La Jornada Semanal, 5 de noviembre del 2000
 
Javier Sicilia
el cielo en la tierra
 
Reducciones del Paraguay: el no-lugar

 

 
La utopía jesuítica en el Paraguay, nos dice Javier Sicilia, “tenía en mente las formas de vida de las primeras comunidades cristianas, tamizadas por el sentido de una transformación ontológica de los Padres del Desierto y el desarrollo general de la cultura cristiana”. En su contra conspiraban los encomenderos españoles, los esclavistas portugueses y los bandeirantes paulistas. Su peor enemigo fue, sin duda, el invencible egoísmo de la llamada civilización occidental.

 

La vida de las Reducciones del Paraguay (1607-1767), que Roland Joffé retrató admirablemente en su película La Misión, pertenece a ese universo que las ciencias sociales han definido como utopía: “un proyecto de sistema social –dice el diccionario Océano– halagüeño”; aquello que debería ser y no es, un sueño que contiene el mejor de los mundos humanos.

La definición, desde un punto de vista histórico, es acertada, en el sentido en que hace explícitos los sueños que desde Platón y La República, pasando por La Utopía, de Tomás Moro; por La Ciudad del Sol, de Tommaso Campanella; por las comunidades de Vasco de Quiroga (Michoacán), las de Pedro Lorenzo de la Nada (Chiapas) y las Reducciones del Paraguay; por los proyectos de los socialistas utópicos, hasta las comunas hippies de los años sesenta, han sido destruidos por el egoísmo de la civilización occidental.

Sin embargo, más allá del reduccionismo histórico, la palabra tiene en el mundo cristiano resonancias religiosas y místicas. Utopía, en su sentido etimológico, quiere decir no-lugar; el espacio en donde Dios mora en el tiempo, el Paraíso; ese sitio en donde la intemporalidad de Dios y la temporalidad humana se intersectan y coinciden en la historia para prefigurar el Reino prometido.

Esa idea ha estado desde el principio en la vida del cristianismo.

Los primeros cristianos, frente a la enseñanza y la vida de Cristo, comenzaron a vivir la Redención desde una perspectiva histórica. Se experimentaban a sí mismos como hombres de los últimos tiempos, recién creados en Cristo y en espera de su inminente regreso. Para ello, se habían agrupado en comunidades. Su vida, tal y como la describe San Lucas en los Hechos de los apóstoles,1 no era otra cosa que la prefiguración de ese Reino que aguardaban; la continuación del mundo redimido por el Verbo increado que desde la eternidad del Padre había irrumpido en la temporalidad de la historia y que pronto volvería para restablecer todas las cosas en Él; una forma de vida que manifestaba la restauración de la libertad humana y la condición en la que originalmente había sido creado el hombre; un no-lugar en el tiempo histórico que develaba el lugar del encuentro eterno; una herida gravada en el flanco de la historia de la Caída que precipitaba al hombre a su ruina.

Sin embargo, con el desarrollo histórico y el desplazamiento de la Parusía hacia un futuro incierto, esta perspectiva se alteró y aquella primera experiencia se dividió en dos vertientes: una milenarista, que intentó precipitar el tiempo escatológico; y otra ontológica, que dio como resultado la vida monástica y la experiencia mística.

La primera se delineó bajo el concepto de la conversión de los paganos y, después, de la guerra santa que imponía la ideología cristiana como forma de vida. Esta actitud se convirtió en un modo de precipitar el Reino prometido. Bajo esas ideas, el martirologio fue un modo de compartir la experiencia de Cristo, de vivir una unión mística con Cristo en su crucifixión y resurrección.

La otra fue el fruto de grupos de hombres que abandonaron la vida de las ciudades y comenzaron a poblar los desiertos de Egipto, Palestina, Arabia y Persia.

Lo que buscaban estos hombres era ese no-lugar del Paraíso, esa antesala del cielo que fue la vida de las primeras comunidades cristianas, esa intersección entre el Cielo y la Tierra que, ajena a los placeres sensuales, es un estado de paz, de descanso y de armonía creadora, una reconquista de aquella unidad original que fracturó la Caída y que Cristo había restablecido.

Lo paradójico de este éxodo es que se dio precisamente en el momento en que, con el Edicto de Milán de Constantino I, el mundo se volvía oficialmente católico. ¿Por qué lo hicieron?

Supongo que estos hombres, desde su mirada mística, debieron haber intuido que no podía existir un “Estado cristiano”; debieron dudar de que el cristianismo y una política de regulación pudieran estar mezcladas. Para ellos, la única sociedad cristiana era de orden espiritual y extramundana: el cuerpo místico de Cristo; ese no-lugar enclavado en el tiempo, pero ajeno al tiempo, “ese vivir en el mundo sin estar en él”; un lugar en donde los hombres fueran realmente iguales y en donde la única autoridad por abajo de Dios fuera la carismática autoridad de la sabiduría, de la experiencia y del amor. Así, el sentido existencial del encuentro con Dios en Cristo y en la Iglesia en tanto que acontecimiento (el de la experiencia inminente de la Parusía) que habían vivido las primeras comunidades cristianas, se fue convirtiendo, dice Thomas Merton, “en una experiencia de estado: la conciencia cristiana ya no giraba en torno a un acontecimiento, sino a la adquisición de un nuevo estado ontológico: [...] el de una naturaleza divina compartida por ‘filiación de Dios’”.1

Durante el Renacimiento, con el descubrimiento de América y el espacio de Copérnico, el mundo se alteró, pero no la idea que la catolicidad tenía del sentido escatológico que se había expresado mediante la conversión de los paganos, ni el sentido ontológico descubierto por los Padres del Desierto y el monacato que nació de ellos. Por el contrario, aquel Nuevo Mundo y sus indios, “que eran como niños”, se presentaban a una catolicidad comprometida profundamente con el misterio de la Redención como una oportunidad para continuar estableciendo el Paraíso.

Me parece que este concepto, aunado a la condena que el papa Paulo III había lanzado en 1537 contra la esclavitud de los pueblos indígenas de América y a las vicisitudes que padecían los indígenas con la colonización, fue lo que llevó a los jesuitas a fundar las Reducciones del Paraguay.

Cuando en 1604 los jesuitas se internaron en el pueblo guaraní (parte de la enorme región de Paraguay que Roma había entregado como una “provincia” a los jesuitas), lo que se encontraron fue a un pueblo aterrorizado por los encomenderos y los paulistas o bandeirantes, que cazaban y traficaban esclavos. Contra ellos, los jesuitas, que habían encontrado acogida y una rápida asimilación de las ideas cristianas entre los guaraníes, comenzaron a edificar las Reducciones (reunión, según el uso de la palabra en la época, en asentamientos de misión o, como lo ha definido el padre Ruiz Montoya –uno de los primeros fundadores–, “agrupamientos de indios y de aldeas de indios en pueblos más grandes y en sociedades políticas y humanas”).

El encuentro de un jesuitismo que tenía en mente las formas de vida de las primeras comunidades cristianas, tamizadas por el sentido de una transformación ontológica de los Padres del Desierto y el desarrollo de la cultura cristiana, con las formas de vida comunitarias de los indios, produjeron en las Reducciones una especie de unidad social y política semiautónoma dentro del imperio español. Cada misión incluía entre dos mil y cuatro mil indios dirigidos por dos o tres jesuitas. La mayor parte de la propiedad comunitaria se llamaba abambaé (propiedad del pueblo); las cosas reservadas para emergencias, para el sustento de la Iglesia y del colegio, eran llamadas tupambaé (posesión sagrada), y el Coty-guazú (La habitación grande) era una gran casa que estaba dedicada a las necesidades de las viudas, huérfanos y otras exigencias relacionadas con la seguridad social. Vivían una vida agraria, pecuaria, artesanal y frugal; una vida habitada por la proporción y el límite; sostenida por la sobrevivencia, la equidad y la autonomía creadora.

Aunque el mundo de las Reducciones se nutría de la visión de las primeras comunidades cristianas, no giraba en torno al acontecimiento de la Parusía; su mundo, semejante al de los monjes, se movía en función de la adquisición de un nuevo estado ontológico en Cristo que les permitía volver al Paraíso expresado por la vida en común y el desarrollo de una refinada cultura.2

Los seres humanos que ahí habitaban no eran rebeldes levantados contra la sociedad del siglo. Eran, más bien, como los Padres del Desierto, una especie de “anarquistas” que, habitados por el misterio de la Redención que había renovado la vida, no creían que debían dejarse gobernar por un Estado decadente en donde los hombres, a consecuencia del pecado, estaban divididos en los que tenían éxito (encomenderos y paulistas) e imponían su voluntad a otros, y los que tenían que ceder y padecer esa voluntad (los indios). Por el contrario, creían que a la luz de la experiencia evangélica y de la vida sencilla de aquellos pueblos podían seguir adelante sin las dependencias esclavizantes de los valores convencionales de la época y vivir de acuerdo con un mundo redimido por Cristo.

Habían construido un nuevo no-lugar en el tiempo, un lugar en donde la eternidad de Dios, a través de Cristo, irrumpía en la historia; una utopía.

Las Reducciones, sin embargo, tuvieron que bregar contra el mundo que las rodeaba. Pese al trabajo realizado, las hordas de paulistas no cejaron. Las once primeras Reducciones fueron destruidas por las incursiones de los bandeirantes. Tres de ellas, gracias a la valentía de los padres Ruiz Montoya, Cataldini y Mascetti lograron escapar y volver a florecer en zonas más recónditas.

En 1638, el propio Ruiz Montoya viajó a España y consiguió un permiso excepcional: que los guaraníes y las Reducciones se armaran y se defendieran a sí mismos. Con ese permiso las Reducciones lograron mantener a raya a los paulistas. Pero el mundo conspiraba contra ellas. Los cazadores de esclavos, aliados con los encomenderos, con los crédulos y los no creyentes fanáticos comenzaron a esparcir rumores de que en las Reducciones había minas de oro y que los jesuitas intentaban crear un Estado independiente en las tierras vírgenes de Sudamérica.

Esos rumores recorrieron Europa y fueron hábilmente capitalizados por ciertos personajes de la política absolutista que, sumado a otros hechos relacionados con la complejidad histórica del siglo XVIII, contribuyeron a la lenta expulsión de los jesuitas. En 1767 la expulsión total de la Compañía de Jesús del imperio español dejó a las Reducciones desprotegidas y lentamente penetradas. La destrucción del Paraíso, de ese lugar del no-lugar, había comenzado.

Lo único que hoy en día queda de las Reducciones son vestigios arquitectónicos, algunas esculturas y pinturas, y retazos de sus creaciones musicales.

Su destrucción plantea un serio problema al misterio de la Redención: ¿realmente Cristo, el Nuevo Adán, restauró todas las cosas en él? Si es así, ¿por qué el mal parece continuar devorando los mundos donde la Redención se cumple? La respuesta pertenece a la insondable voluntad de Dios. Sin embargo, a la luz de la Revelación que un día hizo florecer las Reducciones, es posible decir algo.

La historia de la Redención, como la parábola del trigo y la cizaña, camina entremezclada con la historia del pecado. Cristo redimió al mundo, pero es su Iglesia, su Cuerpo Místico (del que las Reducciones forman parte), quien, como lo señala San Pablo, va cumpliendo esa Redención en todas las cosas. La historia es el lugar en donde el hombre se realiza. Pero a condición de que permita la irrupción de Dios que la Encarnación trajo al mundo; es decir, a condición de que el no-lugar irrumpa en la historia. Es así, por su constante aparición y sacrificio, como la historia se renueva e imperceptiblemente es atraída hacia Dios. Las Reducciones, como todas las utopías que no han dejado de florecer (pienso, por ejemplo, en el monacato, en las comunidades indígenas chiapanecas de la diócesis de San Cristóbal, en el Arca de Lanza del Vasto, en la de Jean Vanier), afirman que nada podrá resolverse mientras no hayamos encontrado el sitio de la conciencia a partir del cual el tiempo pierde su carácter destructor, pues sólo ahí la eternidad redentora penetra y redime la historia. Estos acontecimientos, que surgen en el tiempo por imitación de Cristo, que pertenecen a la comunión de los santos y que por su carácter sacramental siguen estando ahí, son los que fermentan el mundo y algún día lo entregarán purificado en las manos de Dios.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés.

 

1 “Todos los creyentes vivían unidos y compartían todo cuanto tenían. Vendían sus bienes y propiedades y se los repartían de acuerdo a lo que cada uno de ellos necesitaba.

”Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo y con un mismo espíritu y ‘compartían el pan’ en sus casas, comiendo con alegría y sencillez.

”Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo (...)” (Hechos, 2, 42 a 47).

2 Los guaraníes de las Reducciones fueron estupendos labradores de piedra, constructores, herreros, pintores, escultores e impresores. La misma música que Morricone compuso para la película La Misión se basa en un estudio muy serio del desarrollo musical que habían alcanzado.