Su rudeza exterior esconde a un ser de gran independencia espiritual e intelectual. Como tal, cuando los personajes hablan de su acto sexual, Mellors se refiere a los hechos de manera cruda, con un lenguaje realista, sin inhibiciones y sin intención alguna de desvalorizar el acto sexual entre enamorados. Al final ella se embaraza, se divorcia de su marido y se casa con Mellors.

La larga lista de censuras que sufrió el libro de Lawrence incluye la persecución de numerosos libreros en Estados Unidos, la acción de la nunca bien ponderada New York Society for the Suppression of Vice en 1944, una acción criminal en Inglaterra en contra de la prestigiosa editorial Penguin –que derivó en un largo juicio que llegó al Parlamento (1960)–, y un intento en Nueva Zelandia para frenar la distribución del libro por indecente (1965), que fracasó. Pero las condenas no eran unánimes. Mientras el debate se instalaba en la Casa de los Lores, le preguntaron a un noble si permitiría a su esposa leer el libro, a lo que contestó: "No tendría ninguna objeción a que ella lo leyera, pero no estoy muy seguro respecto a mi guardabosque."

El Marqués de Sade, a su vez, plantea un caso aparte. Visto en perspectiva histórica, se entiende por qué sus contemporáneos no tuvieron más remedio que meterlo en la cárcel. Al margen de los méritos literarios de su enorme obra –que los tiene–, y de la poderosa atracción que generaba su pluma, también hay que reconocer que, como provocador, Sade no tuvo igual.

Basta citar las dos novelas Justine y Juliette, publicadas en diez volúmenes. Concebidos como trabajos opuestos y complementarios, tratan la historia de dos hermanas huérfanas. Mientras Justine es la personificación de la virtud, Juliette lleva el diablo en el cuerpo. Para ella, cuanto más grande es el crimen, mayor es el placer, lo cual incluye violación, incesto, asesinato y otras perlas que no siempre trascendieron hasta las ediciones contemporáneas ya que "cuidadosos" editores, temiendo represalias, expurgaban los pasajes riesgosos para proteger la inversión. Porque uno de los procedimientos predilectos de los censores ha sido el de sacar de contexto determinados pasajes de una obra, y a partir de allí, castigar al autor, editor, o librero que hubiese participado en semejante tarea "diabólica", multándolos, enviándolos a prisión,
o secuestrando la obra.

Mentes victorianas

Cuando la novela de Stanley Kauffmann The Philanderer (1952) fue llevada a juicio porque ciertos pasajes sobre la conducta sexual del protagonista resultaban ofensivos, el juez inglés Stable abrió la sesión y dijo de entrada al jurado: "Léanlo como un libro. No saquen de contexto los pasajes fuertes. Léanlo como una unidad, como un todo. Volveremos aquí el viernes y entonces discutiremos el asunto." Antes de terminar el fiscal argumentó que la novela tenía "una clara tendencia a depravar y corromper mentes". El abogado defensor, también dirigiéndose al jurado, les advirtió que tuvieran claro en qué época vivían. Y agregó: "Piensen el impacto que ciertos pasajes podrían tener en una mente victoriana, hace ciento cincuenta años, y en la que puede llegar a tener hoy."

La mayoría de los libros censurados que aparece en este Index de la editorial Facts on File han sido censurados por pasajes sacados de contexto. El problema consiste en juzgar esos textos sin la perspectiva histórica adecuada, de acuerdo a parámetros ahistóricos. Hoy es un hecho casi risible que en el Decamerón (siglo xiv, Italia) de Giovanni Boccaccio los protagonistas de los actos sexuales son curas y monjas. Podrá molestar, pero a nadie se le ocurre iniciar una cruzada inquisidora ante semejante planteamiento. No hay que olvidar lo que significaba vivir en la Italia que ingresaba al Renacimiento, donde el gran responsable del sufrimiento de los hombres era el poderoso clero católico romano, caracterizado por la corrupción, la avaricia y la hipocresía. Con una situación social que semejaba una olla de presión a punto de estallar, la obra de Boccaccio aparecía como un escape, una salida que permitía ejercer la libertad a nivel del pensamiento sin ser quemado en la hoguera.


Algunas perlas

Un jurado integrado exclusivamente por hombres prohibió, en un juicio realizado en Boston en 1925, la novela An American Tragedy de Theodore Dreiser. El pasaje del libro donde una mujer se desnuda delante de un hombre fue considerado obsceno. Ningún miembro del jurado había leído el libro completo.

"Un hombre que conoce treinta y cinco lenguas y dialectos, en especial el de la pornografía", y una autoridad "en todo lo referente a los aspectos bestiales del hombre", fueron algunas de las frases con que Richard Burton fue calificado en Inglaterra, luego de que éste tradujera Las mil y una noches al inglés a fines del siglo XIX.

"Una franqueza sexual extremadamente radical para 1954", por ser demasiado "inmoral", por "baja calidad" o por "obsceno", fueron algunas de las razones que esgrimieron ocho editoriales de renombre para rechazar la novela de Norman Mailer The Deer Park. Tanta publicidad generaron estos rechazos que la venta estaba asegurada de antemano. La editorial G.P. Putnam’s Sons compró el libro sin leerlo y lo publicó en 1955, vendiendo cincuenta mil copias y llegando al sexto lugar en la lista de best sellers. La crítica recibió el libro con los siguientes calificativos: desleal, sin autocrítica, desagradable, vergonzoso, basura, idiotamente absurdo, e indignante, entre otros.

La novela Forever Amber (1944) de Kathleen Winsor fue acusada en una corte de Massachusetts por contener "setenta referencias al acto sexual; treinta y nueve a embarazos ilegítimos; siete al aborto; diez descripciones de mujeres desvistiéndose, vistiéndose o bañándose en presencia de hombres; cinco referencias al incesto; trece referencias ridiculizando el matrimonio; y cuarenta y nueve pasajes varios objetables", según dejó establecido el fiscal. El juez desestimó la acusación, sobre todo porque la novela le parecía "más soporífera que afrodisíaca".