Jornada Semanal, 4 de marzo del 2001 

 

Angélica Abelleyra
mujeres insumisas

Elena Poniatowska: el eterno porqué
 
 

Sobre la Poni –como bien dice Angélica Abelleyra que muchos la conocemos–, se ha dicho y escrito quizá tanto como, a su vez, ella ha escrito y dicho sobre “todos los personajes (o casi)”, pues ninguno escapa a su insaciable avidez de periodista y narradora. Insumisa emblemática donde las haya, Elena Poniatowska es, de manera irrefutable, una de las voces que más fuerte se escuchan en el México actual, y Abelleyra hace aquí un rápido recuento de su trayectoria e intereses.



Es más fanática de las mujeres que de los hombres, aunque acepta chocarle el sabotaje que nosotras mismas nos hacemos en algunas facetas de la vida. Ella dice que entorpece su propia existencia porque se cae todo el tiempo, extravía la bolsa, se enreda con tanto compromiso de trabajo, se le confunden las fechas y se le ponchan no nada más las llantas del coche sino, a veces, el alma.

Pero aún cuando a veces se desinfla, un rasgo esencial de quien nació aristócrata hace sesenta y siete años es la sonrisa. También los infaltables ¿por qué? y la permanente tarea de escuchar, o sea, “la escuchadera”.

Con su nahual conejo por sus dientes grandes y su nariz fruncida, Elena Poniatowska permanece con la convicción de ser más periodista que escritora. Su educación, su formación y su código moral se han construido a través del oficio que inició en 1953 queriendo firmar como Dumbo en las páginas de Sociales de Excélsior pero que luego usó para escuchar las voces de la calle, los anhelos y exigencias de los menos favorecidos socialmente, esos que no pertenecieron nunca a su mundo de niña francesa con pegue en México por su tez blanca, sus ojitos azules y sus guantes blancos que no abandonaba.

Hija del príncipe Jozef Poniatowski (tataranieto del último rey de Polonia) y de la princesa María Dolores Paulette Amor Yturbe (francesa de padres mexicanos), Hélène Poniatowski Amor hizo sus primeras lecturas en francés: el periodiquito La Semana de Suzette y las novelas de la condesa De Ségur fueron las aventuras que leyó con pasión cerca de Cannes, en Speranza. Acompañó este placer con enseñanzas menos gratas: las matemáticas que le impartía su abuelo paterno y el miedo que le infundía su abuela al hojear el National Geographic Magazine: “Miren niñas, esto es México”, les decía Elizabeth Sperry a sus nietas Hélène y Kitzia al asegurarles que en esas tierras se las comerían crudas.

Quizás lo que más la marcó en la infancia fue la ausencia de su padre a causa de la guerra. Sólo un lustro después de haber llegado a México, con nueve años, logró verlo de nuevo y por eso dejó de subir a la azotea donde cada día rezaba por su regreso.

Luego de estudiar varios años en un colegio de monjas católicas en Estados Unidos, de nuevo en tierra azteca partió plaza gracias a su percha guapa y güerita. Pero ella nunca dejó de sentirse “una cucaracha fumigada” por sus 1.57 de estatura y una continua incertidumbre que traducía en ser obediente y preguntona.

“Le debo a esa inseguridad todo lo que soy. Todo lo que he hecho ha sido debido a que nunca creí que cumplía con los requisitos que me exigía la sociedad y el mundo al que yo pertenecía”, confió a Esteban Ascencio en el libro Me lo dijo Elena Poniatowska (Ediciones del Milenio, 1997) de donde sacamos la mayor parte de información para este retrato.

Sus primeros recuerdos del país que adoptaría como suyo al nacionalizarse en 1969 fueron su luz, su sol y la escala humana de una Ciudad de México, todavía pequeña. Vivió en una casa en la calle de Berlín, en la colonia Juárez, pero sólo hasta los dieciocho años pudo visitar sola la Alameda y las calles de San Juan de Letrán y Madero. Fue niña scout y le gustaban las fogatas en la noche y hacer la cena. Pero en casa cumplía con las obligaciones en la formación de las niñas bien: clases de baile, piano, natación, gimnasia y equitación aunque hablaba como las muchachas de la cocina, con el “nadien” a cuestas, y no tenía mayor gusto que subir a la ruta de camiones Colonia del Valle-Coyoacán y Roma-Mérida que disfrutó sin importarle que oliera feo o la pellizcaran, como sí refunfuñaba su hermana Kitzia.

Empezó a escribir siendo adolescente, pero en inglés. Eran “cosas idiotas” sobre Juana de Arco y Napoleón, cuando estaba en Filadelfia, Estados Unidos y hacía papeles de tabernera en obras teatrales. Pero fue hasta México que descubrió “por accidente” su vocación periodística. Tenía diecinueve años, acudió a una recepción con el embajador de Estados Unidos en ese entonces, Francis White, y lo entrevistó. Llevó el artículo a Excélsior, se lo publicaron, e inició una carrera acelerada que suma una treintena de títulos de crónica, entrevista, cuento, ensayo y novela. Aunque ha escrito poemas, es el género menos frecuentado por la autora que inició con la novela Lilus Kikus en 1954 y este 2001 lo estrena con la circulación en Estados Unidos de la versión en inglés de Hasta no verte Jesús mío (Era, 1969), a cargo de la casa neoyorquina Farrar Straus Giroux como Here’s to you, Jesusa; además brindará por la aparición del libro Mariana Yampolsky y la bugambilia (Plaza y Janés) y por el nacimiento del tomo VII de Todo México (Diana) a partir de charlas con María Conesa, Félix Candela, el padre Chinchachoma y otros.

Fue precisamente por una entrevista que conoció a Guillermo Haro, astrofísico que detestaba a los periodistas y sin embargo acabó siendo esposo de una, además de padre de Emmanuel (Mane), Felipe y Paula. Junto con Luis Enrique Erro, Haro fue el fundador de la astronomía moderna en México. Falleció en 1988 y desde entonces Elena considera que “el mejor estado de la mujer es el de la viudez”.

Adorada por sus lectores por la “musicalidad” y “gracia” que halló en su escritura Octavio Paz, la maestría del “periodismo participatorio” que observa Carlos Monsiváis o “la ironía y el desparpajo” que destaca José Joaquín Blanco, la Poni –como muchos la conocen– ha sido también criticada por varios escritores y analistas que señalan falta de rigor en materiales como la novela Tinísima (Era, 1992) o su célebre crónica sobre el movimiento estudiantil de 1968, La noche de Tlatelolco (Era, 1971). Ante los señalamientos negativos ella sólo comenta: “Desde siempre me han puesto como chancla. Como que en muchos escritores siempre está eso de ‘Mira a ésta bestia, a ver qué va a hacer ahora.’”

Pese a algunos reproches dirigidos al ámbito escritural, la Poni reúne aplausos cuando se trata de su constante compromiso social por la causa de las mujeres, los presos políticos, los desamparados. Eso se refleja en premios como la Medalla Gabriela Mistral (1995) y la condecoración que Rosario Robles le dio como Ciudadana Distinguida del Gobierno del df (2000), entre otros. Ese empeño también destella en títulos como Las mil y una... la herida de Paulina (Plaza y Janés, 2000) con la historia de la niña violada en Mexicali a quien se le negó su derecho a abortar; en Nada, nadie, las voces del temblor (Era, 1988) o las experiencias de la tragedia y la civilidad surgida en el df en el ’85 y en Todo empezó el domingo (fce, 1963; Océano, 1997), conjunto de crónicas de la capital mexicana en los años cincuenta acompañado por dibujos de Alberto Beltrán.

Todos los personajes (o casi) le interesan para realizar una entrevista. El Santo, Cri-Crí, Fidel Velázquez, el sub Marcos, Juan Soriano, Luis Buñuel, María Félix, Marlene Dietrich, Juan Gabriel, Irma Serrano, Salvador Novo, Gloria Trevi y demás cantantes, bailarinas, boxeadores, políticos (algunos), empresarios (pocos) y toreros. Entre sus fracasos asume una charla con el escritor francés François Mauriac por no haber leído nada de él y aceptarlo al momento de la cita. En contraparte, uno de sus personajes más entrañables es la Jesusa Palancares (Josefina Bórquez, el nombre de pila) de Hasta no verte Jesús mío: mujer luchona que conoció en una azotea y a quien escuchó por días y meses para conformar esa novela ganadora del premio Mazatlán de Literatura en 1970.

Ha sido invitada como diputada por el prd y se le ve en múltiples actos feministas y sociales ligados a la izquierda. Pero siempre ha rechazado cargos en la vida política mexicana porque se considera “inepta”. En cambio su actitud resulta plenamente política: en 1971 rechazó el Premio Xavier Villaurrutia otorgado a La noche de Tlatelolco. “¿Quién va a premiar a los muertos?, preguntó sobre los caídos en 1968. Además tiene entusiasmo por los zapatistas pero no deja de cuestionar ciertas actitudes de Marcos; defiende el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y se pelea con los providas encabezados por Jorge Serrano Limón; su mamá le dice que es una hereje bolchevique pero ella se considera guadalupana y con envidia por la gente con fe en la Virgen morena.

Así, en el vaivén de periodista y escritora sigue su camino. Se dice deudora del primero pero adora la ficción que signa a la literatura. “Las novelas son más fáciles porque nadie me checa una fecha, no tengo que cotejar verbos y no me revisan para ver si me equivoco o no”, revela, frunce la nariz, enseña los dientes y sonríe.