Jornada Semanal,  12 de agosto del 2001 
Cuatro poemas

Czeslaw Milosz
 

Eso

Ojalá por fin pudiera decir qué está en mí.
Gritar: gente, les mentí
diciendo que eso no estaba en mí,
cuando eso está ahí siempre, días y noches.
Aunque gracias a eso supe describir sus ciudades inflamables,
sus cortos amores y juegos desmembrándose en humus,
aretes, espejos, el deslizar de un tirante,
escenas de alcoba y de campos de batalla.

Escribir fue para mí estrategia de protección,
de borrar las huellas. Porque a la gente no puede gustarle
aquél que alcanza lo prohibido.

Llamo en mi ayuda a los ríos en los que nadé, 
lagos
con puentecillos entre cedazos, valle
en cuyo eco la canción duplica la luz del anochecer,
y confieso que mis extáticos halagos a la existencia
sólo pudieron ser entrenamientos de alto estilo,
Pero abajo estaba eso, que no me atrevo nombrar.

ESO se parece al pensamiento de alguien sin hogar, cuando
atraviesa la ciudad ajena, congelada.

Se asemeja al momento cuando un judío cercado ve aproximarse 
los pesados cascos de los gendarmes alemanes. 

ESO es cuando el hijo del rey se dirige a la ciudad y ve el mundo 
real: pobreza, enfermedad, vejez y muerte.

ESO puede ser comparado con el inmóvil rostro de alguien
que entendió que fue abandonado para siempre.

O con las palabras del médico sobre la sentencia inevitable.

Porque eso significa enfrentar un muro de piedra
y entender que ese muro no cederá ante ninguna de nuestras súplicas.

Tu voz

Maldice la muerte. Nos es otorgada 
injustamente.
Suplica a los dioses que te den una agonía fácil.
Lo que eres, un poco de ambición, deseo y sueños,
no merece el castigo de la lenta agonía. 
Solo no sé qué puedes hacer, tú solo ante la muerte de los demás
–niños bañados en fuego, mujeres sacudidas con el perdigón , soldados cegados–
Que perdura por días, aquí, a tu lado.
Tu piedad sin hogar, mudas tus palabras,
y le temes a la sentencia, porque no pudiste hacer nada.


Tan poco

Dije tan poco.
Cortos días.

Cortos días,
cortas noches,
cortos años.

Dije tan poco.
No me dio tiempo.

Mi corazón se cansó,
de la fascinación,
desaliento,
fervor,
esperanza.

Las fauces de Leviatán
se cerraban sobre mí.

Estaba acostado, desnudo, en las orillas de las 
islas desiertas.

Me raptó consigo al abismo
La ballena blanca del mundo.

Y ahora no sé
qué fue real.


Que lastimaste

Que lastimaste al hombre sencillo
estallando en risas sobre su desgracia,
teniendo a tu lado un cúmulo de bufones
para revolver lo bueno con lo malo.

Aunque se inclinaran todos ante ti
otorgándote virtud y sabiduría, 
forjando medallas de oro en tu honor,
gozosos de sobrevivir un día más.

No estés seguro. El poeta recuerda.
Puedes matarlo –nacerá uno nuevo.
Estarán escritos los hechos y palabras.

Mejor para ti sería el amanecer del invierno
y la soga y la rama encorvada bajo el peso.

Versiones de Agnieszka Kawecka