Jornada Semanal,  1 de julio del 2001 
Eduardo Hurtado

(diez años de la Casa del Poeta Ramón López Velarde)

Alojar el desarraigo

 
En Lisboa, la Casa Fernando Pessoa se ha convertido en un centro de reunión de poetas de distintas latitudes. Algo similar sucede con la Casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer, la de Pushkin en Chisinau (la vieja Kishinev), la “Torre de los panoramas” de Herrera y Reissig en Montevideo y la Casa de Poe en Baltimore. Eduardo Hurtado nos habla de la Casa del Poeta Ramón López Velarde que, desde hace diez años y gracias a una iniciativa de Víctor Sandoval, realiza una labor de difusión de la poesía que Eduardo define de la siguiente manera: “Alojar el desarraigo.”

Uno de los ensayos más notables de López Velarde lleva un título revelador: “Novedad de la patria”. Aquí anuncia en prosa una de sus mayores ambiciones como poeta: distanciarse de la patria oficial –la de los discursos políticos, las odas nacionalistas, los cuadros alegóricos– y lanzarse al hallazgo de la patria íntima. Para el autor de Zozobra un país existe más allá de sus próceres y “el sonoro rugir del cañón”. Cosas más entrañables y menos pendencieras conforman el México de López Velarde: los palomos que rondan el reloj de alguna plaza, el santo olor de la panadería en las madrugadas lluviosas, una jaula llena de pájaros y una alacena colmada de compotas, un colibrí, una alcancía. A las nociones que soportan una cultura patriarcal (reciedumbre, pujanza, fortaleza, vigor y rigor), opone un imaginario de la levedad, hecho de cosas aéreas, cordiales, blandas. Al expulsar de la patria interior toda referencia a la sangre de los mártires, abjura de la nación postulada por la prédica oficial, para formular una cuya novedad se nutre de las pequeñas cosas. “Patria”, nos dice, “tu casa todavía/ es tan grande, que el tren va por la vía/ como aguinaldo de juguetería.” En 1921, poco después de haber escrito la “Suave Patria”, el poema que encarna esta visión, murió López Velarde a los treinta y tres años de su edad. Su obra cayó en manos de algunos funcionarios culturosos que se empeñaron en incorporarla al catálogo de la pedagogía nacionalista. En los años cuarenta los Contemporáneos impulsaron la revaloración de la obra velardiana. Ellos desmintieron la facilona imagen de un López Velarde aldeano y patriotero, para revelarnos a uno de los poetas mexicanos más concentrados y complejos del siglo xx. La tarea ha sido reemprendida y completada por los poetas de todas las generaciones ulteriores. En la actualidad, a López Velarde se le considera, según la expresión acuñada por Hugo Gutiérrez Vega, el padre soltero de la poesía mexicana.

Sin embargo, el autor de La sangre devota ha sido objeto de esporádicas amnesias filiales. Aunque la mayor parte de su vida transcurrió en la provincia (su natal Zacatecas, San Luis Potosí, Aguascalientes), pasó los tres últimos años de su existencia en la Ciudad de México, donde falleció “en olor de santidad” a causa de una pulmonía galopante. Se sabe que esos tres años los vivió al lado de su madre y sus hermanas en el número 79 de la calle de Jalisco, en el interior de una de las numerosas vecindades que, a la manera de nuestros modernos condominios, construyó en esa zona la clase media porfiriana desde fines del siglo XIX. Al paso de los años, la antigua calle de Jalisco se transformó en la avenida Álvaro Obregón, esa transitada arteria en la que abundan las librerías de viejo y los cafés de chinos. Deshabitado durante décadas, el edificio sufrió los embates del tiempo y de la incuria. En 1981, año del sesenta aniversario luctuoso de López Velarde, el gobierno de Zacatecas colocó una placa conmemorativa en la fachada del ruinoso inmueble. Por esos días, Gabriel Zaid y José Emilio Pacheco dedicaron una serie de ensayos biográficos a llamar la atención sobre la existencia del lugar y el estado en que se hallaba. Un par de años más tarde, el inah lo declaró monumento histórico. No obstante, el decreto lo salvaguardaba desde una perspectiva legal pero no en los hechos. En 1985 el terremoto que sacudió la capital dañó seriamente su estructura. No fue sino hasta 1989 cuando el gobierno de la Ciudad de México decidió adquirir el inmueble y emprender su rescate.

Como sucede en la mayoría de los barrios de ese animal proliferante llamado Ciudad de México, en la antigua colonia Roma, asiento de la Casa, son visibles los contrastes socioeconómicos. Antes de que se iniciara el rescate del edificio, sus nuevos pobladores eran indigentes y teporochos del rumbo. En el área que en otro tiempo funcionó como patio común se habían instalado diversos talleres. Aunque modesta, la construcción que alojó al departamento en el que López Velarde escribió algunos de los más notables poemas de la lengua no careció de alguna dignidad. Hacia fines de los ochenta, luego de tantos años de abandono, había quedado irreconocible. Su rescate demandó una labor paciente y amorosa en la que intervinieron poetas, arquitectos, historiadores y urbanistas. La perseverancia y el entusiasmo invertidos por cada uno de ellos le dieron a la institución un carácter singular. La casa destinada a ser sede de la poesía mexicana, es decir, asiento de una tradición que arranca con Sor Juana Inés de la Cruz, pasa por Manuel José Othón, Amado Nervo, Salvador Díaz Mirón y Manuel Gutiérrez Nájera, recoge las voces innovadoras del propio López Velarde y José Juan Tablada, aporta la indudable originalidad de Carlos Pellicer, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, y desemboca en la notable constelación de poetas que en las últimas décadas han ensanchado el paisaje de nuestra literatura. Esa casa, decía, se reedificó en homenaje a un poeta que a su vez contribuyó a reformar la poesía escrita en castellano y, por lo tanto, a resignificar las palabras de nuestra lengua. La historia de la Casa del Poeta Ramón López Velarde describe un ciclo de refundaciones. Un hecho marcó en forma decisiva su desarrollo: el organismo del gobierno a cuyo resguardo surgió, el Departamento del Distrito Federal, decidió ceder su administración y operación a los intelectuales y artistas que habían impulsado su establecimiento. La Casa quedó a cargo de un patronato encabezado por Guillermo Sheridan y conformado por otros distinguidos escritores: Hugo Hiriart, Juan Villoro y Miryam Moscona. Del patronato surge poco después la iniciativa de instituir una beca para estimular, a nombre de la Casa, el trabajo de alguno de los poetas más destacados del momento. Al recibirla, el beneficiario adquiere un par de compromisos: representar al patronato al interior de la institución y organizar, a título de Asesor Cultural, las actividades del lugar. Hasta la fecha, a casi diez años de su creación, la Casa del Poeta ha tenido cuatro Asesores: Elsa Cross, David Huerta, el que esto escribe y Antonio Deltoro, quien ejerce esta función desde febrero del año en curso. Ninguno, hay que decirlo, se ha formado nunca en las filas de la burocracia cultural. Aunque la beca se otorga por tiempo indefinido, hasta el día de hoy los beneficiarios no han querido extender su duración más allá de los tres años. El relevo periódico de Asesor Cultural le ha traído a la Casa una permanente y saludable renovación. 

Aunque Platón imaginó lo contrario, los poetas hemos dado pruebas de ser administradores más bien mediocres. Frente a esta realidad incontestable, se pensó en crear una Dirección Administrativa. Desde sus primeros años de existencia la institución ha contado con el concurso de un administrador profesional, quien se consagra de tiempo completo a organizar su desempeño operativo y a idear las formas de obtener recursos. En la actualidad, y desde hace más de ocho años, esa función ha recaído en María del Carmen Férez, quien desde 1994 forma parte del Patronato. Gracias a su dedicación y a su excepcional competencia, la Casa se ha convertido en un modelo a seguir entre las diversas instituciones de cultura del país. La Casa del Poeta se constituye como Institución de Asistencia Privada para la difusión de la cultura, en especial de la poesía. Esta especialización ha definido su peculiar naturaleza. La poesía es, casi por definición, una actividad no rentable desde el punto de vista del mercado. En efecto, la historia de la poesía contemporánea consigna la permanente aparición de escritores rebeldes y críticos del orden establecido. Sin preocuparse demasiado por engrosar las filas de su público, desde la época romántica los poetas se han ocupado ante todo en conquistar formas de expresión capaces de recoger el testimonio de sus asombros y sus desacuerdos; a menudo sus obras han sido tachadas de inaccesibles, o al menos de difíciles. La lógica del mercado no es la lógica de la poesía. Si las leyes del marketing disponen que el valor de un objeto descansa en sus posibilidades de ser codiciado por muchos en el más corto plazo, el poeta sabe que corre el riesgo de no ser comprendido sino por unos cuantos y que su verdadero público está esparcido en el futuro. En todo poeta, sostuvo André Gide, alienta una poderosa forma de comunión, pero de “comunión retrasada”.

Quienes en distintos momentos hemos colaborado en la Casa del Poeta entendemos que la poesía opera como una especie de antídoto del mercado y que una de sus tareas es, ni más ni menos, preservar la facultad humana por excelencia: la imaginación. Desde luego, los poetas y las casas para la poesía en todo el mundo aspiran a un público, pero no debe ser una prioridad que ese público sea numeroso, mucho menos si para reunirlo fuera necesario echar mano de prácticas ajenas a su espíritu. Los rendimientos de la poesía son de otra especie: nos enseña a reconocer las diferencias y a descubrir las semejanzas; nos aleja de los maniqueísmos, al probarnos, por ejemplo, que la belleza también engendra lo terrible; además, nos da lecciones de concordia y de hospitalidad, lo que no es poca cosa en tiempos de fanatismos y de intolerancia. La poesía, hay que insistir, no es rentable desde un punto de vista especulativo. Como todas las instituciones que se dedican a esta actividad, la Casa tiene posibilidades limitadas de autogenerar recursos. El hecho mismo de haberse constituido como Institución de Asistencia Privada restringe su facultad de llevar a cabo actividades lucrativas. El financiamiento de la Casa tiene dos fuentes principales: la modesta asignación que para gastos operativos aporta el Gobierno del Distrito Federal, y los apoyos que obtiene de otras instancias para la cultura, privadas o públicas. Hasta la fecha, esos apoyos se han obtenido principalmente de organismos oficiales, como el inba y el Conaculta. Aquí conviene hacer un apunte. Entre algunos no dejará de causar cierta extrañeza que un centro dedicado a la cultura se acoja de un modo tan abierto al patrocinio del Estado. El hecho se explica de manera muy simple. Desde el siglo XIX México se anota en esa tradición, cuyo origen podemos ubicar en Francia, que contempla el impulso a la cultura como una de las obligaciones del Estado. Esa tradición viene de lejos. A partir de la guerra de Independencia, la Iglesia mexicana dejó de patrocinar a las artes. En el México independiente, el Estado practicó un mecenazgo más bien discreto. En las últimas décadas del siglo XIX el auspicio estatal no siempre respetó la libertad de los creadores. Paradójicamente, en esos años los poetas participan en el movimiento modernista, esa revolución literaria que en Hispanoamérica extremó la lucha de los escritores por adueñarse de una lengua impuesta. En esos días las clases dominantes probaron su insensibilidad ante los proyectos culturales. Tras la Revolución de 1910, el Estado decide tomar en sus manos, a nombre de la apremiante tarea de reconstrucción nacional, el desarrollo de las artes.

En el periodo contemporáneo el Estado mexicano asume de manera cabal el deber de fomentar la creación y la difusión de las obras artísticas y literarias. Luego de un prolongado estira y afloja, los creadores han dado pasos decisivos hacia un objetivo largamente codiciado: dirigir y orientar ellos mismos la cultura viva del país. No todo es miel sobre hojuelas, desde luego: eventuales recaídas en la intolerancia, patrimonialismo y burocracia son prueba de que los políticos y sus partidos no renuncian por completo a la tentación de utilizar la cultura para sus fines. Sin embargo, un largo trato le ha permitido a las dos partes, intelectuales y aparato estatal, hallar fórmulas conciliatorias; esas complejas fórmulas, hay que hacerlo notar, han sido el desvelo de politólogos del mundo entero, la envidia de muchos caudillos latinoamericanos y materia de estudio en universidades de todas las latitudes. Como sea, entre avances y retrocesos la participación se ha dado, a fin de cuentas, en los términos construidos a lo largo de la historia reciente por una extensa relación de intelectuales y artistas. ¿Prevalecerán esos términos a pesar de las señales de incomprensión, intolerancia y tacañería lanzadas a diestra y siniestra (es decir: desde la derecha y la izquierda) por nuestros nuevos gobernantes?

Otras fuentes de financiamiento, sin duda menos significativas, provienen de las muy moderadas cuotas que la institución cobra por la oferta de servicios, así como de las rentas que aportan los distintos comodatarios establecidos en el edificio. Desde luego, las empresas incorporadas en comodato también pertenecen al ámbito de la cultura y, aunque operan de manera independiente, se les considera parte de una especie de “complejo cultural” que tiene como eje la Casa del Poeta. Se trata de una bienal internacional de cartel con sede en México, una galería de artes plásticas, una publicación bimestral dedicada a las artes gráficas y una revista literaria dirigida principalmente a los jóvenes. Hasta hace poco, en la Casa se asentaba la librería El Pórtico, una de las pocas en el mundo especializadas en libros de poesía y sobre poesía. Una de las prioridades de la institución es retomar esta importante iniciativa.

La Casa del Poeta inició actividades en mayo de 1991. En su seno se alojan desde entonces un museo en memoria de López Velarde y un café-bar, Las Hormigas, dotado de un pequeño foro donde se llevan a cabo recitales de música y lecturas de poesía. Apenas un año más tarde, en 1992, se instaló en su interior una biblioteca que reúne las colecciones de dos notables poetas mexicanos: Efraín Huerta y Salvador Novo. El pequeño y peculiar museo se construyó en el lugar donde, según algunos especialistas, pudo estar la habitación de López Velarde. Con la asesoría de su biógrafo más autorizado y más puntual, Guillermo Sheridan, los museógrafos consiguieron reproducir la atmósfera que alguna vez debió privar en el sitio. En el pequeño cuarto se colocó una cama de latón, vestida con sábanas y colchas que llevan las iniciales del poeta bordadas a mano. En el perchero, las prendas que, de acuerdo a las fotografías y a las descripciones de la época, constituyeron el indumento cotidiano del taciturno Ramón: el chaqué gris luido por la pobreza, el sombrero de hongo y los guantes amarillentos. Sobre la cómoda, las fotos de algunos amigos y de las mujeres que amó. Más allá, el viejo veliz de piel le recuerda al visitante que el poeta no alcanzó nunca a abordar el barco que debió llevarlo a Europa. En un rincón, el viejo aguamanil. Y nada más. López Velarde era, según se sabe, un hombre austero. El imaginario velardiano, en cambio, era exuberante, abigarrado por momentos. Por eso el museo se extiende más allá del cuarto: al abrir la puerta con luna del ropero, el visitante ingresa a un museo metafórico diseñado por uno de nuestros escritores más versátiles: Hugo Hiriart. Ahí se encuentra con un delgado laberinto cubierto por espejos y poblado con los objetos del poeta: la sota moza, la dama de los guantes negros, el viejo pozo de la casona familiar, el confesionario, el circo trashumante, el paraíso de las compotas en la alacena de la patria, todo en la dimensión de miniatura que obsesionó al poeta.

La Biblioteca Salvador Novo-Efraín Huerta tiene un significado especial para la Casa. Por un lado, encarna la memoria de dos poetas que, como López Velarde, tuvieron una relación al mismo tiempo amorosa y conflictiva con la Ciudad de México. Por el otro, representa dos momentos señalados en la tradición de la que hablamos arriba: Novo es uno de los miembros distinguidos de los Contemporáneos, mientras que Huerta, nacido como Paz en 1914, perteneció junto al Premio Nobel a la llamada generación de Taller. La presencia de estos nombres al interior de la casa (López Velarde, Efraín Huerta, Salvador Novo), es un emblema del dinamismo y la pluralidad de la poesía mexicana moderna. Los más de doce mil volúmenes que integran el acervo de la biblioteca, muchos de ellos primeras ediciones de poesía, representan para la institución una compañía silenciosa y, al mismo tiempo, abierta al diálogo, un orden que supera el de su clasificación bajo el sistema decimal de Melvin Dewey. Ese acervo se incrementa año con año gracias a las donaciones de distintas editoriales nacionales y del extranjero, así como a la exigencia de que los poetas que se presentan en los distintos espacios del lugar obsequien al menos un ejemplar de su producción.

La Casa es, en primer término, un lugar de encuentro para poetas y lectores de poesía. Pero además tiene la finalidad de promover las más diversas tareas asociadas a la difusión de la literatura y las artes plásticas. En sus distintas áreas (café-bar, salón de usos múltiples, salón de seminarios y biblioteca) se realiza cada año un amplio programa de actividades que incluye: lecturas de poesía; encuentros de poetas nacionales y extranjeros; ciclos y cursos dirigidos a divulgar entre la comunidad distintos temas vinculados a la literatura; talleres de creación o de lectura; visitas escolares; presentaciones de libros, discos y videos; exposiciones de pintura, fotografía, carteles y artesanías. De forma paralela, en la casa se realizan una vez por semana audiciones de música, señaladamente de rock nacional y folclor urbano. La mayor parte de estas actividades, es preciso anotarlo, se planean y se ofrecen con un sentido social. En nuestro país, golpeado por lacerantes desigualdades, esta política representa una de las escasas alternativas para las incontables personas que andan en busca de espacios que les permitan romper con la más grave de las esclavitudes: la ignorancia. En muchos casos (lecturas, conferencias, presentaciones) el público tiene acceso de manera gratuita; en otros (talleres, cursos, conciertos) los precios de entrada son prácticamente simbólicos. 

La administración de la Casa tiene muy presentes las palabras con las que el poeta Luis Rius buscó resaltar la necesidad de que los artistas se sostengan de su oficio: “No podemos vivir como si la belleza no existiera.” Es por eso que siempre se ha buscado remunerar lo mejor posible las participaciones de ponentes, conferencistas, lectores, maestros y poetas. Hoy, esta saludable tradición se ve amenazada, en buena parte a causa de la inexplicable cicatería de un gobierno que inopinadamente da vuelta a la derecha, a pesar de haber señalado que doblaría hacia la izquierda. En algunos casos, la institución opera como sede de programas organizados por otros organismos, siempre y cuando esos programas respondan a las exigencias de calidad establecidas por el Asesor Cultural.

Hay una actividad que ha tenido un especial recibimiento entre el público que acude a la Casa del Poeta: las lecturas en voz alta de poesía. Varias razones explican ese entusiasmo. Para comprender mejor un poema, se ha dicho, es necesario en primer término escucharlo. Aunque la lectura en voz alta puede ubicarse en los orígenes mismos de la poesía, y a pesar de que en Europa esa costumbre se conservó durante más de mil quinientos años, a partir del siglo XIX fue desplazada por la lectura individual y en silencio. Desde entonces, las audiciones públicas han sido raras en los países europeos y americanos, con excepción de Inglaterra, Rusia y Estados Unidos. En Norteamérica, la generación beat fomentó a partir de los años cincuenta el gusto por escuchar poesía en voz de sus autores; en la actualidad, ese gusto forma parte esencial de la vida literaria norteamericana. En México dos iniciativas alentaron esta práctica: la creación de la serie discográfica Voz Viva de México (que muy pronto contará con un espacio abierto al público dentro de la Casa), y el surgimiento en los años sesenta de un espectáculo de teatro y poesía que llevó por nombre, justamente, Poesía en Voz Alta. El hábito de ofrecer al público lecturas de poemas, de preferencia en voz de sus autores, puede tener efectos insospechados. Hace apenas unos meses, el poeta chileno Gonzalo Rojas, un autor al que de ningún modo podría considerársele “popular”, reunió a cerca de veinte mil personas en el Zócalo de la Ciudad de México. Se pueden tener sospechas respecto a la forma en que se logró convocar a semejante multitud en torno a la poesía. Lo que no deja espacio para suspicacias es la manera en que el poeta arrebató la atención y el entusiasmo de los asistentes. Esto no significa, desde luego, que a Rojas lo siga una legión de lectores sólo en la capital de la República mexicana. Quiere decir, sencillamente, que al escuchar de viva voz a un escritor a quien los organizadores anunciaron, con toda justicia, como uno de los poetas vivos más importantes de Hispanoamérica, una colectividad que en general lee poca poesía se dejó llevar por el gran poder de encantamiento de la palabra en trance de ritmo. Desde luego, a las lecturas organizadas por la Casa del Poeta no asisten, por lo regular, mucho más de cuarenta o cincuenta personas. No importa. La cuestión numérica, por sí sola, carece de importancia; responde a circunstancias cambiantes y en ocasiones extraliterarias. Lo que se mantiene invariable es la fuerza de la poesía para llegar al hombre solitario, a la inmensa minoría o a la multitud entusiasta, como un arte de comunión. 

En el arranque del siglo XXI, en plena crisis de los absolutos históricos, religiosos o ideológicos, a los poetas de todas las latitudes nos vincula una misma carencia. A lo largo de diez años, la Casa del Poeta ha servido de techo, así sea fortuito, a nuestro esencial desarraigo.