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El evidente racismo autoritario del candidato priísta a la presidencia, que lo traiciona cada que habla de indios o se reúne con ellos para pepenar votos y fotos, está en la línea de continuidad del actual sistema mundial. Donde el poder no es para la gente, la justicia no importa. Nada obliga a los poderosos a respetar las leyes ni a cumplir sus acuerdos y tratados. Nada los detiene en la militarización como única herramienta de gobernabilidad ante la ilegitimidad de sus políticas. Los pueblos originarios les parecen insignificantes, incidentales. Si no quieren hacerla en el mundo que el capitalismo y las mafias les tienen prometido, que se pudran en las maquiladoras, el exilio o la cárcel. O bien como propuso el candidato priísta desde la frontera chiapaneca con Guatemala --ya ni la burla perdona--, que se conviertan en policías (como se sabe, el oficio más prestigiado en México, Estados Unidos y Guatemala, por no ir más lejos). Y si se resisten a tal destino, el poder echa entonces mano de su máximo recurso: la guerra.

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La presencia en estas páginas del líder lakota Leonard Peltier y del fotógrafo afgano, nacido en Nueva York, Fazal Sheikh, viene de los territorios del dolor con un mensaje de tolerancia y perdón, y un potente clamor de justicia.
Peltier lleva 24 años preso en las mazmorras más crueles del sistema penitenciario estadunidense por un crimen que no cometió; está más que demostrada su inocencia, y no obstante, la decisión política del gobierno de Washington se mantiene inalterable: que se pudra y que se muera. Extraordinario dirigente del Movimiento Indígena Amerciano desde los años sesenta, fue perseguido como perro y castigado de modo ejemplar y facineroso, luego del ataque paramilitar y de la fbi a Oglala en la reservación sioux lakota de Pine Ridge, en 1976. Incomunicado, torturado, difamado, pero no destruido, Peltier encarna uno de los más portentosos símbolos de la resistencia india en Estados Unidos y todo el continente americano. Finalmente, los métodos usados en México contra los indígenas (Yalalag es el caso más reciente) fueron ideados por la inteligencia yanqui. No hay pudor ni humanidad, sólo criminalidad del Estado.
Fazal Sheikh acudió a la Kabul destruida por el Ejército soviético (otro Estado criminal) y luego las milicias talibanes, y captó el desastre. En los campos de refugiados afganos musulmanes en Pa-kistán, salió al encuentro de los padres y los hijos de los muertos, la herida viva de una generación entera sacrificada por el fascismo comunista de Moscú (que hoy tiene su Chechenia) y el fanatismo talibán. Ellos hablan con sus rostros, sus cuerpos mutilados, sus memorias rotas. De Moscú a Kabul y de Washington a Oaxaca, la guerra sucia, la división intracomunitaria "científicamente" fabricada, la "legalidad" al servicio de la mentira y el genocidio a largo plazo son lo que el poder globalizado ofrece a los pueblos que luchan por la dignidad, la autodeterminación, la sobrevivencia de su cultura, sus comunidades y su lengua.
 
 

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